El Homo floresiensis, un misterioso homínido extinto conocido popularmente por su aspecto similar al de un hobbit, acaba de perder parte del prestigio evolutivo que se le había otorgado. Una reciente investigación ha desmontado la idea de que esta especie cazaba grandes animales y dominaba el fuego. Por el contrario, los nuevos datos apuntan a que su supervivencia dependía en gran medida de un comportamiento mucho más oportunista: se alimentaba de carroña, de manera similar a como lo hacen las hienas en la actualidad, consumiendo los restos de carne cruda que dejaban los dragones de Komodo.
Esta reveladora conclusión es el resultado de un exhaustivo trabajo llevado a cabo por un equipo internacional compuesto por diez investigadores de prestigiosas instituciones de Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos e Indonesia. El estudio, que arroja nueva luz sobre el pasado de nuestros singulares parientes evolutivos, ha sido publicado este viernes en la conocida revista científica Science Advances, generando un notable impacto en la paleontología.
Hasta ahora, los hallazgos en la zona habían dibujado un panorama muy distinto. Descubrimientos previos de restos del Homo floresiensis junto a herramientas de piedra y huesos de proboscídeos extintos, en particular el Stegodon (un antiguo pariente de los elefantes actuales), sugerían unas capacidades notables. La presencia de supuestas marcas de carbonización en esos restos había cimentado la reputación de este pequeño homínido, de cerebro reducido, como una especie dotada de un comportamiento avanzado, capaz de abatir presas de gran tamaño y de cocinar sus alimentos.
Sin embargo, el equipo liderado por E. Grace Veatch, investigadora del Museo Nacional de Historia Natural de Estados Unidos y de la Universidad de Tubinga en Alemania, decidió someter esta hipótesis a una rigurosa revisión. Los científicos volvieron a examinar minuciosamente los huesos de Stegodon encontrados en el yacimiento de Liang Bua, situado en la isla indonesia de Flores, el hogar histórico de este peculiar homínido.
Mediante la aplicación de avanzados análisis zooarqueológicos y tafonómicos, los expertos lograron cuantificar con precisión tanto la ubicación como la frecuencia de los daños esqueléticos infligidos por diversos depredadores. Los resultados fueron contundentes: las marcas de los afilados dientes del dragón de Komodo aparecían de forma mayoritaria en las partes más carnosas y nutritivas de la anatomía del proboscídeo. En contraste, las incisiones de corte atribuibles a las herramientas líticas del Homo floresiensis se limitaban a las áreas menos favorecidas y con menor cantidad de carne.
Estos hallazgos indican claramente que los grandes reptiles tuvieron un acceso prioritario a los restos mortales del Stegodon, lo que implica de forma casi indudable que fueron los propios lagartos quienes cazaron y mataron a estos parientes de los elefantes. Para rematar el replanteamiento de la teoría, los autores del estudio confirmaron que tampoco existe ninguna evidencia sólida sobre el uso intencional del fuego en las capas geológicas de Liang Bua asociadas a la ocupación del llamado hobbit, relegando a esta especie a un papel de carroñero marginal en su ecosistema.

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