Suecia tiene fama de país tranquilo. Ordenado, civilizado, tolerante. Cuna de la socialdemocracia y el Estado de bienestar. Un lugar donde todo parece funcionar y donde los grandes conflictos europeos se observan siempre con esa distancia nórdica que hace pensar que aquí, al menos, las cosas son diferentes. Después de pasar unos días en Estocolmo, uno empieza a sospechar que quizá ya no tanto.
He viajado recientemente a Suecia y he podido comprobarlo también desde un lugar especialmente significativo: pasando el Shabbat con miembros de la comunidad judía de Estocolmo. Una comunidad viva, orgullosa de sus tradiciones y profundamente preocupada por una pregunta que ya no puede esquivarse: ¿seguirá siendo Suecia un país en el que los judíos puedan vivir abiertamente como judíos?
La pregunta no es exagerada. Dentro de tres semanas, el 13 de septiembre, los suecos acudirán a las urnas para elegir su Parlamento y sus gobiernos regionales y municipales. Y aunque las elecciones no se presentan como un referéndum sobre la cuestión judía, el resultado tendrá consecuencias para una comunidad que lleva años viendo cómo el antisemitismo deja de ser una anomalía para convertirse en una preocupación cotidiana.
Porque el problema no es solamente que haya agresiones. Es algo más profundo: que algunos judíos suecos piensen dos veces antes de ponerse una kipá, antes de llevar una estrella de David o antes de decir públicamente que son judíos. Cuando una minoría empieza a ocultar sus símbolos para evitar problemas, no es la minoría la que ha fallado. Ha fallado la sociedad que permite que tenga miedo.
Suecia ha reaccionado con medidas de seguridad y con una estrategia nacional para reforzar la vida judía y combatir el antisemitismo durante la próxima década. Pero las leyes y los planes gubernamentales, por necesarios que sean, no bastan si en determinados ambientes sociales la hostilidad hacia los judíos se convierte en algo aceptable. El propio Gobierno sueco reconoce el desafío y ha establecido una estrategia nacional específica contra el antisemitismo y para fortalecer la vida judía. Cabe recalcar que Suecia reconoce oficialmente a los judíos como una de sus cinco minorías nacionales, junto a los sami, los romaníes, los finlandeses suecos y los tornedalianos.
Y entonces ocurrió algo extraordinario. En pleno debate electoral, Simona Mohamsson, líder de los Liberales y ministra de Educación e Integración, apareció ante las cámaras llevando una estrella de David. No es judía. Tiene raíces palestinas y libanesas y se identifica como atea. Y precisamente por eso el gesto adquirió una fuerza simbólica todavía mayor.
"Llevo la estrella de David por los niños que hoy no se atreven a hacerlo", explicó. Hay imágenes que resumen mejor una época que cien discursos. Una mujer con raíces en Oriente Medio llevando una estrella de David en la televisión sueca para decir algo tan elemental como que los judíos tienen derecho a no esconderse. En una Europa en la que demasiados políticos parecen haber aprendido a medir cada palabra cuando se habla de antisemitismo, Mohamsson decidió hacer exactamente lo contrario: ponerse el símbolo al cuello. Y recibió por ello insultos y amenazas.
Ahí está la paradoja. Una mujer de origen palestino defendiendo públicamente a los judíos suecos y siendo atacada precisamente por hacerlo. Quizá por eso su gesto tenga más importancia de la que parece. No se trata de convertir a Mohamsson en heroína ni de idealizar un país que tiene problemas evidentes. Se trata de reconocer que todavía hay políticos dispuestos a decir que el antisemitismo no es una consecuencia inevitable de ningún conflicto internacional, ni una peculiaridad cultural, ni algo que deba tolerarse cuando procede de determinados sectores. Es antisemitismo. Y punto. Eso debería ser lo normal. Que hoy resulte casi extraordinario dice bastante del momento que vivimos.
En Estocolmo, hablando con judíos suecos durante el Shabbat, me quedé precisamente con esa mezcla de preocupación y esperanza. Preocupación porque nadie debería tener que preguntarse si puede llevar una estrella de David por la calle. Esperanza porque, frente a quienes quieren convertir la identidad judía en algo que deba esconderse, todavía hay ciudadanos y dirigentes dispuestos a decir que no.
Las elecciones del 13 de septiembre decidirán quién gobernará Suecia. Pero hay otra cuestión que no aparece en ninguna papeleta. Si Suecia quiere seguir siendo el país que presume de tolerancia, tendrá que demostrarlo con sus judíos. Porque la verdadera medida de una democracia no está en lo cómoda que resulta para la mayoría. Está en si una minoría puede vivir en ella sin miedo. Y quizá, después de todo, la imagen más sueca de este verano no sea un paisaje de lagos, bosques y casas rojas. Sea una estrella de David. Llevada públicamente. Sin pedir permiso. Sin pedir perdón.

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