Se sientan a ver el universo desaparecer. Ocurre en el primero de los tres actos de la película La vida de Chuck , basada en un libro de Stephen King, y es una de sus muchas sacudidas al corazón. Con el mundo azotado por desastres naturales y la pérdida total de internet, uno de los protagonistas va a casa de su ex para sentarse con ella en el jardín a ver las estrellas. Ambos se confiesan asustados y observan cómo en un cielo de colores extraordinarios van apagándose poco a poco las constelaciones. La escena termina cuando él agarra la mano de la chica, empieza a decirle que aún la quiere, pero no llega a tiempo. A mitad de la frase, la pantalla se funde a negro. Es el final.
El viernes por la noche, varios amigos acudimos, sin decírnoslo, a la cita de un universo que se apaga frente a nuestros ojos. Un cielo que se termina poco a poco, pero que todavía emociona por su belleza: Leo Messi.
Todos sabemos que se acerca el final del astro argentino, pero está siendo maravilloso
Fue una suerte de catarsis individual en grupo. Cada uno desde su casa, con el reloj rozando las tres de la madrugada, viendo como Messi andaba por el césped para participar en la historia más bonita del Mundial, la de Cabo Verde, un país diminuto y humilde capaz de plantar cara a tres campeonas del mundo como Uruguay, España y Argentina.
Pese a los intentos de la FIFA de arrancar el fútbol del pueblo, de llenarlo de marketing y pausas de recaudación, el balón sobrevive por momentos como el Argentina-Cabo Verde. El fútbol pertenece a la gente porque todavía permite soñar. Porque deja que tipos como Lopes Cabral salte a la grada tras marcar el gol de su vida para abrazar a su novia y gritar que absolutamente todo lo demás puede esperar.
En un Mundial cruel, que dejó ilusionarse a las selecciones africanas al principio –ya solo sobreviven Marruecos y Egipto–, Messi participó en la belleza épica de Cabo Verde y le dio sentido. Fue necesario un partido entero y una prórroga del 10 para doblegar la ilusión del archipiélago africano, que ha sido un poco el de todos en este Mundial.
El fútbol sigue vivo por la emoción de Cabo Verde y porque Messi está todavía. Porque permite que cientos de amigos se citen de madrugada para empezar a despedirse del futbolista que más les ha hecho felices en sus vidas.
Nos fuimos reconociendo con mensajes furtivos en su primer gol tras un control mágico. Escribimos en los grupos de WhatsApp sin esperar respuesta: qué bueno es. Es el mejor. Gol de Messi. Y, pese a las horas, había alguien al otro lado. ¿Tú también lo estás viendo? Claro.
Ayer, miles de amigos se reunieron en solitario para ver juntos los últimos destellos de un Messi que se apaga pero todavía brilla.
El viernes noche yo me imaginé dándoles la mano a los míos y confesándome un poco asustado. Porque todos sabemos que se acerca el final, pero está siendo maravilloso.

Licenciado en Periodismo y eterno estudiante de Ciencias Políticas. Amante de las maletas improvisadas y de abrir bien los ojos al viajar, tengo predilección por África y sus gentes

Hace 11 horas
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