La paradoja de Trump en Venezuela: el apoyo a un régimen al que prometió derrocar

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El Departamento de Estado de Estados Unidos fue tajante en su declaración esta semana sobre la respuesta del Gobierno de Venezuela a los terremotos que se han cobrado más de 2.300 vidas. “Las autoridades interinas han cumplido plenamente con acelerar esta masiva respuesta humanitaria”, sostenía en un comunicado, pese a las duras críticas de los ciudadanos por obstáculos y demoras en las labores de rescate y la entrada de ayuda humanitaria.

Seis meses después de la operación militar que capturó a Nicolás Maduro el pasado enero y puso al frente de Venezuela a la entonces número dos, Delcy Rodríguez, el presidente Donald Trump afronta una aparente paradoja: considera la intervención en el país sudamericano el gran éxito de su política exterior y un posible modelo para actuaciones futuras, incluido en Cuba. Pero para apuntalar esa supuesta victoria, se ha alineado cada vez más firmemente con un régimen chavista al que hostigó desde su primer mandato, mientras las grietas en sus vínculos con la líder del movimiento opositor que ganó las elecciones de 2024 —Washington dixit—, María Corina Machado, son cada vez más evidentes.

Lejos quedan los primeros días de la intervención, cuando Trump advertía a la líder interina de que, si no acataba al dedillo las órdenes de Washington, le esperaba un destino “aún peor” que el de Maduro, ahora a la espera de juicio en una cárcel de Nueva York. A lo largo de este medio año, la Administración republicana y su presidente se han convencido de la disposición del régimen de plegarse a sus deseos para mantenerse en el poder y aceptar que Venezuela sea un Estado tutelado. Es algo que habría parecido imposible en plena operación Lanza del Sur, cuando Estados Unidos hostigaba a Venezuela con bombardeos contra supuestas narcolanchas e instaba a Maduro a dejar el poder y exiliarse.

Ahora, Venezuela ha quedado convertida en un “protectorado de facto”, según afirma Francesca Emanuele, del think tank Center for Economic and Policy Research (CEPR). El sector petrolero, el motor económico del país, ha quedado bajo control de Washington, que gestiona las exportaciones a través de una cuenta bancaria en un banco estadounidense de Nueva York. Trump, que se ufana de que en el país sudamericano “la gente baila de alegría” en las zonas no afectadas por el terremoto, ha presumido públicamente de que con la parte que recibe de esas ventas, Estados Unidos ha amortizado ya varias veces el coste de la operación del 3 de enero. Mientras, los datos oficiales de Venezuela indican que los ingresos por petróleo en el primer trimestre del año rondaron los 5.500 millones de dólares, algo más que en los últimos tiempos de Maduro, pero menos que antes de la era de sanciones.

La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, en una reunión con expertos militares y el encargado de negocios de EE UU, John M. Barrett, para coordinar la respuesta a los terremotos. PALACIO DE MIRAFLORES (EFE)

Además, Caracas prepara la reestructuración de su gigantesca deuda soberana: unos 240.000 millones de dólares, la mayor desde la de Grecia en 2012, en plena crisis financiera. Un paso fundamental para devolver a Venezuela a los mercados internacionales. Pero el análisis de sostenibilidad no está a cargo de los expertos del Fondo Monetario Internacional (FMI), como sería habitual. Aunque el FMI declara que mantiene contactos técnicos con Caracas, el estudio lo elabora una firma estadounidense contratada como asesora, el banco Centerview Partners, algo que hace temer entre la oposición venezolana que pueda dejar al país en una situación más vulnerable frente a sus acreedores.

Emanuele recuerda también la operación militar que mató en territorio venezolano al líder de la banda Tren de Aragua, el Niño Guerrero, que el propio Trump declaró que se produjo por orden suya. “Eso pone de manifiesto el grado de subordinación que existe en Venezuela”, sostiene.

Venezuela es, a ojos incluso del propio Trump, el exponente más extremo de la llamada “doctrina Donroe” que ha abrazado Estados Unidos, en alusión a la doctrina Monroe que justificó el intervencionismo estadounidense en su “patio trasero”. Una doctrina que, según la visión trumpista, declara a América como “su” continente y lo convierte en prioridad en política exterior; una región en la que los líderes y personalidades amigos resultan premiados y se amenaza con el uso de la fuerza militar a los regímenes que se ven como enemigos.

“El alineamiento de Trump con la nueva dictadora sigue la lógica de su filosofía de America First, que deja poco espacio para los valores democráticos. Después de todo, lo que le importa a Trump en el caso de Venezuela no es la liberación de los presos políticos ni una transición democrática, sino un Gobierno obediente que facilite proyectos petroleros y mineros controlados por empresas estadounidenses. En otras palabras, una fusión entre la Cámara de Comercio y el Comando Sur”, opina Benjamin Gedan, director para América Latina del Stimson Center y antiguo responsable de América del Sur en el Consejo de Seguridad Nacional de Barack Obama.

Como escaparate de esa política, Estados Unidos ha querido volcarse con el país tras los dos terremotos del 24 de junio. La Administración republicana ha enviado ayuda con rapidez y en cantidad. Ha comprometido 300 millones de dólares en asistencia humanitaria. El despliegue del Departamento de Defensa suma unas 2.000 personas centradas en las tareas de rescate y de reparto de materiales de primera necesidad. La operación, según el jefe del Comando Sur, el general Francis Donovan, es posiblemente mayor que la organizada tras el paso del huracán Melissa en noviembre pasado por Jamaica, pero menor que tras el terremoto de 2010 en Haití.

Al tiempo que despliega, y promociona, su ayuda, respalda la gestión del Ejecutivo de Rodríguez en Caracas. “He visto antes del terremoto una disposición del Gobierno interino a colaborar con nosotros. Después del terremoto, eso no ha cambiado”, defendía el encargado de negocios al frente de la Embajada estadounidense en Venezuela, John Barrett, en una entrevista televisada. Barret también aseguró que Washington tiene “una gran confianza” en las autoridades venezolanas, que han demostrado “gran transparencia”. El general Donovan, por su parte, ha disculpado los problemas en la respuesta de Caracas porque el actual Ejecutivo se enfrenta a “décadas de pobre inversión”.

La Administración estadounidense ha sido tan elogiosa con el Gobierno de Rodríguez como crítica con los intentos de Machado por regresar a su país en estos momentos. La líder de la oposición, en el exilio desde que salió en secreto en diciembre pasado para recoger su premio Nobel de la Paz en Oslo, ha hecho dos intentos de regresar a Venezuela desde los terremotos. Ella y su equipo aseguran que no pretende hacer campaña, sino ayudar a coordinar los esfuerzos de asistencia. Pero el Gobierno de Trump se opone a su regreso ahora. “Añadir cuestiones políticas sensibles a esta situación en estos momentos es contraproducente para nuestros esfuerzos de respuesta tras esta tragedia”, apuntaba esta semana un portavoz del Departamento de Estado.

“Trump está encantado de tratar con un Gobierno autoritario que accede a cada demanda y no tiene ningún interés en cambiar eso por lo impredecible de una transición política que probablemente condujese a una Venezuela más independiente”, apunta Phil Gunson, analista jefe para la región andina en Crisis Group. Pero el experto, residente en Venezuela, apunta que “el rechazo de Washington a aprobar el retorno de Machado en esos momentos, aunque sea por interés propio, no es necesariamente algo malo. El foco inmediato ahora deben ser los trabajos de rescate, y los intereses de Machado son principalmente políticos”.

Integrantes de los equipos de rescate enviados por Estados Unidos, a su llegada a Venezuela, el 26 de junio. U.S. Department of State (via REUTERS)

Estados Unidos declara que su plan para Venezuela tiene tres fases: estabilización; recuperación económica, y transición. Solo en la última se celebrarán elecciones libres. Según Barrett, el plan sigue adelante pese a los terremotos. “Parece ahora un poco diferente, por supuesto, dados los sismos destructores, pero la recuperación económica ya había comenzado”, apuntó en una rueda de prensa telefónica este pasado miércoles. “Ahora mismo estoy centrado en salvar vidas, pero volveremos a la fase 2 y a la recuperación económica de Venezuela”.

“Sin lugar a dudas, Trump ha sido generoso en su respuesta al terremoto. Pero todo indica que su principal objetivo es preservar una supuesta victoria en política exterior, medida en barriles de petróleo por día y nuevas inversiones”, opina Gedan. “Para Trump, el retorno de María Corina Machado pondría todo eso en jaque, al introducir la posibilidad de violencia política o, al menos, la incertidumbre propia de cualquier proceso verdaderamente democrático. En estas circunstancias, Trump prefiere la estabilidad del caudillismo, pese a la represión, la corrupción, la incompetencia y el bajísimo nivel de apoyo popular de Delcy [Rodríguez], su “nueva amiga y socia”.

Por el momento, recuerda Gunson, la opinión en Venezuela es favorable a Estados Unidos. Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, son allí mucho más populares que Rodríguez. “Por ahora, la percepción general de Estados Unidos y de sus trabajos de ayuda parece positiva, en contraste absoluto con el modo en que la gente ve la falta de respuesta del Gobierno venezolano. Machado, mientras tanto, ha perdido algo de apoyo, aunque se mantiene como la política más popular de lejos”, apunta el analista. “Cómo se desarrollarán las cosas a medida que volvamos a una situación más parecida a lo habitual, está aún por ver. Pero si se percibe a Estados Unidos como sostenedor de Delcy Rodríguez en el poder indefinidamente, esas opiniones pueden cambiar”, advierte.

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