Es más que frecuente que en muchos rodajes los actores se enamoren, al margen de los argumentos sentimentales que interpretan. Es lo que les ocurrió a Meryl Streep y a Robert Redford cuando se hallaban protagonizando Memorias de África.
La actriz norteamericana siempre ha llevado una vida personal ajena a escándalos de naturaleza amorosa. Sus parejas la han respetado siempre en su deseo de ocultar sus relaciones. Nunca en la prensa rosa han salido a colación sentimientos que destruyeran su imagen de mujer pudorosa, que siempre respetó sus compromisos familiares. Jamás puso en juego su matrimonio por algún desliz momentáneo, un arrebato de pasión. Pero eso ocurrió, al menos una vez.
Fue rodando muy lejos de su residencia en California, donde tenía radicado su hogar. Rodando Memorias de África en el continente negro. El guion partía de la autobiografía de Karen Blixen, escritora casada con un barón de dudosa reputación, pareja que se instaló en Kenia para explotar una plantación de café. Allí, se relacionó con un aventurero, de turbadora presencia, que acabó viviendo una fogosa historia de amor. Esa pareja estuvo interpretada en la pantalla por Meryl Streep y Robert Redford.
Meryl había nacido en 1949 en el estado norteamericano de Nueva Jersey y, en principio, su ambición era la de convertirse en cantante profesional, deseo que ella misma truncó, una vez recibidas suficientes clases, para dedicarse a la interpretación. Sus papeles, generalmente en el cine, de novia o esposa, solían responder a una tipología tradicional, sin caer en la frivolidad. Los espectadores, sobre todo ellas, la consideraron siempre, además de ser una actriz de talento, el símbolo representativo de la mujer de clase media, defensora de las virtudes de una buena esposa, modelo de virtudes femeninas tradicionales.
El término toma se utiliza en el argot cinematográfico como una sola imagen o secuencia filmada. Meryl Streep se sinceró al recordar aquel rodaje de Memorias de África. "A la quinta toma yo estaba más que enamorada de él".

"Él" era Robert Redford, el personaje que se interponía en el matrimonio de la escritora y el barón. "Era tierno, sensual, y yo deseaba que no terminasen aquellas escenas, a pesar de estar rodeados de hipopótamos". El director era Sidney Pollack, el primero que se dio cuenta de la química que había nacido entre los dos sensacionales actores, protagonistas de un amor de película, en el de la historia filmada y la vida real.
El pasado año, Meryl Streep estuvo en el Festival de Cannes, donde recibió la Palma de Oro. Se recordó entonces la película Memorias de África, lo que aprovechó ella ante los periodistas en una concurrida rueda de prensa para evocar uno de los felices momentos del rodaje: "Fue cuando Bob (Robert Redford) tenía que lavarme el pelo. Llevó un tiempo hasta que él supo hacerlo, lo que me produjo una de las muchas satisfacciones a su lado".
Aquel enamoramiento de Meryl y Robert puede que llevara a compartirlo en la intimidad, lo que ninguno de los dos hizo público. Sucediera o no, queda para ella un imperecedero recuerdo de aquel admirado galán que tantas ilusiones despertó en ella… y muchas más mujeres.

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