Drones en lápidas y refugios en la ópera

Hace 1 día 4

¿Qué hace el público en la ópera de Odesa cuando suena la alarma antiaérea? ¿Por qué pide perdón la madre de un soldado muerto ante la tumba de su hijo? ¿Será algún día Bulgákov querido en Kyiv? ¿Por qué nos dicen que el Danubio es azul?

Los drones han entrado en las lápidas de los cementerios militares ucranianos 

Los drones han entrado en las lápidas de los cementerios militares ucranianos PGP

Cuatro postales de un breve viaje a Ucrania: un escritor, un cementerio, un teatro y el río de Europa.

El acomodador, un señor mayor, me ayuda a encontrar mi butaca en el Teatro de Ópera y Ballet de Odesa. Representan Natalka Poltavka , ópera compuesta por Mikola Lísenkoy y estrenada en 1889 en este mismo escenario: una tarta arquitectónica trufada de barroco vienés y rococó francés horneada con renacimiento italiano, un cóctel que siempre queda estupendo como decorado para una guerra.

El acomodador me pregunta de dónde vengo y explica que él fue bailarín y que un día de 1983 danzó en el Liceu de Barcelona Ana Karenina , la versión de Rodion Shchedrin (de aquella amante rusa que se arrojó a las vías del tren se han creado una veintena de ballets). “También visitamos Madrid. Fuimos la primera delegación soviética que visitó el Valle de los Caídos”, cuenta.

¡Qué argumento para un gran ballet!, pienso. Las estrellas del Bolshói y el cuerpo de baile de la Ópera de Odesa frente a la tumba de Franco.

 Natalka Poltavka es una ópera cómica, y en plena representación suena la alarma antiaérea. Desciende el espectacular telón y desciendo yo al shelter , al vientre de la ópera. No hay ni su fantasma, sólo se han refugiado dos empleadas de un McDonald’s cercano.

¿Dónde se han metido los espectadores que llenaban la platea y parte de los palcos? Deambulan tranquilos entre ninfas de yeso, esperan en la cafetería o contemplan el esplendor de las flores que rodean el gran teatro.

Alguien escribió que las flores nunca son hermosas en un cementerio. En las sepulturas de soldados a las que me acerco, en las afueras de Odesa, lo más hermoso son los seres vivos que visitan a los que han dejado de existir.

La madre de un soldado muerto nos pide perdón por llorar, una y otra vez, como si no quisiera incomodarnos en lo más mínimo, ella, a la que le han matado a su único hijo.

Dos mujeres meditan sentadas frente a otra tumba. Alguien, en una conversación de consuelo, les pregunta si alguna de las dos era la mujer del soldado caído en el frente. Se miran entre ellas. “Las dos”, responden. Qué complicada y sencilla es la vida. Qué complicadas y sencillas son las sepulturas.

Un adolescente arregla la tumba de su padre con una ternura fuera de este mundo, como si su padre no estuviera muerto, sólo durmiendo en una cuna de tierra y él, su hijo, estuviera meciéndola. Dirigir la palabra al chico sería interrumpir algo puro en extremo.

¿A cuántos soldados aquí enterrados los ha matado un dron de los que van directos al estómago? Estos abejorros han redibujado las reglas de la guerra y el relieve de las lápidas: en una de ellas aparece grabada la imagen del soldado fallecido con un dron en las manos.

Las mallas para protegerse de estos kaláshnikov con alas han llegado hasta el Danubio, alma y fake de Europa: nunca ha sido azul. De hecho, muere en el mar Negro. Los navíos de la guardia fronteriza ucraniana patrullan por su desembocadura enfundados en redes, a pocos metros de la orilla rumana, allí donde la invasión nos araña: un dron ruso impactó en mayo contra un edificio de la ciudad rumana de Galați provocando los dos primeros heridos por esta guerra en un país de la OTAN.

“Ahora entramos en el espacio de la UE”, dice el capitán del barco militar ucraniano en el que navegamos al dar media vuelta, maniobra imposible sin entrar en aguas fluviales rumanas.

Este río te arrastra hacia la melancolía. Hoy como en 1916. Corriente abajo en un buque de guerra austrohúngaro, el corresponsal de La Vanguardia en este frente de la Primera Guerra Mundial –Enrique Domínguez Rodiño– describió cómo una baronesa vienesa de la Cruz Roja repartía bombones entre enfermeras y soldados “con la condición de que dejaran de cantar canciones tristes”.

Atardece en Kyiv. Una amiga me invita a una entrega de premios en el lujoso CityHotel Residence del bulevard Shevchenko: es un evento pagado por los noruegos y premian reportajes sobre desaparecidos en la guerra escritos por estudiantes ucranianos de periodismo. Hay contrastes en apariencia indestructibles, como la tristeza que desprende el tema del premio y el delicioso piscolabis que sirven.

Paso junto al número 13 de la bajada de Andriivskyi, la casa donde vivió Mijaíl Bulgákov, el novelista de Kyiv que sublimó al imperialismo ruso. Alguien ha arrojado pintura roja a su rostro esculpido en metal.

Unas calles más abajo, el restaurante Rebernya (casa de costillas) sirve carne sin cubiertos, tienes que comerla con las manos protegido por un enorme babero de papel en el que hay dibujadas las costillas de un esqueleto. Mirarte en el espejo del toilette es mirar la radiografía de tu propio cadáver.

“Un calor sofocante en los dorados campos de Ucrania –escribe Bulgákov en La guardia blanca –. Las compañías de cadetes avanzaban entre nubes de polvo. Todo eso sucedió, sucedió, pero había dejado de existir”.

 Todo al final es destructible, incluso el indestructible contraste entre ese piscolabis y la amargura: un misil ruso impactó el miércoles contra el hotel que acogió el evento, un edificio diseñado en 1901 por Yosyp Zektser, fundador del modernismo monumental ucraniano y que –como Gaudí– murió atropellado por un tranvía.

Todo sucede, y deja de existir.

Plàcid Garcia-Planas Marcet
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