Exilio do carallo

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Es un tipo alto, afable, de trato y modales exquisitos, un señor francés en toda regla que pasea por el puerto deportivo de Saint Raphaël, en la Costa Azul. Un complejo que, durante sus veinte años como alcalde, contribuyó a construir. Enfundado en sus mocasines, de camino al magnífico restaurante del hotel Excelsior, algunos conciudadanos le saludan. “Bonsoir, monsieur Ginesta!”. Le recuerdan también de diputado en la Asamblea Nacional francesa. Siempre militando en las siglas de la derecha republicana de origen gaullista de Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy o François Fillon.

Algunos saben que la próxima semana cumplirá 84 años. Todos, en cambio, ignoran que Georges Ginesta es el nieto de Josep Irla. El fundador de ERC y presidente del Parlament había ahijado a su madre antes de partir al exilio en 1939. Ginesta compartió muchos años dormitorio con su abuelo, siendo entonces presidente de la Generalitat republicana en el exilio. Y en 1958 le vio morir en este pueblo.

Feijóo demuestra su temor a no sumar suficientes diputados para tumbar a Sánchez

Como a Irla, el fin de la Guerra Civil llevó a más de 200.000 personas por derroteros insospechados. No partieron por placer. Quedarse significaba el ostracismo, la cárcel o la muerte. En el exilio perdieron o no pudieron transmitir la nacionalidad española a su descendencia, algo que habría sucedido de no haber sido obligados al desarraigo.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, en el último pleno del Congreso del mes de junio.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, en el último pleno del Congreso del mes de junio.SERGIO PÉREZ / EFE

La disposición adicional octava de la ley 20/2022 de Memoria Democrática se redactó para resarcir a los miles de ciudadanos que se hallaron en esta situación. Es una solución dudosa porque parte de un episodio histórico al que se añade un componente emocional. La carga sentimental que acarrea todo lo relacionado con el concepto de “memoria histórica o democrática”. Por ello existe un debate recurrente sobre lo que atañe a esta memoria.

Con la ley de nietos , uno puede preguntarse si va contra el sentido común conceder la nacionalidad a personas que no tienen contacto alguno con el país del que les permitirá ser nacionales. Quizá algunos lo aprovechen para dar a su vida la segunda oportunidad que la guerra negó a sus abuelos. Pero no hay respuesta correcta a la conveniencia de la norma.

Si Georges Ginesta quisiera obtener la nacionalidad española, aunque fuera para recordar la memoria de su abuelo, y deseara votar, nada indica que lo hiciese por los socialistas o por ERC. La ley no nació para ganar un saco de votos, por otra parte, impredecibles, sino de la vaga intuición que con ella el Estado repararía algo que en 1939 no supo defender: el mantenimiento de la legalidad ante los rebeldes que la consiguieron quebrar.

Con la polémica que ha levantado esta semana, además de debilitar la confianza ciudadana en los procesos electorales, Alberto Núñez Feijóo ha demostrado no preocuparle las derivadas del exilio. Sino una única cosa: el temor a no sumar suficientes diputados para tumbar a Pedro Sánchez en las próximas elecciones. El exceso de miedo descentra y, a veces, nos lleva a caer en el ridículo.

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