Trump busca la grandeza de EE.UU. en el pasado mientras las tecnológicas deciden su futuro

Hace 11 horas 6

Donald Trump volvió el viernes, en la víspera de las celebraciones por el 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, al monte Rushmore, donde están esculpidos los rostros de cuatro presidentes que representan el nacimiento (George Washington), la expansión (Thomas Jefferson), la liberación de los esclavos (Abraham Lincoln) y el desarrollo económico del país (Theodore Roosevelt). El republicano ha tanteado repetidamente la idea de agregar un quinto rostro, el suyo, para conmemorar lo que él considera un retorno a la “grandeza” de EE.UU. Y aunque las generaciones futuras juzgaran su legado, es innegable que, un cuarto de milenio después, el país ha entrado en una nueva fase que determinará su devenir en los próximos 250 años.

“El rápido progreso que está haciendo la verdadera ciencia hace que, a veces, lamente haber nacido demasiado pronto. Es imposible imaginar hasta qué punto podrá llegar, en mil años, el poder del ser humano sobre la materia”, escribió en 1780 Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de la república, a su amigo Joseph Priestley, célebre descubridor del oxígeno. Al polifacético Franklin, que a su vez fue científico, periodista, diplomático y hasta director de correos, le gustaba imaginar cómo sería el futuro y lamentaba haber vivido tan solo el inicio de la revolución industrial. Y ese es uno de los rasgos que ha definido al joven país desde su fundación: el espíritu inventor y pragmático, la mirada hacia adelante, que no necesita de nostalgia ni tradición para seguir avanzando.

Sin embargo, 250 años después de la firma de la Declaración de Independencia en Filadelfia, Trump está obligando a su población a mirar hacia atrás. Make America Great Again , el eslogan que lo ha acompañado durante toda su trayectoria política, construye el relato idealista de una nación que algún día fue grande, pero ha caído en declive por culpa del progresismo, la tibieza geopolítica y la inmigración. Para devolver a EE.UU. al estatus de imperio, su agenda política, económica y de relaciones internacionales se inspira a menudo en el pasado.

En una de las primeras órdenes ejecutivas de su segundo mandato, Trump devolvió el nombre de William McKinley, el 25º presidente del país (1897-1901), al pico más alto de Alaska, que su predecesor, Barack Obama, había cambiado a Denali, que significa “el alto” en lengua koyukon, tras una petición del estado. Por conveniencia o por convicción, Trump suele citar el único mandato de McKinley como ejemplo de la “grandeza” que el país ha perdido.

250 años después de su independencia, el espíritu innovador sigue presente en la sociedad americana

“McKinley hizo que nuestro país fuera muy rico gracias a los aranceles y al talento”, dijo Trump en su segundo discurso de investidura. A finales del siglo XIX, para impulsar el crecimiento económico tras un periodo de depresión, el presidente adoptó una serie de medidas proteccionistas que llevaron el tipo medio arancelario hasta el 57%, la tarifa más alta de la historia de EE.UU. McKinley también logró una serie de victorias geopolíticas que han inspirado el renacimiento del imperialismo trumpista: durante su mandato ganó la guerra hispano-americana en tan solo unos meses y como resultado adquirió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; anexionó Hawai en 1898, y comenzó a preparar el terreno, con estudios preliminares, para construir el canal de Panamá.

En el siglo XXI, Trump ha impulsado los aranceles más elevados que ha tenido EE.UU. en un siglo, llevando el tipo arancelario medio alrededor del 30%, aunque la mayoría de estos impuestos han sido tumbados por el Tribunal Supremo: a diferencia de McKinley, el republicano invadió la autoridad del Congreso y aprobó los aranceles mediante declaraciones de emergencia. Además, ha amenazado –de momento sin éxito– con anexionar Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá, ha perdido a nivel estratégico una guerra de cuatro meses con Irán y ha capturado al presidente de Venezuela, el país con más reservas de petróleo en el mundo, para encontrar en su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, un gobierno dócil.

En 1901, cuando McKinley fue asesinado a balazos por el anarquista Leon Czolgosz, EE.UU. se encontraba al inicio de un proceso que, medio siglo después, llevaría al país a convertirse en la primera potencia mundial. El desarrollo de la industria norteamericana se produjo en un entorno de seguridad jurídica (impulsada en parte por el sucesor de McKinley, Theodore Roosevelt) y estabilidad geopolítica (protegido por los dos océanos, EE.UU. gozó de una posición defensiva privilegiada), que, junto a una cultura tolerante al riesgo emprendedor, permitió grandes innovaciones, desde la bombilla eléctrica de Thomas Edison hasta la cadena de montaje industrial de Henry Ford.

Ayudaron las dos guerras mundiales, en las que Washington movilizó su industria a una escala masiva para proveer a sus aliados y terminó entrando en ambos conflictos, asegurando la victoria con su territorio casi intacto. Eso permitió, tras la Segunda Guerra Mundial, situar al dólar como moneda de reserva mundial (con los acuerdos de Bretton Woods) y beneficiarse del mercado europeo (gracias al Plan Marshall). El libre comercio, y no el proteccionismo, convirtió a EE.UU. en el hegemón del mundo.

La agenda de Trump se refleja en el proteccionismo y el expansionismo de William McKinley

Pero el mundo está cambiando de manera acelerada. Ya no es bipolar, como en la guerra fría, ni unipolar, como planteó fallidamente Francis Fukuyama cuando imaginó “el fin de la historia” tras la caída de la Unión Soviética. El desarrollo económico, militar y tecnológico de China amenaza el dominio americano, mientras que otras potencias, como Rusia, la Unión Europea, India o Indonesia, reclaman su papel el mundo.

En el 2026, el espíritu innovador de Benjamin Franklin sigue escribiendo la historia y las grandes empresas tecnológicas de EE.UU., como Microsoft, Apple, Alphabet o Amazon, cuyos propietarios se codean con Trump, han adquirido un poder que trasciende las fronteras estatales. La inteligencia artificial ha pasado en cinco años de ser intrascendente a inevitable, y ya ha comenzado a tomar decisiones en la guerra o la acción de gobierno. Según todas las encuestas, las nuevas generaciones desconfían cada vez más de la democracia, un pilar fundacional de EE.UU., y Trump actúa en consecuencia militarizando las calles del país, desacreditando las elecciones y reforzando sus alianzas con regímenes autoritarios. Solo el tiempo dirá hacia dónde se dirige EE.UU., pero es muy probable que el segundo mandato de Trump sea recordado como un nuevo punto de inflexión.

Javier de la Sotilla Puig
Leer el artículo completo