Esta semana vi a un antiguo compañero de trabajo en televisión en el programa de Sonsoles Ónega explicando el delicado arte de dejar propina. Cuánto hay que dar. Cuándo sí. Cuándo no. En peluquerías, en restaurantes, en cafeterías… Me hizo sonreír. La memoria, afortunadamente, también tiene sentido del humor. No porque estuviera en desacuerdo con lo que decía, sino porque durante los cinco años que trabajamos juntos prácticamente nunca le vi pagar una cuenta.
Lo habitual era que invitara yo, mi entonces pareja, algún socio, un cliente o cualquiera que estuviera sentado a la mesa. De él apenas recuerdo una excepción: un rebujito en la Feria de Abril allá por el año 2022.
Quizá en estos dos años que llevamos sin trabajar juntos haya cambiado sus costumbres. Ojalá. Pero aquella entrevista me recordó que hay personas que hablan con mucha soltura de cuánto hay que dejar de propina cuando el verdadero misterio es quién paga primero la cuenta.
Pero esta columna no va de él. Ni siquiera va de las propinas. Va del señorío.
Vivimos un momento curioso. Nunca ha habido tanta gente hablando de generosidad y, al mismo tiempo, tan pocas personas verdaderamente generosas. Hemos convertido cualquier gesto en una transacción. Invitamos esperando una devolución. Regalamos esperando un favor. Ayudamos esperando un reconocimiento. Incluso hay quien da por hecho que, si una vez le invitaste, será así para siempre. Como si la cortesía fuera una suscripción automática.
Hace unos días volví a Cascais. Hay lugares a los que uno regresa sin saber muy bien por qué. O quizá sí lo sabe. Cascais siempre consigue recordarme que la vida puede ir un poco más despacio. Que el Atlántico tiene otra manera de contar el tiempo.
Esta vez me alojé en la Fortaleza do Guincho. Una fortaleza del siglo XVII, suspendida sobre el océano, convertida hoy en uno de esos hoteles que pertenecen a Relais & Châteaux. Podría hablar de su restaurante con estrella Michelin. Del sonido de las olas rompiendo contra las rocas. De esa luz portuguesa que convierte cualquier atardecer en un cuadro. Pero lo que realmente me llevé de allá no aparece en ninguna guía de viajes.
El jueves nos sentamos a ver el España-Austria. La televisión decidió que tenía mejores planes. La imagen iba y venía. Se cortaba. Volvía. Desaparecía otra vez.
Una mujer apareció para intentar solucionarlo. Entraba. Salía. Reiniciaba el sistema. Llamaba a un técnico. Volvía a probar. Durante más de una hora no dejó de intentarlo. Sin aspavientos. Sin excusas. Sin esconderse detrás de un "no depende de mí".
Más tarde descubrimos que aquella mujer no era una camarera. Ni una recepcionista. Era la directora del hotel. Y cuando comprobó que, pese a todo, no había conseguido que disfrutáramos del partido como debía, tomó una decisión que hoy parece casi revolucionaria. Nos invitó a cenar. No porque lo exigiera un protocolo. No porque temiéramos escribir una mala reseña. No porque alguien levantara la voz. Simplemente porque consideró que era lo correcto.
Y pensé que quizá el verdadero lujo nunca estuvo en las sábanas de algodón egipcio, ni en las cinco estrellas, ni en las vajillas de porcelana.
El verdadero lujo sigue siendo encontrarse con personas que sienten como propia la experiencia del otro.
Eso no se estudia en ninguna escuela de negocios. Se llama orgullo por el trabajo bien hecho. Se llama hospitalidad. Se llama señorío.
Mientras medio país debate cuánto hay que dejar de propina, yo cada vez me pregunto menos cuánto deja la gente y mucho más cuánto da. Porque una propina puede salir del bolsillo. La generosidad sale del carácter. Y son cosas muy distintas.
Conozco personas capaces de dejar cincuenta euros sobre una mesa y no invitar jamás a un café. Personas que hablan constantemente de compartir mientras llevan toda la vida viviendo con el puño cerrado. Personas que presumen de éxito, pero para las que pagar una ronda supone casi una agresión al patrimonio familiar.
Luego existen otras. Las que entienden que la elegancia nunca fue una cuestión de dinero, sino de actitud. Las que tienen ese detalle cuando nadie se lo exige. Las que hacen sentir al otro bienvenido. Las que no llevan una contabilidad emocional de cada gesto. Quizá por eso me gustó tanto aquella fortaleza. Porque, al final, entendí que no estaba construida para defenderse del enemigo.
Las últimas fortalezas que nos quedan son las personas que todavía conservan la delicadeza de hacer lo correcto cuando nadie las obliga. Y, visto cómo está el mundo, son bastante más difíciles de encontrar que cualquier hotel de cinco estrellas.

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