En una época en la que todo se nos vende como una experiencia, experimentar algo de verdad, con toda la atención concentrada, es algo cada vez más raro. Sin embargo, visitar la Feuerle Puig House en Berlín garantiza esa sensación.
La llegada no resulta especialmente prometedora: implica franquear la puerta metálica de un áspero y en apariencia anodino bloque de hormigón que en la II Guerra Mundial fue un búnker de telecomunicaciones del barrio de Kreuzberg. Los visitantes son recibidos en un interior tenuemente iluminado (más hormigón desnudo a la vista), y guiados por una escalera descendente hasta una sala completamente a oscuras en la que nada sucede, hasta que empieza a sonar una composición para piano del músico experimental John Cage. Entonces se avanza medio a tientas y, poco a poco, se despliega el panorama: antiguas esculturas jemeres sobre pedestales elevados, exquisitamente iluminadas como si fueran apariciones, muebles chinos, sensuales fotografías del japonés Nobuyoshi Araki, obras de arte contemporáneo de Cristina Iglesias o Anish Kapoor, un gran lago artificial que se extiende tras unos ventanales. Todo en una atmósfera entre lo solemne y lo introspectivo. Y ninguna cartela que distraiga de la experiencia estética. Estamos, pues, muy lejos del museo al uso.
“Hay muchos museos en el mundo, así que pensé que el nuestro debía tener un extra que no existiese en ningún otro sitio, convertirlo en una forma de meditación”, explica Désiré Feuerle (Stuttgart, Alemania, 64 años), coleccionista y fundador del centro junto con su esposa, la española Sara Puig (Barcelona, 58 años). “Para mí no se trataba simplemente de mostrar una colección de la que estaba orgulloso. La idea aquí es perderse y después reencontrarse a uno mismo. Porque hoy, con los móviles, no hay tiempo de profundizar en nada”.
El proyecto de Puig y Feuerle acaba de cumplir 10 años, y el pasado mes de abril lo celebraron in situ con una gran cena y una fiesta a la que asistieron personalidades del mundo del arte internacional —incluyendo otros coleccionistas, artistas, comisarios y amigos de la pareja—, además del director de cine Wim Wenders. El aniversario ha supuesto también una excusa para cambiar el nombre, de Feuerle Collection (Colección Feuerle) a Feuerle Puig House. Esto implica incluir el apellido de Sara Puig, que además de estar casada con Désiré Feuerle ha sido la gran impulsora del centro. Puig es nieta de Antonio Puig Castelló, fundador del emporio empresarial de perfumería y moda que incorpora marcas como Carolina Herrera, Rabanne, Jean Paul Gaultier, Nina Ricci o Byredo, y que sigue en manos de la familia. Varios de sus miembros estuvieron presentes en la celebración, arropando a Sara, que vive entre Barcelona y Berlín y también está vinculada con la empresa aunque no constituya su principal actividad laboral. “Soy miembro de la compañía como accionista familiar, pero toda mi vida profesional la he desarrollado en el mundo del arte”, puntualiza. “Siempre me ha apasionado promocionarlo”.
Se licenció en Historia del Arte en la Universidad de Barcelona y después prosiguió sus estudios con un posgrado en gestión de arte en Nueva York. Trabajó como becaria en galerías y casas de subastas antes de entrar en el equipo del MoMA, y descubrió que aquel era su entorno natural. “Me di cuenta de que en el museo había encontrado mi lugar. Después de aquella etapa volví a Barcelona porque me ofrecieron trabajar como secretaria general de la fundación del Macba, donde estuve dos años”. Lo dejó para ponerse al frente de una institución privada, la Fundación Godia, que tenía un extraordinario acervo artístico medieval, pero también organizaba exposiciones de otros estilos y coleccionistas. Desde 2019, Puig es presidenta de la Fundación Joan Miró de Barcelona. También es patrona de la Fundación Amigos del Museo del Prado y miembro de los consejos internacionales de la Hispanic Society of America y del Museo Berggruen de Berlín. Todo eso, mientras impulsa el centro de arte berlinés que ahora también lleva su nombre, junto al de su marido. En este punto, lo que sorprende es que la adición no se hubiera realizado antes. “Es que el verdadero coleccionista del dúo es él”, explica. “A mí lo que siempre me ha gustado es promocionar el arte para compartirlo con más gente, como ya hice en la Fundación Godia”.
Désiré Feuerle sí encaja en un perfil de coleccionista clásico. Como prueba, atesora objetos desde que tenía ocho años. “Empecé con las llaves antiguas, y recorría las granjas cogiendo las que me dieran”, recuerda. “Después cambié a la plata, cafeteras y otros objetos, desde restos arqueológicos hasta diseños Bauhaus”. Tras un viaje de adolescente junto a sus padres a China, se enamoró de Asia y canalizó hacia este continente la pulsión acumulativa. A los 15 adquirió su primera escultura jemer —la antigua civilización que se desarrolló en la actual Camboya y que destaca por sus templos monumentales y su estilizado repertorio artístico—, una cabeza de diosa que ahora se encuentra en la exposición. Otra de las compras tempranas que mejor recuerda fue una simple cajita dorada porque le dio la medida de lo que significaba de verdad el coleccionismo. “Se la compré a un comerciante especializado en Fabergé, y en cuanto la vi supe que la necesitaba, pero cuando al fin la tuve me pareció tan sofisticada que ni sabía dónde ponerla. Era muy exigente, cosa que en el fondo me gustaba. Desde entonces, con Asia como constante, si veo algo que me gusta y pienso que es especial, lo adquiero. Para mí lo más importante es sentir algo por la pieza”.
Él también desarrolló una formación artística, y trabajó en distintos departamentos de la casa de subastas Sotheby’s en Nueva York antes de incorporarse a la escena galerística de Colonia, donde organizaba exposiciones que mezclaban obra de autores contemporáneos como Polke, Richter o Beuys con pintura renacentista y antigüedades. Acabó abriendo su propia galería en los años noventa mientras seguía expandiendo su fondo artístico. Y a finales de la década conoció a Sara en Barcelona, durante una inauguración del Macba. La relación unió dos perfiles complementarios: el coleccionista y la gestora cultural.
La primera decisión importante que tomaron cuando optaron por hacer pública la colección fue ubicarla en Berlín, de donde ninguno era originario ni tenía vínculos especiales. Les seducían su cosmopolitismo, su energía y el peso de su escena de arte contemporáneo. Sara había visitado la ciudad hacía muchos años porque su hermano cursó estudios universitarios en ella. “Pero entonces lo que más hacíamos era salir de marcha”, rememora. “Esta vez me sorprendió por la amplitud de los espacios. Pensé que era como la Nueva York de hace décadas, donde existía una comunidad artística muy viva. Berlín es una buena combinación de lo mejor de Estados Unidos y de Europa”. Después de invertir un año visitando distintos estudios de arquitectura de todo el mundo, se decidieron por el arquitecto minimal británico John Pawson para reformar un viejo búnker abandonado. La intervención de Pawson respetó la personalidad de la construcción original y la adaptó al nuevo uso, y fue crucial para obtener el peculiar clima de realidad paralela que se respira en ella.
A ello contribuye también la decisión de hacer del centro un espacio libre de móviles. Se prohíbe tomar fotos, los dispositivos deben estar en modo silencio, no hay wifi disponible, y la cobertura apenas atraviesa los gruesos muros de hormigón. Así lo explica Sara Puig: “Tomamos esa decisión cuando abrimos, en pleno boom de los móviles. Hasta nosotros tuvimos dudas y nos preguntamos: ¿lo aceptarán?, ¿vendrán visitantes? Pero entonces dimos con el término perfecto: mobile detox. Venir aquí era la mejor forma de desintoxicarse, y eso le interesó a la gente. Ahora comprobamos hasta qué punto fue acertado. Muchos nos dicen: ‘Por fin, un sitio para no estar todo el rato con el móvil”.
“La gente está muy distraída, se ha vuelto adicta a su móvil”, prosigue Désiré. “Por eso es importante abrir espacios libres de ellos, ahora que quedan tan pocos”. Retoma Sara: “Pero todo museo, tenga el criterio que tenga, es siempre un lugar de introspección y autoconocimiento. Creo que por eso me gustan. Proporcionan apertura mental, te permiten acceder a distintas perspectivas, y eso expande tu mente. Además, en momentos de apatía, yo misma he ido a un museo a ver una exposición y he salido renovada”.
Para acceder al edificio debe realizarse una reserva previa a través de la web, y se forman grupos para los distintos horarios. Puede contratarse aparte la participación en sesiones de meditación con el sonido de un gong o en una ceremonia del té. Pero la propuesta más singular consiste en un homenaje al incienso que se realiza en una sala especialmente habilitada. Un máximo de cinco personas puede participar en el ritual, que proviene de una tradición china milenaria.
Aunque en Feuerle Puig House también se han desarrollado otras actividades más populares y abiertas, como proyecciones de cine en el interior y en la azotea, e incluso desfiles de moda como parte de la Berlin Fashion Week. De modo que su vocación de intimidad y sosiego no lo convierte en un reducto elitista o cerrado en sí mismo. Con vistas al futuro, Feuerle y Puig aspiran a mantener los principios básicos del centro, mientras lo abren a las aportaciones que otras mentes creativas les puedan plantear. “Siempre somos receptivos a cosas nuevas”, asegura Désiré. “Cuando conocemos a alguien joven con ideas, le preguntamos si le gustaría hacer algo aquí. Queremos apoyar el talento joven y ayudarlo a crecer. Es hermoso asumir riesgos y ser los primeros en hacer algo”

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