La ciencia reescribe la historia de la capa de ozono: empezó antes de los CFC, lejos de la Antártida

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Durante décadas, la historia de la capa de ozono se ha explicado mediante un relato sencillo: los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, comenzaron a destruirla, apareció un enorme agujero sobre la Antártida y la comunidad internacional reaccionó aprobando el Protocolo de Montreal.

Sin embargo, un estudio publicado en la prestigiosa revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) obliga ahora a introducir importantes matices. Según sus autores, la primera huella humana detectable sobre el ozono no apareció en los años setenta ni comenzó en la Antártida, sino en 1957, en la estratosfera tropical superior. Además, el principal responsable inicial no habría sido ninguno de los CFC más conocidos, sino el tetracloruro de carbono, un disolvente industrial utilizado desde principios del siglo XX.

La investigación no niega que los CFC provocaran el gran agujero antártico descubierto en 1985. Lo que modifica es la cronología: el agujero polar no habría sido el comienzo de la degradación, sino su manifestación más espectacular, grave y mediática.

Un experimento con instrumentos que no existían

El trabajo, dirigido por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, plantea una pregunta: ¿cuándo habría podido detectarse la influencia humana sobre el ozono si en 1950 hubieran existido instrumentos comparables a los satélites actuales?

Esta puntualización resulta imprescindible. Nadie midió mediante satélite aquella supuesta señal en 1957, porque esa capacidad de observación todavía no existía. Los propios autores definen su investigación como un "experimento mental" dirigido a identificar la aparición física de la señal en un mundo hipotético con sistemas modernos de vigilancia atmosférica.

Para reconstruir esa evolución utilizaron el modelo químico-climático WACCM. Analizaron 16 simulaciones del periodo 1950-2014, todas sometidas a los mismos factores externos, pero iniciadas con pequeñas diferencias atmosféricas y oceánicas. Este procedimiento les permitió distinguir la respuesta provocada por sustancias humanas de la variabilidad interna de la atmósfera.

Los resultados se contrastaron con 19 simulaciones pertenecientes a nueve modelos diferentes y con las observaciones del Microwave Limb Sounder, un instrumento de la NASA que mide el ozono desde 2004.

No estamos, por tanto, ante el descubrimiento de una medición olvidada, sino ante una reconstrucción realizada con modelos, datos industriales históricos y observaciones modernas. Una diferencia importante que algunos titulares quizá prefieran colocar en letra pequeña.

Una señal pequeña en un lugar con poco ruido

El estudio divide la estratosfera en diferentes alturas y compara la señal atribuible a la actividad humana con el "ruido" producido por fenómenos naturales como el ciclo solar, las erupciones volcánicas o la circulación atmosférica.

La primera señal no habría aparecido donde la destrucción era mayor. Surgió donde la variabilidad natural era menor.

En la estratosfera tropical superior, entre los 30 grados norte y los 30 grados sur, el descenso calculado del ozono era relativamente pequeño. Sin embargo, el ruido de fondo era todavía menor, lo que habría permitido distinguir antes la huella humana.

Los autores sitúan esa primera detección en 1957, con un nivel de confianza estadística del 95%. El análisis de patrones encuentra la señal aproximadamente en 1959 para el conjunto de la estratosfera y su capa superior, en 1968 para la estratosfera media y en 1976 para la inferior.

Sobre la Antártida, la pérdida en la estratosfera inferior se habría vuelto detectable también alrededor de 1976, casi una década antes de la publicación del descubrimiento del agujero.

No obstante, existe otro matiz relevante: cuando los investigadores no eliminan estadísticamente la influencia del ciclo solar de once años, la primera detección tropical se retrasa hasta aproximadamente 1963. Incluso la fecha de 1957 depende, por tanto, del tratamiento de la variabilidad natural.

El compuesto que llegó antes

Los CFC-11 y CFC-12 comenzaron a utilizarse ampliamente durante los años cincuenta, pero sus concentraciones crecieron con rapidez especialmente después de 1960.

El tetracloruro de carbono, o CCl₄, llevaba décadas en circulación. Se utilizaba como disolvente industrial en Estados Unidos desde 1914 y se generalizó durante los años treinta para desengrasar maquinaria y en procesos de limpieza.

Los registros de producción y el análisis del aire antiguo atrapado en la nieve polar indican que en 1950 ya existían entre 30 y 40 partes por billón de tetracloruro de carbono en la atmósfera. La concentración total de CFC se encontraba todavía por debajo de las 10 partes por billón.

Por ello, el estudio atribuye la primera degradación detectable principalmente al tetracloruro de carbono. Los CFC asumirían posteriormente el papel predominante en la pérdida global y antártica de ozono.

El agujero continúa apareciendo

El agujero antártico no ha desaparecido. Sigue formándose cada primavera austral cuando el frío extremo, las nubes estratosféricas polares y el regreso de la luz solar activan la destrucción del ozono mediante compuestos de cloro y bromo.

En 2025 alcanzó un máximo diario de 22,9 millones de kilómetros cuadrados, aunque fue clasificado por la NASA y la NOAA como el quinto más pequeño desde 1992. La evaluación internacional calcula que el ozono antártico podría regresar a valores de 1980 aproximadamente en 2066, pero esa fecha es una proyección, no una cita cerrada con la atmósfera. NASA muestra una fuerte variabilidad entre unos años y otros.

El nuevo trabajo tampoco invalida el Protocolo de Montreal, responsable de una reducción drástica de las sustancias destructoras del ozono. Pero sí recuerda algo incómodo para quienes confunden ciencia con doctrina: los relatos ambientales perfectamente empaquetados rara vez contienen toda la historia.

La ciencia revisa, incorpora datos y corrige sus conclusiones. El problema comienza cuando una reconstrucción o una fecha calculada mediante modelos se presenta como una verdad definitiva y cualquier duda se convierte en negacionismo.

Porque la ciencia puede cambiar el relato cuando aparecen nuevas evidencias. La doctrina, en cambio, primero dicta sentencia y después asegura que siempre dijo exactamente lo mismo.

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