Las relaciones entre padres e hijos siempre han tenido algo de territorio minado. El padre y la madre poseen una llave que da acceso a zonas del hijo a las que nadie más puede entrar. Una intimidad fundacional. Sin embargo, cada vez son más las personas que deciden romper ese vínculo y tirar la llave a la basura. Es difícil cuantificar cuántos hijos están dejando de hablar con los padres, aunque hay algunos estudios que apuntan a un constante aumento durante los últimos años. En 2020, el 27% de los estadounidenses mayores de 18 años estaban distanciados de un familiar, según datos recogidos por Karl Pillemer, profesor de la Universidad de Cornell. En agosto del año pasado, una encuesta de YouGov indicó que el 38% de los adultos estadounidenses estaban separados de un miembro de la familia: de un hermano el 24%, de un padre el 16%, de un hijo el 10%, de un abuelo el 9% y de un nieto el 6%.
Es una tendencia que también ha dejado su huella en las redes sociales. En TikTok, el hashtag #ToxicFamily (“familia tóxica”) acumula cientos de vídeos y millones de visualizaciones, en los que se ofrecen consejos para lidiar con familiares tóxicos. El último caso en hacerse público ha sido el de Brooklyn Beckham, que ha anunciado en redes sociales que corta su relación con sus padres, David y Victoria Beckham, tras varios meses de rumores que apuntaban a una profunda fractura familiar.
Brooklyn responsabiliza directamente a sus progenitores de los problemas que, según afirma, afectan tanto a él como a su esposa, Nicola Peltz. Lo hace a través de un durísimo alegato en el que deja frases como: “no quiero reconciliarme con mi familia”, “he estado controlado por mis padres” o “mis padres han enviado a mis hermanos a atacarme en redes sociales”.
Guillermo y Enrique de Inglaterra, juntos pero no del todo en el funeral de la reina Isabel II en septiembre de 2022.Justin Setterfield (Getty Images)Este es un ejemplo más de cómo el tabú social que rodea la ruptura de la relación con los padres empieza, poco a poco, a resquebrajarse. El caso de Brooklyn recuerda al del príncipe Enrique de Inglaterra, que también hizo partícipe al mundo de los conflictos familiares tras iniciar su relación de pareja y alejarse de la familia real británica. En España han sido especialmente sonados los casos de la youtuber Esty Quesada (Soy una pringada) o de la presentadora Inés Hernand, que han hablado públicamente de la ruptura de la relación con sus familiares.
Este fenómeno tiene incluso un término específico en inglés: estrangement, (algo así como “alejamiento”). Y responde a causas muy diversas. En ocasiones está relacionado con violencias físicas o psicológicas, abusos, maltrato dentro del núcleo familiar, violencia machista o el rechazo de algunos familiares a la identidad sexual o de género de sus hijos. Según el estudio de YouGov, los hombres gais y las mujeres lesbianas o bisexuales presentan una mayor probabilidad de distanciarse de su familia que las personas heterosexuales.
Otras veces, las causas tienen menos que ver con un episodio concreto y más con una mala relación sostenida en el tiempo: el desencuentro, el distanciamiento progresivo y, sobre todo, la incapacidad de cubrir determinadas necesidades emocionales que van mucho más allá de la manutención o del cuidado básico. “Las negligencias afectivas van más allá de unos cuidados mínimos”, explicó Hernand en el podcast Que si quiero o que si tengo. Hernand apuntó además a una idea muy extendida socialmente: “Parece que solo se justifica cortar una relación familiar cuando hay una agresión física o sexual”. Sin embargo, recuerda, existen otros tipos de negligencia, maltrato o violencia, menos visibles, pero igualmente dañinas, cuyo peso emocional puede ser determinante a la hora de romper el vínculo.
Esty Quesada, alias Soy Una Pringada, en Vitoria en 2021.Carlos Alvarez (Getty Images)El psicólogo David Gómez, autor de Un viaje hacia el amor (propio) (Ediciones Urano), asegura que la familia es uno de los problemas más recurrentes de las personas que llegan a consulta. “La familia puede ser una fuente fundamental de bienestar, pero también un foco constante de conflicto”. Esa tensión, dice, se hace especialmente visible en Navidad. Reuniones en las que los roles están perfectamente asignados, en las que existen reglas implícitas sobre cómo deberían ser las cosas y en las que cualquier desviación se vive como una amenaza. “Hasta el punto de que circulan artículos y consejos del tipo: ¿Cómo no discutir con tu familia en Navidad? Y piensas: ostras, sí que están regulinchis las familias”.
Los millennials fueron la primera generación en poner el bienestar emocional y la salud mental por encima de la supuesta obligación de permanecer junto a los padres. Beatriz Molina, psicóloga, asegura ver en consulta a muchas personas de entre 20 y 35 años que arrastran este tipo de conflictos intrafamiliares.“No es exclusivo de esa franja de edad, pero sí es especialmente frecuente”, matiza. A su juicio, tiene que ver con un cambio generacional claro. “Se trata de generaciones con una mayor cultura del cuidado emocional y con una normalización mucho mayor de acudir a terapia. Antes se esperaba de los padres poco más que la mera supervivencia. Hoy se espera atención emocional, presencia, vínculo. Y eso genera choques entre generaciones”.
En muchos casos, los padres ni siquiera son capaces de entender por completo las demandas de sus hijos. Marta Íñigo, de 31 años, lleva años sin prácticamente hablar con su madre, más que algún encuentro puntual en Navidades o cumpleaños de su sobrino. Explica que, para ella, cortar la relación tuvo que ver con haber esperado algo de su madre que nunca llegó. “Le agradezco lo material: haberme alimentado, haberme sostenido como se sostiene a un animal o a una mascota. Pero yo necesitaba una figura materna con una disponibilidad afectiva que no existió”. Por eso, ahora la ha colocado en otro lugar. “No es una madre. Es alguien mayor, casi decorativo, con quien no quiero pelear. No quiero vivir el choque constante de comprobar que no es la madre que habría deseado, pero tampoco quiero convertirla en una enemiga”.
Inés Hernand en Madrid en septiembre de 2025.Patricia J. Garcinuño (Getty Images)Según Íñigo, hay que asumir que la familia funciona, en muchos casos, como una lotería. A veces encajas y otras no. “Si mi madre me cayera bien, si no me pareciera una persona malhumorada, cobarde, deprimida; si su vida no me pareciera un infierno, quizá funcionaría. Pero no me cae bien como persona. Es brutal decirlo, pero es real”. Añade, además: “Tengo bastante certeza de que mi madre no es que no me quiera, pero sí de que no soy una persona que le encante. Aunque, por supuesto, ella no lo reconocería jamás”.
En los últimos tiempos la familia ha perdido peso como elemento estructurador de la sociedad, en beneficio de las relaciones de amistad. Hay libros como Elogio de la amistad (Taurus, 2025), del filósofo Geoffroy de Lagasnerie, que tratan este tema. Gómez opina que no han empeorado las relaciones familiares, sino que se ha abierto la posibilidad de alejarse si la relación no funciona. “Nos estamos dando cuenta de que ciertos roles impuestos no tienen por qué ser para siempre. Y eso no tiene por qué ser algo negativo. A partir de ahí, se abre una idea más amplia de familia: no solo la sangre o lo que figura en el libro de familia, sino también aquello que se construye, los vínculos que se cuidan y, sobre todo, las personas que uno puede elegir que estén o no en nuestra vida”.
Este proceso ha hecho que pierda importancia la obligación de acompañar a padres y abuelos. “No me identifico con la figura del hijo sacrificado que va a ver a su abuelo el domingo, aunque le parezca una persona insoportable”, asegura Héctor Salgado, de 28 años, quien ha reducido casi al mínimo la relación con su familia. Agradece pertenecer a una de las primeras generaciones que “de verdad” se planteará si quiere y está preparada para tener hijos. “Es duro decirlo, pero muchos de nuestros padres han tenido hijos por inercia”. Salgado asegura que su generación tiene la oportunidad de no reproducir los errores que sus padres cometieron con ellos. “Llevo toda la vida viendo a mi madre atrapada en su relación con mi abuela. Sigue nerviosa por miedo a su desaprobación, y aún así va a verla todos los lunes”.
Pocos duelos se asemejan al que supone romper con los padres. Molina explica que a nivel emocional lo que suele aparecer es una mezcla especialmente intensa de rabia y culpa. “Rabia por no haberse sentido escuchado, respetado, reconocido o validado. Y culpa porque, al final, se trata de los padres. En muchos casos no hay una intención explícitamente dañina detrás, sino patrones relacionales problemáticos que se viven como bienintencionados”. Pone el ejemplo de padres muy invasivos que opinan sobre todo bajo la apariencia de ayuda. “Es un control encubierto. Y como se formula desde el lo hago por tu bien, genera una culpa difícil de desmontar, incluso cuando el daño es evidente”.
En una escena del penúltimo capítulo de La Mesías el personaje de Carmen Machi le hace a Roger Casamajor, su hijo en la serie, una pregunta demoledora: “¿Eres tú feliz en el mundo? ¿Es tu mundo mejor? ¿O te pasas cada noche intentando con fuerza recordar la cara de tu madre?”. La escena da en el clavo de una cuestión central: ¿es realmente posible cortar la relación con los padres? ¿Alguna vez deja de doler? “Depende”, responde Gómez. “Hay personas que están tan mal que sienten alivio. Otras se alejan por circunstancias menos claras y entonces puede quedarse mucha culpa o malestar durante mucho tiempo, o incluso para siempre”. Y remata: “No hay una forma correcta de sentir. Depende de la historia y de la persona”.

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