Actualizado Lunes, 2 febrero 2026 - 13:57
Durante a?os, el debate energ?tico en Espa?a ha estado dominado por una idea tan atractiva como peligrosa: la de que es posible disponer de energ?a abundante, limpia y barata sin asumir costes relevantes. Don Quijote lanza en ristre contra los molinos, pero ahora s? son gigantes... y complejos.
Este es un pa?s de sol persistente y de viento constante. Lo ha sido mucho antes de que habl?ramos de transici?n energ?tica. Ese paisaje explica parte de nuestra ventaja comparativa y tambi?n una tentaci?n recurrente: creer que la naturaleza har? el trabajo duro por nosotros. Una de las decisiones m?s claras de las ?ltimas d?cadas ha sido priorizar el precio aparente de la energ?a frente a la seguridad y la fiabilidad del sistema. No se trata de un desliz puntual. Es ya un rasgo estructural del modelo energ?tico espa?ol, en contraste con otras econom?as avanzadas. En ese marco, las energ?as renovables se han presentado como la piedra filosofal: limpias, aut?ctonas y baratas. Esa afirmaci?n solo se sostiene si se observa una parte concreta del problema y se deja el resto fuera del encuadre. El bajo coste marginal de generaci?n no equivale al bajo coste total del sistema.
Las renovables, por su propia naturaleza, son intermitentes. No producen cuando la econom?a lo necesita. Lo hacen cuando el viento sopla o el sol brilla. Eso obliga a disponer de sistemas de respaldo capaces de cubrir picos de demanda y ca?das abruptas de producci?n. Hoy ese respaldo depende en gran medida del gas. A ello se suman el refuerzo de redes o la gesti?n de desajustes para mantener el funcionamiento cuando el sistema se ve exigido.
Se?alar estos l?mites no equivale a negar la transici?n energ?tica. La cr?tica informada no tiene nada que ver con el negacionismo que desprecia la evidencia cient?fica o reduce un debate complejo a consignas simples. Un pa?s con el sol y el viento de Espa?a no puede permitirse ese lujo intelectual sin asumir un coste estrat?gico.
Cuando se producen episodios de tensi?n grave o grandes apagones, los costes ocultos afloran de golpe. Entonces se habla de fallos t?cnicos, de circunstancias excepcionales o de eventos imprevisibles. Rara vez se admite que, en muchos casos, lo que falla no es una pieza concreta, es m?s amplio. La paradoja es conocida: los sistemas que minimizan costes en el corto plazo tienden a concentrar riesgos en el largo. Un sistema el?ctrico no es solo una plataforma de generaci?n, es una infraestructura cr?tica sobre la que descansan la actividad econ?mica, la cohesi?n social y la credibilidad institucional.
El problema es haber desplazado el debate desde la eficiencia del sistema hacia el precio inmediato. Y, sobre todo, que cuando la seguridad energ?tica falla, el coste no se reparte de forma equitativa: lo pagan antes y con mayor intensidad los hogares vulnerables, las peque?as empresas y los sectores m?s expuestos.
Espa?a necesita una transici?n energ?tica ambiciosa y tambi?n intelectualmente honesta. La energ?a segura cuesta dinero, la resiliencia tiene precio y los sistemas complejos no se gobiernan con esl?ganes. Abaratar el recibo puede resultar tentador. Encarecer el riesgo, no tanto. Porque confundir durante demasiado tiempo el precio de la energ?a con su verdadero coste econ?mico y social no fortalece el sistema: lo debilita.
Francisco Rodr?guezes Catedr?tico de Econom?a de la UGR y director del ?rea Financiera y Digitalizaci?n de Funcas. En X: @franrodfer.

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