Irán: negociar con asesinos es una mala decisión

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Hay una diplomacia que consigue la paz y protege la libertad y otra que apacigua y socava los derechos humanos. El memorándum de entendimiento de 14 puntos que muchos quieren considerar un avance diplomático con la República Islámica pertenece inequívocamente a la segunda categoría. Este régimen nunca ha cumplido un compromiso sin estar, al mismo tiempo, preparándose para traicionarlo. Negocia como gobierna: mediante la astucia, el encubrimiento, la violencia y el crimen. Creer que esta vez será diferente no es cuestión de análisis sino, más bien, de ceguera deliberada o incluso de complicidad.

Cuarenta y siete años de historia deberían habernos inmunizado contra este espejismo. Cada vez que el régimen se ha sentido acorralado —por las sanciones, el aislamiento diplomático o la presión de la calle—, ha encontrado a alguien dispuesto a ofrecerle una vía de escape, un pretexto para ganar unos cuantos años más de respiro y el combustible necesario para alimentar su expansionismo islamista. Y, en cada ocasión, ha utilizado ese respiro no para reformarse, sino para consolidar el aparato represivo, reforzar a sus protegidos en la región y perfeccionar los métodos empleados para tratar brutalmente a su población. Para ser, cada vez más, lo que ha sido desde sus orígenes: una teocracia expansionista y totalitaria. La historia no se repite por casualidad: se repite porque quienes negocian con Teherán se niegan a ver el mal que constituye, al mismo tiempo, el combustible y el motor de este régimen.

Porque, en definitiva, ¿de qué estamos hablando? De una potencia que, el pasado mes de enero, masacró a hasta 42.000 ciudadanos, según Donald Trump, que habían salido a la calle para exigir, sencillamente, el derecho a vivir en libertad. Cuarenta mil muertos. Al menos 100.000 heridos. Innumerables detenciones. Familias enteras que han perdido a sus hijos, ciudades enteras sujetas al toque de queda, cárceles atestadas de hombres y mujeres jóvenes cuyo único delito ha sido la esperanza. Y son precisamente los autores de esa matanza con quienes algunos quieren que nos sentemos a negociar, como si no hubiera pasado nada, como si la sangre se hubiera secado ya en las aceras de Teherán, Isfahán o Shiraz. No se negocia con terroristas ni se debe negociar con carniceros. No han muerto 40.000 iraníes para que el estrecho de Ormuz se reabra con condiciones ni para que el mundo libre ofrezca su capitulación.

En esta prisa por perdonar algo que todavía no se ha expiado hay pura inmoralidad. No se negocia con un verdugo que sigue sosteniendo el cuchillo. No se le ofrece una salida honrosa al mismo tiempo que sus víctimas no tienen salida alguna, ni de su celda, ni de su dolor, ni de su país. Dialogar con este régimen, hoy, es darle a entender que sus crímenes no van a tener consecuencias, que la represión es negociable, que el olvido internacional se puede comprar con unas cuantas concesiones temporales. Es un espantoso mensaje de aliento para todos los tiranos del mundo: si matas a suficientes personas, te acabarán recibiendo en la mesa de negociaciones como un socio respetable.

Mientras escribo estas líneas, pienso en las madres a las que he visto dar testimonio, con el rostro compungido, sobre la desaparición de un hijo o una hija el pasado mes de enero. Pienso en los abogados encarcelados por el mero hecho de querer defender a las familias de las víctimas ante unos tribunales que solo emiten veredictos decididos de antemano. Pienso en ciudades enteras —Karaj, Mahabad, Javanrud y tantas otras— en las que el ejército disparó contra la población como quien dispara contra un invasor extranjero. ¿Cómo se va a explicar a estas familias que los responsables de su dolor, en este mismo momento, estén siendo recibidos en los lujosos salones de la diplomacia internacional? No hay una respuesta digna a esa pregunta. Nunca la habrá.

Pero este cálculo, pese a todo su cinismo, se basa en un malentendido fundamental que quiero aclarar aquí. Lo que este régimen está comprando con las negociaciones no es paz, sino tiempo. Tiempo para reconstruir sus redes represivas, para rearmar a sus milicias, para preparar la próxima oleada de represión. Este respiro de 14 puntos no va a servir más que para reforzar el programa nuclear y el caos regional a través de los mercenarios pagados por el régimen. Cada mes de margen diplomático que se le concede es otro mes entregado a la maquinaria de la muerte que, en este mismo instante, sigue funcionando en las sombras de las prisiones iraníes. Lo sabemos porque lo hemos visto, una y otra vez, desde hace cuatro décadas: este régimen no cambia su naturaleza en una mesa. Gana tiempo para sobrevivir y después vuelve a atacar.

Frente a esto, hay una verdad que ni las cancillerías ni los cálculos geopolíticos podrán pasar por alto de manera indefinida: con o sin el apoyo de las potencias internacionales, el pueblo iraní derrocará al régimen. Esta certeza no es un eslogan; es la constatación de una realidad que veo expandirse día a día. Porque lo que se está gestando hoy en Irán ya no son disturbios esporádicos, sino un movimiento organizado y muy arraigado, presente en todos los estratos de la sociedad, que reúne a millones de mujeres y hombres, en todas las ciudades, en todos los pueblos, desde las grandes metrópolis hasta las provincias más remotas. Trabajadores y estudiantes, comerciantes y profesores, jóvenes y mayores: es todo Irán el que se ha alzado y nunca volverá a rendirse.

Este movimiento no espera a tener apoyo externo para existir. Existe porque la paciencia de un pueblo tiene su límite y ese límite se superó hace mucho tiempo. A veces me preguntan si este movimiento tiene un rostro, una organización, una estructura. Respondo que tiene varios: los comités de barrio que se organizan en silencio, las redes de solidaridad que reúnen dinero para ayudar a las familias de los presos, las voces de la diáspora que transmiten cada noche lo que al régimen le gustaría silenciar. Pero también tiene, cada vez más, una dirección común: la de una nación que hoy se niega a dejarse dividir por motivos étnicos, regionales o generacionales y que se une rumbo a un único horizonte: un Irán libre y democrático, reconciliado consigo mismo.

Por otra parte, la historia nos enseña que un apoyo firme de la comunidad internacional puede acortar el sufrimiento y acelerar el desenlace. Por eso me dirijo hoy a los gobiernos occidentales: ya no es momento de apaciguamientos y vacilaciones, ni de los cálculos cortoplacistas que tantas veces han controlado su política respecto a Irán desde hace cuatro décadas. No debemos hablar de negociar con los carceleros, sino de apoyar sin reservas a los encarcelados, y eso exige algo más que palabras, exige pasar a la acción: apoyar al movimiento popular, respaldar los mecanismos internacionales que documentan los crímenes cometidos en enero, mostrarse absolutamente firmes en todas las negociaciones mientras continúe la represión y amplificar al máximo, en todos los foros diplomáticos, las voces que el régimen quiere silenciar. El máximo apoyo al pueblo iraní: eso es lo que la Historia les pedirá el día en que Irán, por fin, sea libre.

Porque ese día llegará.

Llegará porque ninguna represión, por brutal que sea —ni siquiera tan brutal como la de enero—, ha conseguido nunca extinguir el deseo de libertad de todo un pueblo. Llegará porque los millones de iraníes que hoy se rebelan en las ciudades y los pueblos no luchan por una negociación, sino por una refundación. Y llegará antes si el mundo libre deja de buscar pequeños acuerdos con quienes no han querido nunca más que sobrevivir por encima de los cadáveres de su propia gente.

El pueblo iraní no obtendrá la libertad de manos de sus verdugos. Necesita que el mundo reconozca, de una vez por todas y sin evasivas, el empuje de su pueblo hacia la libertad. El resto vendrá después.

E Irán renacerá.

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