Un niño acude emocionado a su primer día de campamento. Ese día hay escalada y a él le encanta escalar. Al llegar, se encuentra con la monitora y con varios niños. Algunos ya se conocen. A él no lo conoce nadie. Tampoco la monitora, porque nadie le ha pedido información previa a la familia, que sugiere quedarse unos minutos, pero la monitora les pide que se marchen. Tras unos minutos intentando integrarle, la monitora abre la puerta, busca a la familia y les dice que el niño no se integra, que no quiere jugar y que no quiere que lo toquen. Después, la familia intenta explicar cómo acompañarle, pero la empresa se niega a adaptarse. El niño no vuelve nunca más. Al año siguiente, fue diagnosticado de TANV (trastorno del aprendizaje no verbal).
Esta escena contiene muchas capas: un niño que quería escalar, una familia que intentó anticiparse, una monitora sin información, un grupo ya formado y un entorno que interpretó una dificultad como un rechazo. “No es culpa del niño que el monitor no tenga formación para acompañarle en esa actividad”, resume Sandra Alonso Castillo, pedagoga terapéutica, psicomotricista y maestra de Educación Infantil. “Todos los niños tendrían que poder hacer cualquier actividad si quieren hacerla”. El dilema, añade, es que “si apenas se recibe formación sobre estos temas en la escuela, ¿cómo vamos a pedírsela a un campamento?“.
La pregunta no es retórica. El ocio de verano se sostiene a menudo sobre monitores muy jóvenes y contratos de pocas semanas, con grupos numerosos y presupuestos ajustados; pedir una atención individualizada a quien rota cada 15 días y acompaña a 20 niños no siempre es realista. Además, como recuerda Alonso, aunque lo ideal sería poder conocer de antemano a quiénes van a tener en el grupo, “puede ocurrir, y ocurre muy frecuentemente, que llegues y el primer día te hayan cambiado el grupo”. “Toda esa preparación de saberse los nombres, saber lo que les gusta, no existe”, subraya.
En el entorno escolar, cuando hay una evaluación o un diagnóstico, puede haber apoyos, orientaciones o docentes que ya conocen al alumno. Sin embargo, al terminar el curso, muchos menores neurodivergentes se encuentran con un espacio que sienten menos propio y con adultos que no siempre saben leerles. Ante esto, las familias suelen moverse entre dos opciones: buscar un campamento específico o confiar en que al que su hijo quiere ir esté dispuesto a escuchar.
Lo deseable sería una formación específica; y a falta de ella, al menos una base. Sergi Grau Carrión es CEO y cofundador de NeurekaLAB, un proyecto vinculado a la Universidad de Barcelona y la Universidad de Vic-Universidad Central de Cataluña y centrado en la detección precoz y el refuerzo escolar personalizado. Él defiende que los monitores “no necesitan ser especialistas clínicos”, pero sí contar con herramientas para no interpretar todas las dificultades como falta de ganas. Cynthia Santacruz, psicóloga experta en trauma y apego y creadora de proyectos de educación no formal, añade que hacen falta “ganas de aprender, vocación de servicio” y capacidad para mirar al niño antes que al comportamiento.
La inclusión empieza antes del conflicto: cuando el adulto anticipa, acompaña y adapta el entorno.kali9 (Getty Images)La bruta, el despistado, el perezoso, la maleducada. Detrás de esas etiquetas hay muchas veces otra cosa: dificultad de procesamiento, impulsividad, sobrecarga o necesidad de anticipación. Conductas que se leen como desafío y son, en realidad, una forma de pedir ayuda. “Un niño que se porta mal se siente mal”, resume Santacruz. Aunque parezca un entorno más relajado que la escuela, recuerda Grau, el campamento de verano también exige atención, memoria de trabajo, planificación, flexibilidad y regulación emocional.
Santacruz insiste en la acogida de los primeros días. “Hay que preparar a los monitores para que conozcan a los niños y las niñas. Para que, cuando lleguen, les demuestren que los conocen un poco y quieren seguir conociéndolos. Esa primera impronta facilita el resto”. “En la infancia hay que premiar la pertenencia”, explica, “y el adulto debe ser un puente, integrador del niño en el grupo”. Pertenecer es que alguien sepa tu nombre, que haya pensado cómo vas a llegar y que el grupo no se cierre antes de que puedas encontrar tu sitio.
Para la gestión diaria, Grau recomienda anticipar la jornada, avisar antes de las transiciones, dar instrucciones cortas, permitir pausas o prever el ruido, el contacto físico o el estrés. “Cualquier formación básica para monitores debería incluir pocos contenidos, pero concretos”, resume. Se refiere a conocer las neurodivergencias más frecuentes [trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastornos del espectro del autismo (TEA) y altas capacidades], entender qué implican a nivel cognitivo, manejar estrategias universales que beneficien a todo el grupo y saber comunicarse con las familias. “No se trata de conocer muchas estrategias, sino de saber aplicar algunas; no solo se hacen para adaptar a un niño: si las hacemos bien, mejoran para todos”.
Aunque algunos perfiles, como el TDAH o el TEA, pueden resultar más reconocibles, hay otras condiciones que también dificultan el transcurso del campamento. Por ejemplo, quien tiene TANV puede tener buenas habilidades verbales, pero procesa la información de forma diferente. Un “ponte ahí” puede convertirse en otra cosa: ¿dónde exactamente? ¿al lado de quién? ¿mirando hacia dónde? Con ruido, movimiento e instrucciones colectivas, lo pequeño se hace grande. La discalculia, por su parte, puede dificultar la gestión del tiempo. Grau habla de anticipar los cambios. Un “quedan 10 minutos”, “quedan 5”, “última ronda”. “No son adaptaciones pensadas solo para un niño: bien aplicadas, ordenan la experiencia de todo el grupo”.
Planificar para adaptar tampoco significa controlarlo todo. Gemma Velao Reyes, maestra y psicomotricista relacional, fue monitora antes de acompañar procesos de desarrollo desde la infancia hasta la adolescencia. Si pudiera hablar con aquella monitora que fue, cuenta, le diría que no intentara tenerlo todo tan controlado: planificar importa, pero “lo que realmente deja huella son los vínculos, la escucha y la presencia”. Con el tiempo, ha aprendido que “muchas veces aquello que vemos es solo la punta del iceberg”.
La inclusión se juega antes del conflicto: en cómo se recibe, cómo se anticipa, cómo se mira una conducta. Si ante un bloqueo solo hay reproche, el niño aprende que ese lugar no es para él. Si hay un adulto que traduce, espera, ajusta y acompaña, la experiencia puede ser otra. En ese primer día de escalada, nadie tendió ese puente. La puerta se abrió para decir que el niño no se integraba. Un campamento más preparado quizá habría hecho otra pregunta: “¿Qué necesita para poder entrar y quedarse?”.
Lo que las familias pueden anticipar desde casa
Antes de que el niño neurodivergente llegue a un campamento, la familia puede hacer algo decisivo: avisar de quién es. No es solo comunicar un diagnóstico, es compartir información práctica. Sergi Grau Carrión, cofundador de NeurekaLAB, recomienda contar “qué funciona, qué le desregula, cómo se puede comunicar mejor con él y qué apoyos están utilizando en casa o en la escuela”. Lo compara con la ficha inicial de alergias u otros temas alimentarios: también aquí conviene dar señales de alerta y estrategias que ayuden en el día a día. Compartir un informe del centro escolar tampoco debería entenderse como una etiqueta. “No estás etiquetando. Es un informe de orientación para mostrarles cómo pueden acompañar”, añade la pedagoga terapéutica Sandra Alonso Castillo. La familia también puede preguntar cómo se organiza cada actividad, aconseja la exprta, cuántos monitores acompañan o si la planificación diaria puede conocerse antes: "No para fiscalizar, sino para anticipar desde casa".

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