Cortina d’Ampezzo (Italia). Corresponsal
01/02/2026 06:00
Más que la llama olímpica, en Cortina d’Ampezzo esperaban la nieve. Llegó en abundancia el pasado fin de semana y fue un alivio. “Al menos tapa un poco las obras…”, comentan con preocupación en el paseo principal del pueblo, a dos horas en coche de Venecia. Dentro de pocos días, en esta pequeña localidad de los Dolomitas comenzarán las competiciones de la cita olímpica y el ambiente es de caos más que de ilusión. La cola para solicitar un pase de circulación frente a la oficina de la Fundación Milán-Cortina llega casi hasta el atrio de la iglesia. El nerviosismo es palpable, y la confusión, aún mayor. “No sabemos cómo vamos a llegar al trabajo”, confiesan los dependientes de la Cooperativa, El Corte Inglés de Cortina.
La llama encenderá el pebetero del estadio de San Siro, en Milán, el próximo viernes, y entonces todo arrancará. En Cortina se disputarán las pruebas de esquí alpino femenino, bobsleigh, skeleton, luge y curling. No es la primera vez que el pueblo acoge unos Juegos: el trampolín a la entrada de la localidad recuerda los de 1956, un evento que –según muchos– ayudó a Italia a salir de las penurias de la posguerra. Era otro mundo. “También entonces se esperaba la nieve con ansiedad”, recuerda Francesco Chiamulera, cortinés y director de Una montagna di libri, uno de los festivales literarios más prestigiosos de Italia. “Se utilizó a los alpinos para llevar nieve a las pistas con palas. Esta vez no hará falta”. 60 años después, las sedes se han multiplicado. Además de Cortina están Milán, verdadera capital del evento; los pueblos de los valles; Livigno, Bormio, Anterselva, Predazzo y otros pequeños centros, con ceremonia de clausura en Verona el 22 de febrero. “Es impensable que un lugar tan pequeño pueda organizar un evento que se ha vuelto enorme”, reflexiona Josep Ejarque, natural de Terrassa y responsable de Cortina Marketing, en sus terceros Juegos, tras Barcelona 1992 y Turín 2006. El gran debate en el pueblo es sencillo: ¿Qué hacemos nosotros con esta cita olímpica? En medio del polvo de los trabajos –muchos de los cuales no terminarán con la inauguración del viernes– son muchos los que responden: “Nada”. “Cortina y los Dolomitas ya eran famosos y no necesitaban promoción”, subraya Luigi Casanova, histórico ecologista local. Son opiniones muy extendidas: basta tomar un café en un bar para escucharlas. Ya en 1956 Cortina era un destino de turismo variado: las estrellas –una fotografía de una jovencísima Sophia Loren con raquetas de esquí cuelga todavía en un hotel–, los aficionados a los deportes de invierno y también numerosos intelectuales, empezando por Ernest Hemingway, cuya huella ha sido recuperada con paneles repartidos por el pueblo y las montañas. A ese mundo se sumó después un turismo más popular y festivo, inmortalizado por el cine comercial italiano de los ochenta. Y ahora se añade la movida olímpica: “Espero que sin los policías de Trump”, dice un vecino. Los Juegos habían sido presentados –también ante el COI– como unas Olimpiadas de impacto y coste cero, basadas en infraestructuras ya existentes. Pero no ha sido así. La promesa chocó con la realidad de un territorio frágil y de obras impuestas desde fuera. Lo demuestra, por ejemplo, la pista de bobsleigh construida sobre las ruinas de la de 1956, abandonada durante décadas. El Ayuntamiento teme ahora tener que asumir su mantenimiento: “Nos costará casi un millón de euros al año y servirá de poco”, advirtieron las autoridades locales. Las excavadoras, aun así, siguieron adelante. El impacto ambiental también ha generado polémica. “Han destruido 15 hectáreas de bosque para un poblado olímpico formado por 377 casitas de madera, que se desmontarán después y donde ni siquiera estarán las atletas italianas”, denuncia Casanova.
Pero hay quien ve el vaso medio lleno. “Los Juegos traen servicios e infraestructuras que necesitamos. La belleza aquí es enorme, pero no basta”, explica Carla Medri, vicepresidenta de la asociación hotelera de Cortina, sentada en el bar del histórico hotel Ancora, hoy propiedad del diseñador Renzo Rosso. “No es el momento del beneficio: estamos invirtiendo para los próximos diez años”. También Chiamulera lo considera una oportunidad: “Para devolverle a Cortina ese aire cosmopolita. Decían que nos habíamos dormido sobre los laureles de estas montañas. Esta circunvalación se construyó en 1956, y después, nada más”.
La nieve cubre los andamios. “Ya veréis que a partir del viernes habrá menos polvo”.
Detrás de la antorcha olímpica que desde hace más de un mes recorre Italia y que el próximo viernes concluirá su trayecto en el estadio de San Siro, en Milán, hay también talento español. El diseño y la realización del símbolo de los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina –que comenzarán el próximo 6 de febrero– nacen en el estudio de Carlo Ratti, arquitecto e ingeniero con cátedra en el MIT de Boston. En el proyecto trabajó un equipo reducido de diseñadores, entre ellos el menorquín Xavier Pons Cussó, de 28 años, formado en Elisava, en Barcelona. “Nuestro objetivo fue concentrarnos en la llama –explica –. La palabra clave fue 'desmaterializar': reducir la antorcha a su expresión más esencial para amplificar la fuerza simbólica del fuego”. El resultado es una antorcha sobria, ligera y cuidada al detalle, diseñada para adaptarse a temperaturas muy distintas —incluso extremadamente rígidas— durante su largo recorrido de sur a norte del país. “Verla en manos de tanta gente es impresionante”.
La antorcha, un diseño con acento español

Hace 2 días
2








English (US) ·