El viernes vi los toros desde el callejón de Ciudad Real y, en algún momento entre una faena y otra, pensé en José Mourinho.
No es una asociación tan extravagante como parece. Mourinho podría haber sido torero. No futbolista. Torero.
Tiene casi todas las condiciones necesarias salvo, hasta donde sabemos, la de ponerse delante de un animal de seiscientos kilos. Tiene ego, liturgia, superstición, enemigos, silencios, tardes gloriosas y tardes para no volver a la plaza. Y esa convicción imprescindible en determinadas profesiones de que, cuando todo sale mal, probablemente la culpa sea del presidente, del árbitro, del viento, del césped o de una conspiración internacional. Nunca del artista.
En Ciudad Real estaban Diego Ventura, Alejandro Talavante y Andrés Roca Rey. Cartel de figuras. La tarde no terminó de romper.
Pero una figura no deja de serlo porque una tarde no ocurra nada. Talavante es uno de esos toreros capaces de conseguir que una plaza espere algo antes incluso de que haya ocurrido. Roca Rey ha conseguido algo todavía más difícil en estos tiempos: que gente que jamás había pisado una plaza sepa quién es.
Eso también es ser figura. Que antes de hacer nada ya estén mirando. Mourinho lleva haciendo exactamente eso toda su vida.
Esta semana se sentó frente a Josep Pedrerol y apareció distinto y exactamente igual al de siempre. Más tranquilo, más maduro, aparentemente menos incendiario, pero todavía convencido de que determinadas instituciones no son lugares de trabajo, sino formas de pertenencia.
No se trabaja en el Real Madrid. Se trabaja para el Real Madrid. Ahí está probablemente todo.
Porque uno puede cambiar de trabajo, de casa, de pareja, de ciudad y hasta de opinión. De equipo, curiosamente, casi nunca.
El ser humano necesita un "nosotros". Una familia. Un barrio. Una ciudad. Una bandera. Una plaza. Once hombres vestidos de blanco.
Por eso reducir el fútbol a veintidós adultos intentando meter una pelota dentro de una portería es exactamente igual de absurdo que reducir los toros a un señor delante de un animal. No has entendido nada.
No importa demasiado lo que está ocurriendo. Importa lo que significa para quienes están mirando.
Mourinho, además, no habría sido un torero elegante. No me lo imagino componiendo eternamente la figura ni abandonándose al natural.
Habría sido un torero de terrenos imposibles. De bronca. De tardes de "hoy pasa algo". De salir por la puerta grande o escoltado por la Guardia Civil. Habría dividido las plazas. Media grada gritando "¡torero!" y la otra media deseando que pinchara. Es decir: una figura.
Porque una figura no es necesariamente alguien que gusta a todo el mundo. Una figura obliga a posicionarse. Y quizá por eso tenemos una relación tan extraña con ellas.
Esta semana, mientras Mourinho hablaba del Madrid, medio Instagram parecía ocupado en otra cuestión aparentemente trascendental: dejar de seguir influencers.
Hay una especie de rebelión contra quienes enseñan vidas demasiado bonitas, demasiados viajes, demasiadas casas y, sobre todo, demasiadas Maldivas. El argumento es que no aportan nada. Puede ser.
Pero sospecho que hay otra cosa bastante menos confesable. El éxito ajeno nos inspira hasta que empieza a tocarnos los cojones. Nos encanta ver a alguien subir mientras todavía podemos imaginar que algún día seremos nosotros. Cuando llega demasiado arriba, empezamos a encontrar razones morales para bajarlo.
Tenemos una relación bastante miserable con nuestros ídolos: primero necesitamos que sean extraordinarios y después necesitamos comprobar que tampoco lo son tanto.
Quizá por eso pensé en Mourinho desde el callejón de Ciudad Real. Porque una figura no es quien acierta siempre. Ni siquiera quien gusta siempre. Es alguien que consigue algo mucho más difícil. Que sigamos mirando.
Miramos a Talavante cuando se abre de capa. A Roca Rey cuando pisa terrenos donde otros no entrarían. Mirábamos a Mourinho entrar en una rueda de prensa sabiendo que, antes o después, iba a pasar algo.
Y miramos una pantalla para admirar a desconocidos hasta que admirarlos empieza a molestarnos.
Tal vez para eso existan las figuras. Para recordarnos durante un rato que alguien puede hacer algo que nosotros no podemos hacer. Y para permitirnos, cuando falla, el pequeño consuelo de juzgarlo desde el tendido.
El viernes, desde el callejón, la distancia entre el toro y yo era de apenas unos metros. La distancia entre el que se pone delante y el que opina desde detrás de la barrera era muchísimo mayor.
En el fútbol, en los toros y en la vida casi siempre ocurre lo mismo. El valor está abajo. El juicio, cómodamente sentado.

Hace 1 semana
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