“No entiendo qué estará pensando Mark Rutte, pero siempre logra salir bien parado”, avisaba un funcionario comunitario esta semana, tras la última polémica protagonizada por el secretario general de la OTAN en Bruselas.
Las declaraciones del holandés deseando “buena suerte” a los europeos que pretendan defenderse sin el apoyo de EE.UU. han dado más munición a los críticos de la figura del jefe de la Alianza Atlánica, cada vez más atacado por su papel como el adulador de Donald Trump en Europa.
“Si alguien aquí piensa que la UE o Europa se puede defender sin EE.UU., que siga soñando”, ironizó Rutte, con su habitual tono jocoso, en la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo. Ya se avecinaba que no iba a ser un paseo para el holandés cuando Marie-Agnes Strack-Zimmermann, presidenta de la Comisión de Seguridad y Defensa de la Eurocámara, pedía moderación a los asistentes. Uno de los más duros fue el socialista español Nacho Sánchez Amor, quien le dijo que debía decidir de una vez si quiere ser el “embajador de EE.UU. ante la OTAN o el secretario general de la organización y de todos sus miembros”.
El holandés aplica las técnicas que ya ensayó en sus años como primer ministro
Las declaraciones del secretario general de la OTAN causaron consternación en España, Francia o al expresidente del Consejo Europeo Charles Michel. Pero él no tiene problemas en decir que no solo le parece bien halagar constantemente a Trump, sino que tampoco le importa que este publique sus mensajes. Rutte es consciente de las cartas que juega en esta partida de póquer. Son varios los europeos que han intentado susurrar en las orejas del presidente republicano para apaciguar su ira. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, o el presidente finlandés, Alexander Stubb, quien incluso se ha animado a jugar unas partidas de golf con él. Pero al final, el principal confidente en este lado del Atlántico ha terminado siendo el exmandatario neerlandés, un hombre elegido, entre otras razones, por su buena relación con el magnate cultivada durante su larga etapa al frente del gobierno en Países Bajos.
“Fue primer ministro durante 14 años, y es realmente un proeuropeo. No creo que el hecho de que esté apoyando tanto a Trump haya cambiado esto”, considera Louis Duclos, analista geopolítico francés, que cree que a los líderes europeos les conviene taparse la nariz porque Rutte puede serles más útil si es un amigo dentro de la cabeza de Trump. “Sabe que la gente le critica, sabe que está siendo humillado cada vez que Trump publica sus mensajes pero lo sigue haciendo porque quiere proteger su propia parroquia por delante de todo”, insiste, en una conversación telefónica.
Este es el punto que siempre remarcan los diplomáticos de la OTAN: que Rutte tiene una misión como secretario general, y es evitar una ruptura frontal con EE.UU. y que Trump tenga la tentación de –como solía amenazar– abandonar la Alianza Atlántica por su desdén hacia el Viejo Continente, aunque sea a costa de su imagen personal. En eso ha basado toda su estrategia desde que asumió el cargo el año pasado con servilismo, insistiendo una y otra vez en los elogios a Trump, riéndole las gracias e incluso llamandole “papi” (daddy) para el placer del presidente estadounidense.
Este estilo no es nuevo. Ya lo ponía en práctica cuando gobernaba en la fragmentada arena política de La Haya y era capaz de sobrevivir a múltiples coaliciones de Gobierno, incluso de pactar con el ultraderechista Geert Wilders y sobrevivir al intento. En Bruselas todo el mundo recuerda la capacidad que tenía de ganarse los favores de sus interlocutores, pero también de ser frío y firme en las largas cumbres comunitarias. Entre sonrisa y sonrisa, se convirtió en la pesadilla de los países del sur de Europa como campeón de los defensores de la austeridad presupuestaria. Tanto durante las negociaciones de los rescates durante la crisis del euro como de los planes de recuperación tras la pandemia. Sin pareja ni familia, Rutte dedicaba (y así lo sigue haciendo) su completa energía al trabajo. Ahora, a lograr el puesto de Pepito Grillo de Trump en Europa.
“Lo que esperamos es que estos esfuerzos que está haciendo con Trump le terminen sirviendo de algo a nuestro favor”, explicaba un diplomático europeo. De momento, lo ha conseguido de cara a los daneses y los groenlandeses, al llevarse el crédito de haber frenado la última ofensiva de Trump para hacerse con la isla Ártica y convencerle de que los ejercicios militares que realizaron ocho países europeos (y de la OTAN) en Groenlandia no eran ua ofensiva contra EE.UU. y de que su amenaza de aplicarles más aranceles era una pésima manera de tratar a los aliados.
“Sé que no soy popular porque defiendo a Donald Trump”, reconoció en Davos
Lo hizo a cambio de, aparentemente, una promesa bastante abierta: mantener un canal abierto entre Dinamarca, Groenlandia y EE.UU. para hablar de las pretensiones estadounidenses, algo a lo que los daneses ya se comprometieron durante su reunión con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado, Marco Rubio y aumentar la presencia. El lunes, dijo que no tenía “mandato para negociar en nombre de Dinamarca” sobre la soberanía de la isla. “Eso le corresponde hacerlo a Dinamarca”.
En esta partida de póquer, Rutte es quien ha hecho la apuesta más alta y si logra controlar a EE.UU. podría haber ganado, pero la volatilidad del inquilino de la Casa Blanca parece un riesgo demasiado grande. “De nuevo, sé que no soy popular entre ustedes porque defiendo a Donald Trump, pero creo realmente que pueden estar contentos de que esté aquí porque ha forzado a Europa a enfrentarse a las consecuencias y asumir más responsabilidad sobre su propia defensa”, defendió en el Foro de Davos.

Corresponsal en Bruselas. Antes, al frente de la corresponsalía en Italia y el Vaticano de La Vanguardia y RAC1 (2018-2024). Es autora de ‘Laboratori Itàlia’ (Pòrtic, 2024).

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