La Plaza de Colón, a la caza del sueño de una nueva selección de leyenda

Hace 2 días 5

El fútbol es la efervescencia entre dos silencios. Pero en la Plaza de Colón de Madrid, el centro neurálgico donde la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) ha ubicado las pantallas gigantes para seguir a la Selección, no hay ni un segundo para la contemplación. Tres horas antes del encuentro la música ya sonaba a todo volumen, solo entrecortada por el animador a la hora de entregar los obsequios cortesía de los patrocinadores para los aficionados más estrambóticos. El fútbol aquí es una gominola.

Los primeros en llegar, cuando aún se distinguía a las personas de la masa roja, se paseaban por este centro comercial improvisado. Una hilera de casetas de los patrocinadores ofrecía a los aficionados juegos de ruleta o de tiro de portería con sus propios productos como premio para los más versados. Era raro ver a un niño que no tuviera los ojos como platos de la emoción y todo a pesar de unas colas que exasperarían hasta a un vigilante nocturno.

Pero en esta rebautizada Plaza de la Selección hay actividades para todos. Algunos aficionados, los más clásicos, se encaminaban nada más entrar a los bares con más deseo que costumbre. El termómetro marcaba los 33 grados. Después del bar, el chutómetro disputaba el interés. Un disparo, un detector y una cifra. Dependiendo del numerito, las risas o las palmadas de los amigos.

Dentro del arroyo de sombreros panamá con la bandera española, que entrega la organización en la entrada, un grupo destaca sobre los demás: los jóvenes. Nacho Castaño tiene 17 años y ha decidido venir desde Alcorcón con su grupo de amigos. El ambiente es lo que le ha movido: “Esto no se encuentra en ningún bar. Es el primer año que vengo y no me lo quería perder”. Compartir, la camaradería, es lo que más se busca. Rafael Cortés (Puebla, México, 41 años) se ha presentado con la camiseta tricolor, pero su motivación, después de años viviendo en España, es clara: “Mis hijos están como locos por el fútbol y por España y quiero que conozcan desde dentro el ambiente del Mundial”. Ya en la plaza, al dar la alineación ha quedado claro que el favorito, al menos aquí en Colón, es Cucurella. El grito ha sido ensordecedor.

Aficionados españoles celebran la victoria ante Austria este jueves en la plaza de Colón, en Madrid, al término del partido. Daniel González (EFE)

Han bastado diez minutos para que el ánimo propio del inicio del partido adquiriera otro cariz, y no por el juego. Carles Puyol y David Villa, campeones mundiales en 2010, han aparecido en la pantalla. Entre el anonimato de la masa, el relato de una voz se ha impuesto al griterío. Cosas de la fuerza del mito. “¡Puyol! ¡Villa!”, ha soltado de primeras. “Yo tenía ocho años cuando la final, me acuerdo de todo. Mi padre me envió a la cama antes de que terminara el partido”, ha contado. “Pero le dije: ‘Papá es la final del Mundial’. Y me dejó verlo”, ha rematado. A pocos metros una niña dormía a hombros de su madre.

La voz desapareció y se volvieron a imponer los susurros y el griterío. El juego del combinado mejoraba y con ello la sucesión de ocasiones. Entonces, la eclosión del gol de Cucurella y a los pocos segundos la decepción del gol anulado. Insultos al árbitro, que por alguna extraña fuerza de la masa, fueron ganando cadencia hasta llegar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

A los pocos minutos el gol de Oyarzabal. Brazos arriba, saltitos, abrazos, cantos onomatopéyicos y algún que otro sombrero al aire. Algo parecido a la felicidad. La luz empezaba a irse y con ella la primera parte.

Ya a oscuras y con el balón de la segunda parte en juego, los cánticos se han ido acallando y han dado paso al murmullo y la charla. Más por nerviosismo que por exceso de confianza, como si el pesimismo fuera una tradición a proteger. Con el gol de Pedro Porro, de nuevo éxtasis, saltos, sombreros al aire y esta vez el cántico “Yo soy español, español”, para que nadie se despiste y no caiga en el olvido. Y de nuevo se ha hecho la calma, como si la noche también hiciera su efecto. En el último gol, el segundo de Oyarzabal, ya al final del partido, han vuelto a subir los decibelios y ya no han bajado hasta el pitido final. Una vez finalizado el partido el fervor se avivaba con el encendido de la luz del directo de cualquier televisión.

En este nuevo episodio de frenesí social en una Madrid ya cerca de la sobredosis después del paso de Bad Bunny y el Papa León XIV y como en todo acto de masas, el fin de la liturgia —o del partido— ha dado paso en pocos minutos al recogimiento, la contemplación y la promesa.

Leer el artículo completo