La política de palitos de pescado empanados, por supuesto industriales

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Hace 20 años se estrenó The Queen, largometraje del británico Stephen Frears que se intuía pondría de vuelta y media a la reina Isabel II, pero no fue así. O no tanto. Y es que, dado que Frears había alcanzado fama mundial con filmes como Mi hermosa lavandería (1985) o Las amistades peligrosas (1988), se esperaba, no sin ansias de morbo antimonárquico, un ataque frontal a la ya anciana monarca en horas bajas.

La trama se centra en los días posteriores a la trágica muerte en París de lady Di, la princesa de Gales, en 1997, ya separada de su marido, Carlos, pero no del todo de la familia real, y de la gélida reacción de Isabel II ante las espontaneas lamentaciones masivas de sus afligidos súbditos.

Entra en escena su flamante primer ministro, Tony Blair, el de la Tercera Vía y Cool Britannia, cuya misión consiste en convencer a la reina de la necesidad no sólo de juntarse al duelo del pueblo sino de liderarlo. Y lo consigue, aunque no sin dificultades e incomprensión. Ahora bien, Isabel a la postre no sale tan mal parada, e incluso Frears la retrata, gracias a la soberbia interpretación de Helen Mirren, con ternura y respeto.

En cuanto a Tony Blair, hay una escena doméstica harto reveladora que sucede en la cocina del número 10 de Downing Street, en la que el ajetreado premier, entre llamadas urgentes por teléfono y intercambios con Alister Campbell, su jefe de prensa y spin doctor mayor ahí presente, prepara la cena para su esposa, Cherie, y sus hijitos, que consiste en freír unos fish fingers, esos palitos de pescado empanados que en muchos hogares británicos es el único plato de pescado que consumen, además del fish and chips que traen de fuera.

Lo más revelador de esta escena tan anodina en apariencia, es que pone el foco en una tendencia de la nueva política promovida por el joven y ambicioso Blair, que consistía en gobernar desde casa rodeado de asesores, spin doctors y aduladores de toda ralea, en vez de en el Parlamento. La famosa bodeguilla de la Moncloa de Felipe González nunca llegó tan lejos.

Tras los años de los gobiernos conservadores de Thatcher y su sucesor, John Major, todo lo que tocaba Blair parecía moderno y progresista, al menos para sus votantes. Mas ese llamativo barniz progre escondía algo turbio, que no se destaparía hasta años más tarde, cuando se supo la envergadura de las inconfesables relaciones de Blair con la prensa, la Banca y las grandes empresas. Es decir: lo que vendía era humo, como bien sabía su tesorero, rival y sucesor Gordon Brown.

La broma se saldó con el retorno de los conservadores en el 2010 y hasta el día de ayer, el tiro en el pie de David Cameron con su demencial Brexit y la italianización de la política británica, que ahora, bajo el apocado liderazgo del laborista Keir Starmer, bracea en las turbulentas aguas de la locura geopolítica promovida por Trump, con el fétido aliento de Nigel Farage en la nuca, a punto de ahogarlo.

A Donald Trump también le gusta hacer política desde casa. Aprovecha cualquier oportunidad que se presente para pasarse por el forro el Congreso y el Senado, pues gobierna por decreto. Ha firmado la friolera de 225 órdenes ejecutivas. Lo malo es que no es el único que lo hace, como bien sabemos.

En cada vez más democracias liberales, una vez enterrada la alternancia bipartidista, se han ido convirtiendo sus Parlamentos en poco más que el plató de un deplorable reality show repleto de frikis que, de tan aburrido y nauseabundo, pierde audiencias a marchas forzadas, sobre todo entre los jóvenes, que hace tiempo disponen de otras maneras aún más nocivas a la hora de entretenerse.

Trump en su primer mandato en la Casa Blanca sentía una cuasi irresistible querencia por gobernar sin molestas interferencias institucionales desde su Camelot dorado particular de Mar-a-Lago, donde incluso escondía documentos secretos que no debiera. En la segunda, ha decidido convertir la Casa Blanca en un Mar-a Lago bis. Y ya está pensando en la tercera.

Hay que ver el recorrido que han tenido esos palitos de pescado de Tony Blair, que ahora anda por Palestina a las órdenes de Donald Trump. En fin, cosas de la Nueva Izquierda y el nuevo orden mundial. De aquellos barros, estos lodos; o, si lo prefieren, Dios los cría y ellos se juntan.

Coda. Tony Benn, un veterano laborista de la vieja escuela expresó ¡en 1992! su temor ante “la desaparición de la clase obrera del Partido Laborista; ya que es una verdadera tragedia porque muchos de ellos podrían sentir la tentación de pasarse a los fascistas, que tienen una intensa conciencia de clase y una mínima consciencia ideológica, amén del racismo”.

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