Primero aparecieron el verano pasado cuando acababa de terminar la guerra de los 12 días. Cada fin de semana, los chicos de la banda se instalaban frente a uno de los cafés populares de la calle Iranshahr, en el área central de Teherán, conectaban la guitarra eléctrica, el bajo y un sintetizador: en cuestión de segundos eran rodeados por decenas de hombres y mujeres que los acompañaban con sus palmas y bailaban un poco, así fuera de una manera muy sutil. La situación era atípica en muchos sentidos, especialmente por la gran congregación de jóvenes de ambos sexos disfrutando abiertamente en las calles de sectores céntricos de música electrónica en vivo. O simplemente de tomarse un café, compartir un sándwich o una cerveza helada sin alcohol en el espacio público.
Pero, irónicamente, durante este verano esta escena ha pasado a ser, digamos, antigua. Ya en la misma calle no toca una sola banda, sino varias. Y ya no hay un solo par de calles de moda donde pasan esas cosas, sino muchas y en muchos lugares esparcidos de la ciudad. Los cafés, populares desde hace años, se han multiplicado desde la guerra de los 12 días con la particularidad de que cada vez son más los que tienen terrazas en las aceras; con ellos el número de jóvenes que los han convertido en un estilo de vida. “No creo que en otro lugar del mundo haya fila para entrar a un café a las 10 de la noche como pasa en Teherán”, dice Vita, que trabaja como barista. Puntualiza que la juventud utiliza estos espacios para conexiones con otra gente.
En un país donde hasta hace unos años todo sucedía en espacios privados, o al menos en áreas cerradas, y para los jóvenes era difícil interactuar con el sexo opuesto, los cafés y sobre todo aquellos que hacen pequeños conciertos o que tienen terrazas lo han cambiado todo. Especialmente porque son una excusa para crear grandes grupos que no son muy bien vistos por las autoridades de la República Islámica. Algunas veces los cierran, pero la tribu se mueve de lugar mientras son reabiertos.
Y si el pelo suelto sin rastros del velo y las camisas metidas dentro del pantalón antes eran lo raro, hoy son lo común en ciertos sectores de la ciudad donde se concentran las nuevas generaciones. No solo eso, muchas mujeres no ven la necesidad de llevar manga larga e incluso hay quienes llevan tirantes o camisetas que dejan ver el ombligo.
Hábitos nuevos
Muchas mujeres no ven la necesidad de llevar manga larga e incluso hay quienes van en tirantes o camisetas que dejan ver el ombligo
Es casi, casi una revolución, como lo confirma una violinista de 32 años que pide que la identifiquemos como Mina: “yo veo cómo van vestidas algunas chicas en la calle y me da felicidad y miedo por ellas. Pero son las que nos han marcado el camino a todas”, dice la artista, que confiesa que hace pocas semanas hizo el experimento de tocar en una esquina sin velo y con camiseta para ver qué se sentía.
“Era como si tuviera el control de mi destino, era muy especial ver cómo la gente se dispuso alrededor mío para escucharme y apoyarme, de alguna manera mi relación con la ciudad cambió”, cuenta. Mina hace énfasis en que la guerra que acaba de terminar -de la que hoy se cierra un capítulo con el comienzo de las exequias del líder supremo Ali Jamenei, asesinado el 28 de febrero en un ataque de Estados Unidos e Israel-, es la última etapa de una explosión social que si bien se afianzó con el movimiento Mujer Vida y Libertad que comenzó después de la muerte de Mahsa Amini en 2022, llegó a su culmen después de esta última guerra.
“Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que íbamos a ver estas imágenes, le hubiera dicho que estaba loca”, dice.
Actitud
“Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que íbamos a ver estas imágenes, le hubiera dicho que estaba loca”, dice Mina, violinista
Esto no solo pasa en Teherán. Se repite en otras ciudades del país, incluidas urbes extremadamente tradicionales como Isfahán o Mashad donde no solo se reúnen en los cafés, también en los parques a hacer deporte o en centros comerciales.

Nushin, psicóloga de 27 años, lo explica de la siguiente manera: “creo que fue la mezcla de muchas cosas: la desesperación provocada por la guerra, la oportunidad que daba la guerra pues las autoridades estaban enfocadas en otros problemas mayores y la necesidad que tiene el gobierno de mantener cierta cohesión social”, dice Nushin, quien reconoce que a pesar de esta aparente explosión social, no ha habido cambios en las leyes para las mujeres.
La oportunidad
“Con la guerra las autoridades estaban enfocadas en otros problemas mayores y la necesidad que tiene el gobierno de mantener cierta cohesión social”, apunta Nushin, psicóloga de 27 años
Por el contrario, asegura, en los últimos años la lucha legal se ha reducido, muchas activistas han dejado el país o están en la cárcel y muchos jóvenes, especialmente mujeres, parecen conformarse con las libertades en el vestir que han ganado. Pero Vita, la barista, ve la realidad desde otro punto de vista: “al menos hemos ganado un derecho que nos pertenece y antes no teníamos. Este cambio ha sido nuestra victoria”.

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