Alrededor de Francia gravita el fútbol, no importa el resultado final de la Copa del Mundo, donde al equipo de Didier Deschamps le ha sostenido un escuadrón incomparable de delanteros: Olise, Mbappé, Dembélé, Barcola, Doue y Cherki. Salvo la legendaria Brasil de 1970 –Jairzinho, Tostão, Pelé, Rivelino y Paulo César– no se recuerda tanto talento reunido, ni tan joven, en la historia del fútbol. Es una acumulación que responde a otra realidad, en esta ocasión estadística: Francia es el país de nacimiento de 99 jugadores en este Mundial, 32 más que los nacidos en Países Bajos, segundo en la lista.
El fútbol francés es largo en tradición, pero menos en popularidad interna. Durante décadas compitió, y no siempre de manera ventajosa, con el rugby, vieja pasión de la Francia agrícola y meridional. En L’Équipe , el gran diario de referencia, eran tan frecuentes las portadas dedicadas a la liga de rugby que a la de fútbol, en dura competencia con el ciclismo.

Contribuyó a un cierto desdén el vacío que se estableció entre el Mundial de Suecia, en 1958, y la progresiva crecida del fútbol francés a finales de la década de los ochenta, encabezada por el Saint Etienne y la fascinación nacional que generó el joven Michel Platini. Desde entonces, Francia ha representado un curioso papel, contradictorio en muchos casos.
París, la capital del estado más centralista de Europa, renegó del fútbol o no lo amó como las ciudades de la periferia, Marsella a la cabeza de todas. Como en Inglaterra, buena parte de la devoción se observaba, y se observa, en las zonas mineras. Lens, pequeño enclave minero en el noroeste del país, tiene una población de 35.000 habitantes, pero el aforo de su estadio, el famoso Félix Bollaert, es de 40.000 espectadores.
Al fútbol francés le faltaba el gran equipo parisino y lo que significa: atención mediática, capacidad de atracción para las figuras y los recursos económicos que por sí mismas generan las grandes capitales. El mercado exigía la presencia de París y la capital francesa tardó más de la cuenta en responder. Cuando se creó el PSG a principios de los años setenta, se ganó la consideración de club artificial, plastificado, en las antípodas de la vehemente relación de la hinchada marsellesa con el Olympique.
Artificial o no, asolado en ocasiones por la ruina económica, el París Saint Germain era un hecho inevitable, destinado a triunfar. Un país del Golfo Pérsico, Qatar, lo entendió antes que ningún otro. Destinó recursos ilimitados para convertir al PSG en una primerísima potencia, regada por los petrodólares y el imparable crecimiento del fútbol en un país de pasado colonial, depositario de una enorme masa de migrantes, radicada mayoritariamente en los suburbios de las ciudades más populosas del país.
El fútbol, y no el rugby o cualquier otro deporte, es el dueño de la pasión y los sueños de la Francia de las banlieus , no sin conflictos por medio. La Francia ultra siempre ha mirado con cinismo a la selección. Celebró con la boca pequeña los éxitos del equipo en los Mundiales de 1998 y 2018; utilizó los fracasos para profundizar en el racismo y la división. El signo de los tiempos, sin embargo, empujaba como un ciclón a un cambio copernicano en la mixtura del fútbol francés: el PSG se impuso como referente casi único en un país que identificó su tremendo potencial futbolístico y creó las estructuras adecuadas para aprovecharlo.
La decantación de todos los factores procura un paisaje sin igual. Francia produce y exporta más jugadores que ningún otro país, sin que lo exprese su Liga, afectada por crisis recurrentes. Esa realidad contrasta con la hegemónica posición del PSG, campeón de Europa en las dos últimas temporadas, y la inigualable capacidad para generar futbolistas de gran calado, en cantidad tan masiva que se derraman y triunfan fuera de la selección francesa. A esa fuerza gravitatoria que ejerce Francia el fútbol se refiere, sin duda, este Mundial.

Hace 11 horas
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