Jordi Costa (Barcelona, 60 años) es desde el verano de 2019 el jefe de exposiciones del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), institución cultural inaugurada en 1994 que ejerce de dinamizador social e intelectual del Raval, barrio en el que se ubica. Antes de aterrizar en este puesto y con él volver desde Madrid a su Barcelona natal, Costa fue uno de los más interesantes críticos y pensadores de la cultura (sobre todo, del cine) underground de este país. Voz ilustrada y clarividente de movimientos en los márgenes que supo contar desde la centralidad de cabeceras como EL PAÍS, sin jamás alienar al lector poco versado en estas lides, pero tampoco irritar más de lo deseable al fiel militante de lo alternativo. Escribió Mondo bulldog (1999) sobre la cultura basura, o Vida mostrenca (2002), alrededor de figuras inclasificables de la cultura, junto al dibujante Darío Adanti, a partir de unas tiras que publicó en el suplemento Tentaciones de esta casa. ChatGPT dice que también es el conductor de un programa radiofónico de la corporación pública catalana llamado Tot costa, pero ChatGPT a veces se viene demasiado arriba. En este, su sexto curso en el CCCB, afronta un año marcado por muestras como la recién concluida sobre la escritora Mercè Rodoreda; la actual, que trata el culto a la belleza, o la que finiquitará este 2026, que reflexiona sobre la era atómica. Por el camino, cine, eventos como el Memefest, residencias literarias y encuentros con pensadores, todo siempre con un sesgo actual y hasta pop que hace de este un lugar único en el mundo. El CCCB en todo su esplendor, ahora teniendo al frente de sus muestras a un fan de Robert Crumb que odia a Amenábar. Y hay gente que cree que esta ciudad está en crisis. Nos sentamos en el despacho de Jordi Costa para hablar de su trabajo y, cómo no, de cultura, pero no de aquella que se celebra en mayúsculas y se mueve a golpe de aniversario.
En el CCCB hay siempre una vocación de conexión con la actualidad, incluso cuando se presentan muestras sobre escritores fallecidos. Han hecho desde Sebald hasta Bolaño. La última ha sido Mercè Rodoreda, quien en los últimos años se ha convertido en referente literario y hasta político para la escena literaria más joven. En su caso, ¿qué se buscó explicar alrededor de su figura?
Al titularse Rodoreda i el bosc (Rodoreda y el bosque) se ha buscado sacarla de algunos de los tópicos asociados a ella. Es una de las escritoras esenciales del siglo XX. Se creó alrededor de su obra la idea de que la suya era una literatura cursi y ramplona, cuando no lo es para nada. Incluso en La plaza del Diamante, su obra más celebrada, hay oscuridad. Existe una Rodoreda casi gore. Nuestra idea no es la de seguir su biografía, sino la de ir más allá, y la mostramos junto a un cuadro de Leonora Carrington, por ejemplo. Además, ahora tenemos este programa de residencias y antes de que llegara a ocupar una de ellas María Stepánova nos dijo que había sabido de la muestra y llevaba leídos ya tres libros de Rodoreda. La idea es reivindicar y que esto cale. Es lo que me da alegría.
¿Hasta dónde permite profundizar un formato como el de una exposición dedicada a un literato? ¿Tiene sentido convertirla en un ensayo con cacharros y dibujos?
Una exposición no deja de ser algo que te permite un acercamiento. Tú velas por que sea riguroso, pero en el fondo siempre será un poco superficial. Es una invitación a conocer más a fondo algo.
Este año, además de una muestra de una escritora antaño denostada por cursi, hay otra sobre cánones de belleza y una más sobre la era atómica. ¿Es posible conectarlas más allá de que suceden en el CCCB?
[Risas] Uff, no sé… Lo atómico…, complicado, pero con la de los cánones de la belleza sí hay conexiones. Habla de lo aleatorio que es construir estos cánones y cómo, al final, se levantan para amplificar la voz del poder. Si cogemos el mundo del cine, que es el que me queda más cerca, vamos de Marlene Dietrich a Elle Fanning, y observamos cómo ha ido evolucionando lo que nos muestran como bello, y lo ha hecho solo con una constante: dejar fuera cualquier divergencia, ya sea racial o subalterna. Solo entra en el canon de belleza lo que representa una facción considerable de mercado. Y ahora estamos en la era del Ozempic, que añade una variable muy interesante a todo esto, que es la de eliminar el sacrificio para entrar en el patrón.
Y donde no llega Ozempic, llegan los mismos filtros de nuestros ordenadores y teléfonos…
Es que eso es muy loco. Cuando hacemos reuniones por Teams, me veo bastante bien en la pantalla. Luego me miro y, joder, parezco Dexter.
¿Hasta qué punto este retroceso en lo body positive que estamos viviendo tiene que ver con terminar con lo mal llamado woke, con una vocación de volver al orden establecido y a una serie de certezas, no importa de nuevo si son justas, ciertas o no?
Mucho. Se puede interpretar como que son los últimos bramidos del dinosaurio, pero lo cierto es que este discurso retrógrado es cada vez más agresivo. No quiero que se me malinterprete, pero uno de los motivos puede estar en que el otro discurso, por muy alineado con él que te puedas sentir, a veces también ha sido excesivamente virulento. Con la idea de luchar contra las injusticias del canon, el progresismo puede fomentar voces igual de intolerantes, y cuando eso sucede, el mensaje deja de ser progresista. Ese momento en el que te pasas de frenada defendiendo cosas lógicas, en que te vuelves dogmático, lo que logras es que el adversario se vaya al extremo también, porque lo único que has hecho es molestarlo.
No convencerlo.
Exacto. En este universo hay un caso que siempre me ha parecido paradigmático, que es el de Disney. Recuerdo una vez en que Albert Boadella, no sé qué estaba defendiendo, seguramente los toros, dijo que toda la culpa era de Disney porque nos había convencido de que los animales tienen sentimientos, que no podemos proyectar nuestras emociones sobre ellos porque se rigen por otros códigos.
¿Entonces Disney no era el paradigma de la América conservadora sino una avanzadilla woke?
Parece que sí.
La idea era que el problema de muchos con Disney era reciente, con su apuesta por la diversidad y las nuevas sensibilidades, no con la madre de Bambi…
Walt Disney articuló un lenguaje de animación brutal con un mensaje de salvaguarda de unos valores tradicionales. También era un empresario capullo al que se le llegaron a poner en huelga los dibujantes. Ahora la compañía quiere ser diversa. Y yo no sé si por esto o por lo que sea, hace ya como seis películas suyas que ni me molesto en ir a ver, no me interesan para nada, y siempre he sido muy fan.
Con Disney, de alguna manera, un par de generaciones aprendieron a amar a los animales, y eso mal no está tampoco.
Claro, claro… Yo la única lección que saco de esto es que no puedes encarnar las cosas como absolutos. Yo amo a Chris Ware y a Disney, y Chris Ware odia a Disney. No sé… Mira, el otro día salió una noticia de que en Colombia habían creado una candidata con IA para defender los derechos indígenas. Era hasta azul, rollo Avatar. Bien, pues ahí estamos con una candidata que defiende las comunidades amazónicas creada a través de uno de los sistemas que más recursos consume y menos ecológicos del mundo.
Es un poco como Bad Bunny en la Super Bowl…
Ya…, bueno, yo me lo pasé muy bien ahí, me pareció una virguería el show, pero sí es cierto que se puede pensar que es imposible que eso sea transgresor porque te lo está sirviendo el mercado.
Lo curioso y algo perverso en el caso de Bad Bunny es que el mercado es el que parece haberlo hecho revolucionario, cuando siempre ha sido al revés: eres revolucionario y contracultural y entonces el mercado te absorbe y te licua.
A veces, no. Mira, cuando escribí el libro sobre la contracultura, entrevisté a Esty Quesada (Soy una Pringada), que me fascina. Entonces estaba empezando. Luego comenzó a triunfar, tuvo un contrato con Atresmedia… Pero ahora, yo cuando la veo a ella sigo viendo y escuchando a la misma persona. Sigue siendo igual de bruta y yo me alegro de que pueda vivir de ello.
¿Es más complicado hoy en día infiltrarse en el mainstream?
Depende de lo que definas como mainstream. El año pasado fui a ver a Chris Isaak al Poble Espanyol, y él en su territorio igual ahora actúa en pequeñas salas. O sea, que aquí, y para mí, es mainstream. Allí, pues igual ya no tanto. En cómic, por ejemplo, hay bastantes dibujantes interesantes que se ganan la vida desde dentro del mercado, porque el mercado les ha dejado un espacio. Creo que lo que no debemos hacer es romantizar la precariedad y debemos entender que hay formas de ganarse la vida sin hacer excesivas renuncias. Todo depende un poco de la escala en que busques ubicarte.
¿Es posible no sucumbir a la nostalgia?
El tema es que si me pongo nostálgico pareceré un abuelo. Si ahora te digo que echo de menos los quioscos de mi infancia, cuando pasaba por delante de ellos y estaban llenos de tebeos que me quería comprar…, y ahora, bueno…, ahora hay souvenirs. También añoro aquella Malasaña de cuando me mudé a Madrid. El tema es que todo está al alcance, todo está en un enorme archivo digital y eso favorece mucho la nostalgia, porque puedes ir ahí y buscar aquello que ya no está y saciarte. Lo que creo que hay que hacer es ser consciente de que siempre habrá algo interesante en las escenas culturales que suceden.
¿Hasta qué punto vale la pena esforzarnos por comprender lo que culturalmente nos es ajeno?
Es importante que uno calibre hasta dónde puede llegar, y eso se mide con hasta dónde sientes placer. No puedes ser el abuelo que solo añora quioscos, pero tampoco el que se tiñe el pelo de azul.
¿Tendemos a subestimar lo que no conocemos y a despreciar lo que no entendemos?
Mucho. Volviendo a Bad Bunny, y siendo consciente de que no hay nada limpio en algo que mueve tanto dinero, me dio mucha vergüenza ver a tanto viejo rockero en redes quejándose de que el reguetón no es música ni es nada. Mira, puedes no entenderlo del todo, pero no lo subestimes. Aquí, cada año hacemos el Memefest, que lo lleva un sector del equipo que es considerablemente joven. Son tan conscientes de la velocidad de este mundo que se renuevan constantemente. Y tú te acercas a ese mundo y te es muy ajeno, pero ves también que es una cultura nueva, un nuevo lenguaje, unos nuevos protocolos.
Y cuando ves que lo pillas un poco, da mucho gustito, ¿no?
¡Sí! Es un momento de satisfacción en el que te dices: joder, lo he pillado, está guay. No será nunca como la emoción que sentía yo cuando salía un nuevo número del Víbora, pero está bien. Esas vibraciones ya no las tengo, pero tengo otras satisfacciones.
Hicieron una exposición sobre inteligencia artificial en otoño de 2023… ¿Cómo surgió aquello entonces y cómo es su relación actual con este tema?
Estaba casi empezando a entrar en nuestras vidas ChatGPT cuando la montamos. Ahora no puedo evitar sentir una antipatía especial ante toda imagen que me recuerda a IA, a Grok. De cualquier modo, creo que se está empezando a buscar crear estas imágenes también desde la imperfección, humanizarlas un poco, hacerlas falibles. En otro orden de cosas, creo que faltan protocolos y los gobiernos están siendo muy lentos legislando sobre el uso responsable de la IA. No sé, igual llega un momento en que una IA te comisaría una exposición o te programa todo el año del CCCB y todos aquí nos hacemos redundantes. Pero espero que la presencialidad tenga siempre sentido.
¿Está cerca el momento en el que decir aquello de “esto parece hecho por IA” no tenga sentido porque los trazos estéticos de lo que se genera hoy desaparezcan y sea por fin la IA una herramienta sin sesgos?
Yo creo que ya puede suceder. En la Pompeu Fabra hacen desde hace tiempo el +Rain Film Fest, que es un festival de cine hecho con IA. Ahí he visto cosas muy interesantes. También tremendas castañas. Ha habido años brillantes y otros más previsibles. O sea, como herramienta es, eso, una herramienta.
¿La usa usted?
Bueno, a veces me ha tocado escribir algo que me daba mucha pereza y he tratado de hacerlo con la IA. Lo que me sugería no me convencía nada y he acabado siempre haciéndolo yo. La última película de Park Chan-wook habla de esto, de la posibilidad de alcanzar un futuro en el que el espíritu humano es irrelevante. Esperemos que no se llegue a eso.
Después de IA tal vez es pertinente, por similitudes, que hablemos de la última exposición que tendrán este año, que versa sobre la era atómica.
Pues encaja, sí… Mira, la hemos coproducido con el Museo de Arte Moderno de París. A las dos comisarias originales, Julia Garimorth y Maria Stavrinaki, se ha sumado por nuestra parte Maria Ptqk. La idea surge del momento en que se descubre que el átomo no es el último confín de la materia, y ahí se abre una era que, en realidad, jamás se ha cerrado. Solo se podría cerrar con la autodestrucción. Su llegada influyó a artistas como Kandinsky y también a bailarinas como Loïe Fuller, que realizaba danza abstracta. Hay también en la muestra una parte en que recordamos que esa era también está influida por el colonialismo porque todas las pruebas se llevaban a cabo en territorios colonizados. Hemos querido hacer una muestra que sea cultural, documental y científica a la vez. Pero sin épica científica, entendiendo que en figuras como Oppenheimer confluyen muchas cosas. Queremos dar herramientas. Y esto de Oppenheimer me lleva a Woody Allen…
No la vi venir esta.
He gozado mucho Manhattan o Annie Hall. Y con Allen como persona, lo que me pasó fue que, más allá de la imposibilidad de saber qué pasó en la intimidad, si tiene razón él o Mia Farrow, lo que me llegó al leer sus memorias, A propósito de nada, es que él era un tipo muy poco empático. La idea del neurótico encerrado en sí mismo la vi completamente desplegada en ese libro. Y me cayó un poco gordo. Me pasa ahora esto con otro héroe mío, Robert Crumb, que ha lanzado Tales of Paranoia, un volumen antivacunas. Además, defendió a Robert Kennedy, quien dijo que había esnifado cocaína en retretes públicos. Crumb afirmó que lo que escribía este hombre estaba muy bien documentado. Entonces, ver a un icono del underground defendiendo a un tipo tan asociado con Trump me desconcierta mucho. Y volviendo a Oppenheimer, al final las personas son muy complejas.
¿Todo esto le impide volver a leer a Crumb o ver películas de Woody Allen?
No. Bueno, en el caso de Allen no siento ninguna necesidad de ver la película que le va a producir Ayuso porque las cinco o seis anteriores ya no me decían nada. El cómic de Crumb lo voy a leer. Pero, a ver, también es cierto que a Crumb no se le acusa de nada, le acuso yo. A Allen sí, y de cosas graves. Cuando ahora leo su nombre lo primero que me viene a la cabeza es: “Este tío no me gusta”.
Hay gente que aún cree que Woody Allen está cancelado.
Pero si cada vez le dan más pasta para hacer películas… A ver, que otro cancelado, el cómico Louis CK, actuó en el Coliseum en Barcelona hace nada. Todo esto lo usan para victimizarse y también para reírse. Hasta Polanski hace pelis, horribles, pero aún hace pelis.
¿Es la cancelación en realidad unas personas enfadadas que se niegan a participar de un debate?
Un poco sí. Hay un desacuerdo y lo que hacen es evitarlo. También es cierto que hay mucha violencia en el discurso. Pero, bueno, es lo que tiene formar parte del mundo saludable en el que hay otras voces aparte de la tuya.

Hace 1 día
2






English (US) ·