“Delilah Bon está aquí para interrumpir, provocar y crear espacio para las voces que más lo necesitan. Es una de las voces más esenciales y sin filtros de la música alternativa actual”, reza la definición de la cantante británica en su web oficial. Precisamente su vocación por incomodar sin pedir permiso y muchísimo menos, perdón, y su premeditada ausencia de filtros son asuntos delicados en la América de Donald Trump. Tanto, que ha tenido que cancelar su gira por Estados Unidos, que iba a comenzar en marzo. “He recibido mensajes de mucha gente diciéndome que actuar ahí no es seguro y al mismo tiempo, recibo mensajes de gente que me dice ‘Delilah: te necesitamos más que nunca’. Pero la realidad es que es inseguro, especialmente para mis fans”, dice visiblemente emocionada en un vídeo en el que explica los motivos de su decisión. “Para mí es esencial que mis shows sean espacios seguros y me da miedo que sean un objetivo de ataque. Sé que hay fans que no podrían siquiera ir porque muchos se están escondiendo ante el miedo que sienten por salir de casa y no querría que se sintieran peor por no poder venir a mis conciertos [...] Sé que no puedo decir nada contra Trump porque en cuanto cruce la frontera, me van a revisar el teléfono”, asegura la cantante.
La actuación de Delilah Bon en el Slam Dunk Festival celebrado en Hatfield, Inglaterra, en mayo del año pasado.Katja Ogrin (Redferns)Cuando el año pasado visitó Estados Unidos, subió a una mujer al escenario al cantar el tema Cannibal Summer en uno de sus shows. Después de la actuación, aquella mujer le envió un mensaje que ahora resulta especialmente doloroso. “Me he sentido desesperanzada por ser una chica trans en Estados Unidos ahora mismo. Cuando me subiste al escenario, supe a qué me aferraba porque esa noche me recordó quién soy”.
La princesa contra el patriarcado
Su nombre real es Lauren Tate y encontró en su alter ego la fórmula perfecta para canalizar esa female rage de la que tanto se habla. Lidera también la banda Hands Off Gretel. En sus looks hiperfemeninos predomina el rosa, una decisión muy premeditada. “De adolescente, el color rosa se pierde porque el patriarcado te hace ver cualquier cosa femenina como una debilidad. He recuperado el color rosa y lo he asociado con mi infancia y con la fuerza de ser niña. El rosa nunca fue el problema, sino la misoginia que lo rodeaba”, explica a Spin Vybe, que se adentró en la música ante la frustración que sentía al ser consciente del estrecho molde que la industria impone a las mujeres.
Compone y produce sus canciones, que asegura responden a sus inspiraciones, entre las que no faltan Salt N Pepa y “el sarcasmo de Eminem” y que fusionan el subgénero musical del metal denominado nu-metal, el espíritu intrépido del riot grrrl y el fuego lírico del hip-hop. ¿El motivo por el que decidió tomar las riendas de la producción de sus temas? Se veía incapaz de explicar a los productores lo que quería, pues recalca que siempre se topaba con hombres que la trataban condescendencia y le hacían sentir como si no supiera de qué estaba hablando.
Hay dos temas que explican especialmente por qué la cantante teme la reacción que sus conciertos pueden despertar en América. El primero de ellos ya da pistas ya con el título: Not the president. “Ese no es el presidente, sino otro hombre acusado de abusar de infinidad de mujeres. Nunca entenderás lo que se siente sabiendo que es un violador el que domina el mundo de nuevo”, canta en el tema. Otra canción es Dead men don’t rape. (Los hombres muertos no violan), y es fundamental señalar que el tema data de 2022, año en el que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que el aborto no es un derecho establecido en la Constitución. La letra del polémico single se compone de dardos: “Mi cuerpo es mío. No le pertenece al Gobierno [...]. Mi cuerpo no es solo un patio de recreo para hombres con sus armas, religión y avaricia. Nos están quitando la libertad de reproducirnos ahora”.
Pero el tema no solo genera revuelo en América, sino que la cantante reveló que cuando actuó junto a la banda francesa Shaka Ponk en Francia, se enfrentó a un público mayoritariamente masculino y mayor. “En el escenario me acompañan Ruena y Hela y antes de actuar, siempre nos abrazamos y recordamos que, aunque a la gente no le guste, creemos en lo que decimos. Creo que si subiera sola, sería aterrador, pero miro a ambos lados y estamos juntas. Ya no tengo miedo escénico. Hacemos lo que hacemos. Si a la gente no le gusta, no pasa nada. Incluso si solo son dos personas del público las que necesitan escuchar esas letras, vale la pena. Ya no tengo miedo”, dijo en una entrevista de 2022. Pero cuatro años después, el miedo ha escalado.
Define a su música como brat punk, un género musical que queda perfectamente plasmado en su tercer álbum, Princeless princess, en el que confiesa se ha permitido cantar sobre dragones como si fuera una princesa de cuento de hadas sin dejar de hablar acerca de lo que supone ser mujer y tener lidiar con la misoginia. “Me encanta la parte de princesa, porque no creo que el problema sea que las chicas jóvenes quieran ser princesas, sino la idea de que necesitas un príncipe; necesitas que te salven y tu historia no empieza hasta que lo conoces. ¿Y si la historia de la princesa se hubiera escrito sin que el príncipe fuera el centro? ¿O si el príncipe fuera un imbécil? ¿Y si nos juntamos con el príncipe y ni siquiera nos gusta?”, se pregunta en una entrevista.
Tras haber anunciado la cancelación de su gira en América por motivos de seguridad, la reciente reflexión que ha compartido en sus redes sociales acompañando al tema Witch cobra una fuerza mayor. “El patriarcado reinventa constantemente formas de silenciar a las mujeres que se expresan abiertamente, especialmente a las mujeres de color, queer y neurodivergentes. Nuestra mera existencia, al defender nuestra libertad, a las demás y denunciar el abuso de estos hombres poderosos, sacude la sociedad en su núcleo, una sociedad construida sobre la esperanza de que las mujeres sean sumisas y permitan que las cosas sean ‘como siempre han sido”, escribe. “Hay un aumento de la rabia femenina; la siento por todas partes, burbujeando en la superficie. Oigo los susurros convertirse en gritos, las mujeres que antes tenían miedo de decir su verdad ahora descubren que no están solas, encuentran esa hermandad que las protege y las eleva. Antes quemaban brujas en la hoguera, ahora las llaman malditas perras mientras les disparan en la cara. No les importan las mujeres, solo les importa silenciar nuestra rabia y obligarnos a obedecerles”.
Y si algo tiene claro Ban es que no piensa ni callarse, ni acatar órdenes. Porque es posible ser un hada/princesa/bruja que llena los pentagramas de mensajes contra el patriarcado y sueña con que sus canciones animen a las jóvenes a “no centrarse demasiado en roles de género anticuados que las dejan atrapadas con hombres miserables que no merecen su magia”. No es el final Disney clásico, pero sí el necesario en la actualidad. Hablando de finales ¿felices?, conviene atender también al cierre de su tema Cinderella. “Todos estos hombres en mis comentarios están solos, son gusanos sin potencial. Me miran y ven mis credenciales. Soy un gran y malísimo icono bisexual, una bloqueadora de penes, la señorita Bon y me he graduado en el ‘me importa un carajo’. Y todo esto lo hago con mi tampón puesto”. Aquí no es necesario que nadie coma perdices.

Hace 6 horas
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