Historia de una emigración feliz

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A las ocho de la mañana de un 19 de febrero de 1960, el alemán Horst Kubiak agarra el volante de su Mercedes Benz camino de París, aunque su destino final es España. El empresario tiene prisa, necesita mano de obra para la Johann Wülfing & Sohn, una fábrica textil con tres siglos de antigüedad en Lennep de la que es jefe de personal. Kubiak había sido soldado en la II Guerra Mundial y cayó prisionero en un campo soviético donde conoció a un oficial compatriota de una influyente familia germana que hizo su fortuna con la tejeduría. 15 años después de quitarse el uniforme militar, su Mercedes Benz llegará a Béjar (Salamanca), desde donde partirá de regreso a su tierra guiando a un autobús con 43 mujeres, todas solteras menos tres, que parte del pueblo el 19 de marzo de 1960. Fue el primer contingente femenino de emigrantes que salió de España, con los papeles en regla, para trabajar un año en la fábrica textil de Lennep, con la promesa de un viaje de ida y vuelta pagado, modernas instalaciones para vivir, un buen sueldo, agua caliente, calefacción, dignidad. Así fue.

Una exposición simultánea en el Museo Textil de Béjar y en Alemania (cofinanciada por la Universidad de Wuppertal y el Ministerio de Cultura español, con la colaboración de la Complutense y el Centro de Estudios Bejaranos) recuerda estos días a aquellas pioneras, punta de lanza de uno de los éxitos de la emigración española, muy falta de ellos. El autobús salió de madrugada cuando todavía no se habían firmado acuerdos bilaterales entre ambos países para el traslado de trabajadores. Kubiak tenía prisa.

Las orillas del río Cuerpo de Hombre llevaban siglos también alimentando las fábricas de paño bejaranas, pero la industria textil está sujeta a altibajos acusados y en la España franquista atravesaba un pozo que expulsaba al desempleo a cientos de trabajadores cualificados, muchas mujeres expertas desde niñas en el manejo de la maquinaria de la lana y los hilos, como puede verse en el Museo Textil de este pueblo de montañas nevadas del suroeste castellano, donde la profesora Mercedes Riba muestra la exposición dedicada a la aventura alemana, de la que se ha encargado. Ella es autora, entre otros títulos, de La emigración bejarana en Alemania, 1960-1973, editado por el Centro de Estudios Bejaranos, que cuenta con lujo de detalles aquellos viajes que dejaron huella en las márgenes del río Wupper, donde, como en Béjar, se alineaban las tejedurías y aún se habla español.

El cura comparte mesa con las trabajadoras bejaranas en la residencia de mujeres de Lennep. Álbum personal de Carlos Muñoz Álvarez

Sacar a todas aquellas mujeres de Béjar no fue sencillo, qué va, la España franquista tenía muchas aduanas y el paciente Kubiak tuvo que mover sus hilos para que el obispo, previo intercambio de misivas con el arcipreste germano, diera su permiso después de que padres y maridos hubieran concedido el propio para aquel viaje. El Mercedes tuvo que hacer varios viajes a Madrid, a Salamanca y a Béjar para llevarse su preciado botín de expertas obreras. Eso le granjeó para siempre la amistad con Miguel de Lis Tordesillas, delegado de Emigración de la provincia salmantina, quien le ayudó siempre para el éxito de aquella Operación Rhin III. Sebastián Íñigo es el tercer hombre a tener en cuenta en esta historia, era el dueño de la empresa de autocares que tantos trayectos hicieron por la misma ruta, experto en cortes de jamón y botellas de coñac para repartir en las aduanas por donde los españoles cruzaban de regreso a su tierra “cargados de aparatos de radio y televisión que había que declarar”, escribe Riba. Decenas de fotos de aquellos momentos tomadas por Kubiak y algunas emigrantes convierten este libro en un documento histórico inestimable. Una buena parte de ellas se puede ver en la exposición de Béjar.

Como tantos emigrantes, aquellas mujeres que salieron durante lustros de Salamanca pensaban estar un año ganando dinero y volver a su tierra. Pero no todas, explica Riba, para algunas era una oportunidad de abandonar un matrimonio nefasto, el estigma pueblerino de la soltería o la búsqueda de la libertad que les negaba la dictadura. Pero Franco no iba a soltar amarras graciosamente: pronto envió a párrocos y misioneras que se encargaron de que Alemania no diera al traste con el nacionalcatolicismo inoculado en sus compatriotas y en Lennep se celebraron misas y bodas oficiadas por ellos. Por no hablar del NO-DO, que se proyectaba de tarde en tarde con las procesiones de la Virgen de la Montaña y otras romerías.

La empresa textil Johann Wülfing & Sohn cedió huertos para los emigrantes. Álbum personal de María Jesús Codesal Sánchez

Cuando llegó María Jesús Codesal con su madre y sus hermanos tenía 17 años, el padre ya estaba allí, era un frío octubre de 1962 y por entonces la ruta de ida y vuelta ya había prácticamente hermanado a las dos localidades textiles. “Estuve un tiempo muy triste, todo era oscuro y con mal clima, así que me llevé una mala impresión”, cuenta por teléfono desde Cantabria esta mujer de 83 años. “Pero ahora no tengo nada malo que decir de los alemanes, nada, se portaron muy bien, fue una experiencia bonita, no tardé en habituarme”. Naturalmente. En aquellos edificios se instalaron cientos de familias españolas, pero también italianas, turcas y algunas alemanas. Eran tantos los españoles que María Jesús apenas aprendió alemán, pero los nietos de su hermana, que murió allí recientemente, apenas hablan ahora español. “Había un pabellón para las solteras, otro para los hombres solos y otro para los matrimonios”, recuerda. Y el colofón llegó años después, cuando les cedieron algunos huertos donde hacían sus barbacoas. Días de vino y rosas.

Las españolas aparecían en las revistas alemanas y en la que editaba el conglomerado textil de Remscheid-Lennep; proyectaban una imagen de europeas modernas que prestaba buen escaparate al régimen franquista, así como beneficios a la industria alemana. En aquella empresa les proporcionaban ocio, películas, emisiones de radio y televisión en español, bailes y cantes, incluso recibían en Lennep el diario salmantino El Adelanto. Hasta medidas anticonceptivas facilitaba la empresa a los jóvenes matrimonios, aunque la idea de tantos hijos como Dios quisiera estaba todavía arraigada en aquellos hombres y mujeres de la oscura España. Pero todo iba llegando. Dice una de ellas en el libro de Riba: “Ya llevábamos tiempo allí y se nos ve más modernas, mejor vestidas […] Nos acostumbramos a vivir mejor, como los alemanes. Yo llegué con un solo abrigo colorado y acabé teniendo distintos abrigos, gabardinas, chaquetones […] En vacaciones llegábamos con mucha ropa a Béjar y regalos para todos. Muchos nos vinimos llorando. No me agrada oír hablar mal de los alemanes, nos acogieron muy bien”.

Oskar Zimmermann (izda) fue el intérprete de Horst Kubiak (dcha) en la aventura de las trabajadoras bejaranas. Álbum personal de Horst Kubiak

En solo dos años, Kubiak contrató a 700 personas de Salamanca. Fueron tratadas estupendamente porque los alemanes deseaban que se produjera lo que ahora se denomina “el efecto llamada”, de modo que “máximo respeto, corrección y facilidades” para que llegaran más. Habían encontrado un filón para llenar sus empresas en un país que había salido maltrecho de la Guerra Mundial.

Cerca de la mitad de los emigrantes que viajaron a Europa, fundamentalmente a Alemania, Francia y Suiza entre 1960 y 1973, cuando una crisis petrolera ralentizó las economías mundiales, iba sin papeles; salían de España como turistas o siguiendo la estela de sus parientes, y no fueron pocas las penurias que vivieron cuando la pompa de jabón de los enormes salarios les estalló en la cara y los ahorros no acababan de juntarse, de las que tampoco se libraron quienes entraron bajo el paraguas del Instituto Español de Migraciones. Ni de los pabellones infectos donde muchos tenían que malvivir. La mayoría habla ahora de aquello con la indulgencia con la que se recuerda la juventud. En cambio, el caso bejarano sí fue una experiencia reseñable para aquellas familias. Los autobuses volvían con las obreras que habían cumplido un año para pasar las vacaciones y elegir entre quedarse o regresar, y se llevaban nueva mano de obra animada por los relatos de bienestar y dinero. Los sueldos de las mujeres eran inferiores a los de los hombres, “pero no por ser españolas, sino por ser mujeres”, explica Ribas. A pesar de eso, triplicaban el salario que habían percibido en Béjar. Y ellas fueron las encargadas de reunificar a la familia en no pocas ocasiones.

Algunas de las que regresaron pronto cargaron de nuevo con el estigma de haber disfrutado de una modernidad que España todavía no entendía. En 2008, el Ayuntamiento de Béjar las declaró Ciudadanas Ilustres del pueblo. ¿Se puede decir que esta es la historia de una emigración feliz? “Fue un éxito porque la empresa se portó muy bien, accedieron al bienestar cuando en el pueblo vivían en un tercer mundo, lo que ganaron vino a España, a sus familias, y quienes decidieron quedarse también lo hicieron convencidos. Su emigración fue casi privilegiada, salvando tener que abandonar su país y su familia. Esto solo fue posible por el gran interés de la empresa alemana, que había encontrado en Béjar justo lo que necesitaba para salvar su producción”, dice Mercedes Riba. Los países siempre son más interesados que humanitarios con la migración. O casi siempre.

Valentina García de la Riva (con vestido de cuadros), en la empresa textil alemana. Álbum personal de Valentina García de la Riva
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