Mette-Marit acaba con la paciencia de los noruegos

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Maria Ángeles Alcázar Modrego

Mariángel Alcázar

Barcelona

03/02/2026 13:56 Actualizado a 03/02/2026 14:04

Los noruegos siempre han sido unos modernos. Lo demostraron en 1968 cuando el entonces príncipe heredero, Harald, le puso en la tesitura de renunciar a sus derechos al trono sino le dejaban casarse con Sonia Haraldsen, la primera burguesa que entró en una familia real. Años más tarde, en 2001, de nuevo los noruegos dieron muestra de su tolerancia al aceptar como esposa del ya príncipe heredero, Haakon, a una madre soltera de pasado “salvaje” como ella misma admitió ante la prensa internacional dos días antes de su boda.  

Apunto de cumplir sus bodas de plata, el matrimonio de Haakon y Mette-Marit se ha convertido en una pesadilla para los pacientes noruegos. Su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein, acreditada por miles de referencias en los documentos recién aparecidos, colocan a la princesa heredera en una situación extrema de difícil encaje en una familia real ya tocada por los delitos cometidos por Marius Borg, el hijo que aportó al matrimonio. Divorcio u ostracismo o, lo que es peor, condena a los infiernos.

Desde el principio, la pareja tuvo que superar  los arranques de ira de la princesa heredera consorte quien, en 2002, a su llegada a la ciudad de Haugesund, ofreció un recital de malos modos, con manotazo incluido a su marido, mientras descendía por las escaleras del avión oficial. El bueno de Haakon justificó la escena por los nervios que Mette-Marit padecía al montar en avión y poco a poco, gracias a la escasa visibilidad de la princesa, el asunto se fue apaciguando.

Haakon y Mette Marit, el 21 de octubre de 2024, en un acto oficial 

Haakon y Mette Marit, el 21 de octubre de 2024, en un acto oficial JOHN MACDOUGALL / AFP

En los últimos años, frente a las locuras de la princesa Martha Luisa, primero casada con Ari Behn, un escritor alternativo que acabó suicidándose, y posteriormente esposada (en el doble sentido) con el chamán Durek Verret, parecía que la pareja heredera mantenía cierta estabilidad institucional. La oportuna enfermedad de Mette-Marit, una fibromialgia severa que apuntaba incluso a la necesidad de un trasplante pulmonar, le había otorgado cierta compasión y la excusa perfecta para salir de escena.

La buena imagen de la princesa Ingrid Alejandra, heredera del heredero, han suavizado la escena, así como el talante de su padre, Haakon, al parecer un hombre preparado y paciente. El rey Harald con mil achaques y una edad avanzada nunca encuentra el momento para abdicar, sabedor, sin duda, de que la bomba Mette-Marit estaba a punto de estallar. 

Mal asunto para una monarquía, que sin tener la relevancia de sus vecinos suecos, ni la impronta de otras casas reales, se enfrenta ahora al que ya se presenta como el gran escándalo. 

Mette-Marit ya renegó de Epstein pero ahora se descubre que se dejó querer por un tipo que, además de con ella, tejió lazos con ya destronado Andrés de Inglaterra e incluso con la princesa Sofía de Suecia, casada con Carlos Felipe, el hermano pequeño de Victoria.

El primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store, ya ha reaccionado advirtiendo la “falta de criterio, de la esposa del heredero al trono y por tanto llamada a ser reina consorte. No parece que ese sea su destino; a los noruegos ya les ha acabado su paciencia y a Mette-Marit no le queda otra solución que irse antes de que la echen. Con ella dentro, la corona noruega está en peligro de extinción.

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