En el garaje donde Nadiem Makarim fundó su unicornio tecnológico hoy aparcan virtualmente tres millones de motos, con sus respectivos conductores. La aplicación Gojek mueve a Indonesia. Es número uno en la entrega de comida a domicilio y número dos –solo por detrás de Grab– en moto-taxis, tan socorridas en el Sudeste Asiático para sortear atascos. Su juicio tampoco se ha retrasado: el verano pasado, la Fiscalía acusó a Makarim de corrupción durante la etapa en que ocupó un ministerio hecho a su medida: Educación, Cultura y Tecnología. El martes pasado le llegó la sentencia: 10 años de cárcel y 40 millones de euros.
En el punto de mira está la compra sin rebaja de 1,2 millones de Chromebooks a Google, uno de los grandes inversores en Gojek. Algo que no solo arruina su imagen, sino también la de sus padres, adalides de la lucha anticorrupción.
Su madre cofundó un premio a la integridad y su padre formó parte del comité anticorrupción
Makarim, que ayer cumplió 42 años, niega cualquier irregularidad, pero desoyó el informe técnico que, poco antes, había desaconsejado para un archipiélago de seis mil islas ese tipo de portátil esclavo del wifi.
La sentencia no avala la acusación de que Makarim recibiera 40 millones de euros de Google por los servicios prestados. Pero le obliga a resarcir esa misma cantidad al Estado o sumar cinco años más de condena.
El empresario salió llorando del juzgado, diciendo que le es imposible reunir esa suma se mostró conmovido también por la presencia solidaria de algunas docenas de motoristas de la primera hornada. Estos sí tenían algo para celebrar al día siguiente: Este julio entra en vigor el decreto presidencial que recorta del 20% al 8% la comisión por carrera que se quedan las plataformas. Algo que mantendrá hundida la cotización de Gojek, pero que dará un respiro a muchos falsos autónomos.
Más hundida está la reputación de Makarim, que hace una década era el “asiático del año”, según T heStraits Times , como modelo de innovación. Alguien a quien hace dos años se sondeaba como candidato a gobernador de Yakarta, la metrópolis más poblada del mundo, pero cuyas ambiciones políticas quedan ahora vapuleadas.
Ni su caída ni tampoco su reivindicación son ajenas al momento político indonesio. Cuando fundó su startup todavía era un veinteañero, recién salido de Harvard (como sus padres). Para capitalizar su idea, fue diluyendo su 100% de las acciones, dando entrada a fondos de EE.UU., que en el 2016 lo convirtieron en el primer unicornio indonesio (más de 1.000 millones de dólares). Rondas posteriores atrajeron a gigantes del silicio como Tencent o Softbank, hasta superar los 6.000 millones de dólares, 700 de los cuales procedentes de Google.
Gojek tal vez sea un unicornio, pero los Makarim no proceden de Ganímedes, sino del cogollo del poder en Indonesia. Su abuelo materno fue una figura política, y su padre, Nono Anwar Makarim –luego abogado de Citibank– dirigía la oenegé tecnocrática que, con financiación de los liberales alemanes, quería reformar desde dentro el Nuevo Orden del dictador Suharto.
Nadiem Makarim cree que han ido a por él. Pero una década antes, la lucha anticorrupción en la que despuntaban sus padres –él, en la comisión oficial; ella, cofundadora de un premio anual a la integridad– tumbó al presidente del Parlamento y líder del partido de Suharto, por un fraude en los DNI electrónicos, con una multa parecida y una pena de 15 años.
En su caso, la principal baza para un indulto es su tío Zacky Makarim, último jefe de inteligencia de Suharto, con mucha sangre en las botas, en Yakarta y Timor. Un hermano de armas del actual presidente, Prabowo Subianto, este último, exyerno del difunto Suharto. Pese a ello, Prabowo está diversificando sus apuestas, renacionalizando y pagando por ello. La bolsa también. Empezó el 2025 ingresando en los Brics y lo terminó adquiriendo 42 cazas chinos J-10, aunque también se unió a la Junta de Paz de Trump.
Makarim dijo haberse desvinculado de Gojek al aceptar la cartera de ministro, entre el 2019 y el 2024. A medio mandato, la OPV multiplicó por cinco su valor, hasta los 30.000 millones de dólares. Pero hoy vale una décima parte.
Sus admiradores creen que la justicia indonesia no es ciega. Su madre, la periodista Atika Algadri, ha preferido serlo, en primera fila del juicio, con él hasta el final.

Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.

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