La mitología ha dado vastos ejemplos de que la astucia del pequeño luchador puede imponerse a la fuerza bruta de un gigante adversario. Estonia, país de 1,3 millones de habitantes —casi siempre en su historia bajo el yugo de alguna potencia extranjera—, hace gala de su determinación y destreza para proteger su periodo más largo de independencia, 35 años desde el derrumbe de la URSS, y blindarse en todos los frentes, el militar, el social y el legislativo, frente a “la amenaza imperialista rusa”, en palabras de sus autoridades.
El mensaje es que Estonia tiene amigos fuertes, está respaldada por los aliados de la OTAN, y cuenta con un profundo conocimiento del adversario ruso para no caer en sus provocaciones. Un combo con el que le plantan cara en la guerra híbrida de drones, desinformación y ataques cibernéticos. El objetivo no es vencer en batalla a un enemigo mucho más grande, con un ejército que supera en número de militares (1,5 millones, más dos millones en la reserva) a la población de todo el país báltico, sino disuadirle.
“Lo que no queremos ver es un error de cálculo de Putin, pensando que no estamos unidos, que la OTAN no funciona, que el Artículo 5 no funcionará o que Rusia puede tener ventaja”, sostiene el titular de Asuntos Exteriores estonio, Margus Tsahkna, en un encuentro con periodistas e investigadores europeos a mediados de junio en la sede del ministerio en Tallin.
La cumbre de la OTAN en Ankara —el 7 y 8 de julio— es clave para escenificar esa fortaleza. Pero la creciente tensión con Estados Unidos, que ha anunciado un recorte de su presencia militar en Europa y ha vinculado su compromiso de defensa al cumplimiento del gasto del 5% del PIB, no lo pone fácil. Estonia fue uno de los países que más rápidamente se comprometió con esta meta y ha anunciado que incluso sobrepasará ese nivel de esfuerzo para 2029. Los países bálticos llevan meses insistiendo a sus socios europeos en que hagan lo mismo si no lo han hecho ya, como es el caso de España.
La Primera Brigada de Infantería, con los efectivos de la Alianza, son los encargados de defender la frontera norte de Estonia con Rusia. El desdén de Donald Trump a la OTAN, que ha llegado a calificar de “tigre de papel” por la posición de sus miembros ante el conflicto de EE UU con Irán, hace sonar las alarmas en las capitales del flanco oriental de la Alianza. Putin podría poner a prueba aquí su reacción ante un buen zarpazo.
Tsahkna no cree que Estonia fuera su primer objetivo. “El otro lado de la frontera está vacío”, argumenta. Todas aquellas tropas rusas que había hace una década, recuerda, se han desplazado a Ucrania. “Somos fuertes y muy capaces de reaccionar activamente desde el primer segundo”, enfatiza. Sin embargo, no lo descarta del todo.
El ministro sostiene que Putin ya cometió un “error total de cálculo” cuanto lanzó su ataque a gran escala contra Ucrania en febrero de 2022. “Estoy seguro de que, si hubiese sabido que iba a durar más de cuatro años, no habría empezado”. Además, la posibilidad de un alto el fuego en el futuro dejaría al Kremlin con efectivos disponibles para cualquier otro frente. “Así que no queremos que Putin malinterprete a Estonia, a la OTAN o a Europa y comience cualquier tipo de operación militar porque al final pagaremos el precio incluso si resultamos victoriosos”, añade.
En Tapa, a 100 kilómetros de la frontera de Estonia con Rusia, está la base militar compartida por la Primera Brigada de Infantería con tropas de la OTAN. Sería la encargada de defender Narva, la ciudad fronteriza estonia con una 90% de rusohablantes, separada por 101 metros de río del país vecino. En caso de ataque, ganar las primeras batallas y tiempo para que llegasen los aliados sería fundamental. El objetivo: no perder ni un centímetro de territorio. “Recuperarlo [luego] es muy difícil”, explica el coronel Tarmo Kundla.
Kundla, comandante de la Primera Brigada de Infantería, es tajante. “La única amenaza existencial de Estonia es Rusia”. Con el país vecino mantienen un “conflicto histórico interminable”. Si en 1704, el zar Pedro I el Grande tomó violentamente Narva, que entonces pertenecía al imperio sueco, después de un largo asedio y la masacre de su población; hoy la guerra aquí se libra con drones en los cielos y desinformación en internet. “Son buenos innovando, pero sus ambiciones imperialistas no han cambiado en los últimos 300 años”, sentencia el coronel.
Las señales de que después de Ucrania algún país del flanco Este de la Alianza puede ser el siguiente en la lista de Moscú están ahí, comentan distintas fuentes militares y de inteligencia estonias. En diciembre 2024, indican, el ministro de Defensa ruso, Andréi Belousov, habló por primera vez de un posible conflicto con la OTAN en los próximos diez años. Recientemente, en mayo de 2026, Rusia acusó ante el Consejo de Seguridad de la ONU a los países bálticos de permitir que Ucrania lanzase ataques con drones contra Rusia. Estonia lo niega desde sus territorios.
Ninguno de estos mensajes es anecdótico para la inteligencia estonia. Más bien lo consideran la narrativa que va generando el Kremlin para justificar un posible ataque.
La creciente tensión ha llevado a Estonia a un escenario que bascula entre los opuestos de evitar una invasión a gran escala como la de Ucrania y estar preparado para confrontar en una. Por una parte, planta cara a la guerra híbrida de Moscú, que incluye desde incursiones en el espacio aéreo europeo con drones, también con globos al estilo de Corea del Norte, intentos de sabotajes informáticos, el paso de la conocida como flota fantasma —los buques que usa para eludir las sanciones— por el mar Báltico, hasta la intoxicación informativa de la ciudadanía orquestada desde el Kremlin. Ataques de baja intensidad a los que responde de manera templada y proporcional para no desencadenar una escalada.
Uno de los hangares de la base de Tapa, al noreste de Estonia, donde se realizan labores de mantenimiento. Estos ataques, hasta la fecha, han activado a la OTAN en los casos de invasión del espacio aéreo. Como ocurrió el pasado mayo, cuando un caza de la policía aérea de la Alianza derribó un dron ucranio sobre Estonia, que había sido desviado por las tropas de Moscú con herramientas de guerra electrónica, según el Ministerio de Defensa.
En el terreno militar, Estonia muestra su músculo con 8.000 soldados, la mitad en activo, y 33.000 reservistas. Desde hace un año cuentan además con unidades especializadas en guerra electrónica y manejo de drones. Eso en un país de poco más de 1,3 millones de habitantes que instauró el servicio militar obligatorio desde su independencia de la Unión Soviética, en 1991, para los varones mayores de 18 años y voluntario para las mujeres.
Estonia cuenta además con la Liga para la Defensa de Estonia, los kaitseliit, una organización integrada por unos 8.000 voluntarios de carácter militar y civil, cuya misión es contribuir con sus diferentes áreas de conocimiento a la defensa territorial del país y preparar a la sociedad para responder a crisis y conflictos. Una de las labores que hacen, por ejemplo, es impartir talleres en las escuelas para enseñar a niños y adolescentes a neutralizar, manejar y reparar drones.
Y no es el único cambio que se ha producido en las escuelas desde el inicio de la guerra en Ucrania. Actualmente, el 20% de la población de Estonia es rusófona, de ahí que existan centros de educación públicos que imparten en ruso. Para garantizar que toda la población hable estonio en el futuro, en diciembre de 2022, el Parlamento modificó la ley para implantar progresivamente la enseñanza exclusivamente en estonio en todos los centros financiados por el Estado.
Puente que une la ciudad Estonia de Narva con Rusia, al fondo de la imagen, separados por un río. En los últimos años, además de las vallas, se han ido añadiendo elementos de contención ante un posible ataque militar. En la ciudad fronteriza de Narva, por ejemplo, los rusohablantes son el 90% del total. Eso no significa que sean rusos ni que apoyen a Rusia, como aclara el propio Gobierno. Sin embargo, subraya el problema que supone que un quinto de la ciudadanía sea vulnerable a la propaganda rusa, por ser ese su idioma.
La reforma elimina gradualmente la enseñanza en ruso en el sistema público, un proceso que espera culminar en 2029. El principal argumento, anota Irene Käosaar, directora del Instituto Estatal Estonio de Narva, es “garantizar la igualdad de oportunidades”, dado que la educación superior ya es exclusivamente en estonio. Reconoce, sin embargo, que la medida también trata de impedir que la propaganda rusa permee entre los jóvenes.
Entre las medidas para mitigar la desinformación, Maia Klassen, experta en la materia de la Universidad de Tartu, destaca la prohibición de medio centenar de canales de televisión rusos y el cierre de 155 sitios web que “agitaban la guerra”. Fue una medida rápida, días después del comienzo de la guerra en Ucrania. Además, miembros de la Liga para la Defensa imparten cursos en las escuelas sobre medios y manipulación informativa.
También en 2022, Estonia tomó la decisión de reducir drásticamente la concesión de visados a ciudadanos rusos, con excepciones limitadas por motivos familiares, humanitarios o de residencia. Y no son pocos los representantes estonios que afean que Italia (152.254), Francia (123.890) y España (111.187) fueron en 2024 los que más visados Schengen concedieron a ciudadanos rusos.
Una mujer cruza a pie la frontera desde Rusia en la ciudad estonia de Narva, el pasado 15 de junio. En 2025, el Parlamento estonio también reformó la Ley de Iglesias y Congregaciones, que establece que las organizaciones religiosas no pueden mantener vínculos organizativos o financieros con centros religiosos extranjeros que representen una amenaza para la seguridad nacional.
Del abanico de herramientas para cortar los tentáculos del Kremlin en Occidente, las sanciones económicas son de las más efectivas, sentencia Kerli Veski, del Ministerio de Exteriores. “Pero tienen que ser más potentes y querríamos que incluyeran un embargo energético”, pide.
“La Europa mediterránea no llega a entender la urgencia y la percepción de riesgo de estos países. La respuesta a la agresión rusa ha sido conjunta, pero hay matices. En Italia, Francia o España no concebimos nuestra relación con Rusia en términos de guerra, pero estos países se sienten ya en conflicto con Rusia”, analiza Eleonora Tafuro Ambrosetti, investigadora y codirectora del Centro de Rusia, Cáucaso y Asia Central del Instituto Italiano de Estudios Políticos Internacionales (ISPI). Invitada por el Gobierno estonio junto con otros investigadores y medios, entre ellos EL PAÍS, la experta opina que “lo están haciendo bastante bien”.
Estonia se blinda. No quiere dejar ni una sola grieta por la que se cuele la influencia rusa, ni sus drones, ni su miedo. Es el momento, señalan sus políticos, de que la OTAN se muestre unida en Ankara. De que todas las potencias de la UE arrimen el hombro con más gasto en defensa. “Rusia juega con el miedo a la escalada, incluso nuclear. Cada vez que vemos que Moscú cuestiona a la Unión Europea, nuestras fronteras, o lleva a cabo operaciones híbridas, la parte occidental es muy cuidadosa porque la principal preocupación es no escalar. Necesitamos tener más confianza en nosotros mismos: no debemos escalar, pero tampoco dejarnos arrastrar por ese miedo a la escalada”, concluye el ministro Tsahkna.

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