En Europa se mira a Rusia y Ucrania. También a EE.UU y China. Unos y otros certifican, con hechos, que las guerras del siglo XXI son híbridas, que ya están en marcha y que en ellas los nudos del poder digital son claves. En la UE casi todos están en su centro y muy pocos en la periferia, siguiendo el informe de referencia elaborado por Francesca Bria, Paul Timmers y Fausto Gernone A European alternative for digital sovereignty. España, es más, apenas aparece en él.
A veces hay un solitario punto destacado en Barcelona. Otras veces en Madrid. En el resto, la nada. Y eso pasa al señalar las fábricas de los imprescindibles semiconductores que lo canalizan todo en el digital siglo XXI, las principales empresas tecnológicas, los más relevantes centros de innovación, los puntos de los cables que conectan el mundo, los centros de datos (aunque muchos con su cerebro al otro lado del Atlántico), computación y más.
Se calculan sus consecuencias.

“El problema para España está en el valle de la muerte de las empresas. España funciona bien en la fase de financiación pública. Ahora bien, cuando la innovación tiene que salir del laboratorio y llegar al mercado, aparecen los problemas. Hace falta capital privado para industrializar, escalar y asumir riesgo. Y ese capital aquí es muy limitado”, resume Darío García de Viedma, investigador especializado en política tecnológica y digital del Real Instituto Elcano con experiencia previa en el sector privado.
El Stanford Institute for Human-Centered AI, por ejemplo, sitúa a España en el séptimo puesto en competitividad en la hoy tan cacareada inteligencia artificial por talento, infraestructuras y gobernanza. Por delante de países líderes como Japón, Canadá, Suiza, Francia o Alemania. Es el primer país comunitario. En el 2025 España atrajo, además, más de 180 millones de euros en ayudas Horizon Europe para inteligencia artificial. Y también es el segundo país europeo después de Italia que más invierte en el sector a través del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia: 1.200 millones de euros. Hay, a su vez, cátedras universitarias vinculadas al diseño y construcción de chips y todo ello refuerza la fábrica de IA local del Barcelona Supercomputing Centre, que es un consorcio estatal-autonómico-universitario.
Pero si en el 2024 la inversión de capital riesgo en IA en Europa (incluyendo al Reino Unido, Suiza o Noruega) superó los 5.000 millones, España solo captó 87 millones: sobre el 1,7% del total frente al 23,5% de Francia y al casi 15% de Alemania.

Así es que Madrid y Barcelona, los únicos dos puntos españoles que se repiten en los mapas, quedan lejos, en los hechos, del eje FLAPD (por Frankfurt, Londres, Ámsterdam, París, Dublín), la banana azul europea que concentra los grandes clientes empresariales, sedes corporativas, mercados financieros y nodos de conectividad; el corazón digital de Europa.
Y desde Estrasburgo, Francia, con una perspectiva europea, es el economista de la innovación italiano Giacomo Damioli quien explica que España puede hacer cosas, pero también cómo está limitada: “La localización de grandes infraestructuras digitales rara vez depende solo de la demanda interna actual. Pesan mucho más factores estructurales y de largo plazo como la especialización productiva y tecnológica, la acumulación previa de capacidades y los procesos de dependencia de la trayectoria”. La cuestión clave, indica Damioli, es que “muchas infraestructuras son complementarias entre sí”.
Los expertos concretan que desde un punto de vista estratégico las tecnologías más “críticas” suelen ser aquellas con más efecto de arrastre local, como los centros de diseño y desarrollo en semiconductores o en inteligencia artificial, las instalaciones de computación de alto rendimiento o ecosistemas de innovación que combinen a empresas, startups y centros de investigación. Y Barcelona o Madrid aparecen aquí de forma puntual debido a que “estas infraestructuras tienden a concentrarse donde ya existen capacidades tecnológicas avanzadas, capital humano especializado, redes densas de innovación”, continúa Damioli.
O peor, ya que García de Viedma recuerda que “cada miembro en los próximos años irá definiendo qué considera tecnologías críticas, lo que determinará el grado de proteccionismo y de securitización que se aplica a cada tecnología frente al extranjero, lo que acabará por impactar en su presencia en los mapas de competitividad tecnológica”. Se le conoce, también, como tecnonacionalismo. Y parece en auge.
Luis F. Álvarez León, experto en geografía digital del prestigioso Dartmouth College estadounidense, insiste así en que es clave inversión sostenida durante varias décadas en investigación, la inyección de capital desde los mercados internacionales, contar con políticas industriales que impulsen industrias punteras antes incluso de que haya mercado además de crear demanda interna para estas técnicas, productos y conocimiento aplicado más allá de buscar un mercado internacional. Y España, por el momento, no está.
Cada miembro europeo irá definiendo qué considera 'tecnologías críticas'. Determinará el proteccionismo y la 'securitización' que se aplicará a cada tecnología frente al extranjero, lo que acabará por impactar en los mapas de competitividad tecnológica
El llamativo papel central que sigue asumiendo el Reino Unido en los mapas del poder digital en Europa pese al Brexit resume, de hecho, cómo las ventajas acumuladas durante décadas en servicios digitales, mercados financieros y capital humano, continúan siendo claves. “Los cambios en la geografía de las infraestructuras más complejas y capital-intensivas suelen ser lentos por los efectos de la dependencia de la trayectoria”, cita Damioli.
Las instituciones públicas, también la política europea, intentan equilibrar eficiencia y cohesión territorial, pero con una tensión siempre estructural entre ambas: si las infraestructuras se asignan siguiendo criterios de excelencia, masa crítica y complementariedad con lo ya existente, se refuerzan los polos ya consolidados. Pasa aquí y pasa en más ámbitos económicos.
García de Viedma concluye así que “uno de los principios de la UE es precisamente la especialización territorial y la construcción de capacidades distribuidas. China entendió esto hace décadas. Identificó área tecnológicas prioritarias, repartió apuestas entre regiones y plantó con antelación las semillas necesarias para que con el tiempo cada territorio pudiera desarrollar liderazgo en ámbitos concretos. Hoy China está identificando para los próximos años en torno a 12.000 nichos tecnológicos específicos en los que invertir de manera dirigida para ganar liderazgo, desde componentes muy concretos hasta aplicaciones industriales avanzadas”. Él añade por eso que aquí la preocupación debería ser no tanto la demanda interna española como la europea, el intentar pasar de mercados fragmentados con empresas pequeñas que compiten entre sí a empresas europeas “fuertes” que sí puedan sostener ambición tecnológica frente a las grandes de California o China. Si aumentan los esfuerzos de interconexión intra-regional, principalmente con más y mejores cables, arguye que por ejemplo en la ubicación de los centros de datos dentro de Europa se empezará a depender menos de la geografía económica (de los usuarios que se ubican ya cerca de ellos) y aumentará otros factores como la eficiencia y la búsqueda de entornos favorables para las empresas “hyperscalers”.
Todo es un aviso para navegantes. Aún más cuando en Bruselas se negocia el Marco Financiero Plurianual, el presupuesto de la UE para el periodo 2027-2024 que se espera aumente de manera considerable la financiación de tecnologías vinculadas a la defensa y espacio. La propuesta inicial ya lo multiplica por cinco. El giro viene acompañado de un menor peso de los fondos de cohesión y Política Agraria Común (PAC); de más industria y más tecnología avanzada y menos agricultura. Y España hasta el momento ha sido y es de los principales beneficiados de la PAC, el segundo del ranking solo por detrás de Francia.
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Barakaldo, 1984. Periodista de La Vanguardia desde el año 2015. Coordinador digital de la revista Vanguardia Dossier. Doctor en Derecho y Ciencia Política por la Universitat de Barcelona y especializado en asuntos internacionales

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