Cuando manda marinero o la debacle del Real Madrid

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En 1964, Alfredo Di Stéfano, leyenda viva del Real Madrid, entró en el despacho de Santiago Bernabéu. El motivo era que el entrenador Miguel Muñoz lo dejaba cada vez más en el banquillo. Di Stéfano, a sus 38 años, exigía explicaciones y, en el fondo, un trato de excepción. Bernabéu, sin titubear, le señaló la puerta y le anunció que no seguiría en el club. Prefirió perder a un mito soberbio del pasado antes que debilitar la autoridad de un técnico que ponía los cimientos en el presente para un futuro. Ganancias del pasado no garantizan lo mismo en el mañana rezan los prospectos de agentes financieros. "Donde manda patrón, no manda marinero" reza el refrán español. Ambas reglas aplicaba el presidente cuyo nombre –todavía– marca el estadio del mejor club de la historia. En teoría de sistemas, es mejor un mal orden que un orden inexistente o caprichoso.

Más de medio siglo después, memoria futbolística al canto, la historia se repite… pero al revés.

En esta temporada, Vinicius Junior se rebeló públicamente contra Xabi Alonso. Tras una sustitución en el Clásico contra el Barcelona, el brasileño protagonizó un escándalo visible urbi et orbi. Gestos airados, gritos contra Xabi Alonso y una marcha directa al vestuario sin saludar al banquillo. En ese momento recordé otra frase atribuida a Santiago Bernabéu: "La camiseta del Real Madrid es blanca. Se puede manchar de barro, sudor y hasta sangre, pero jamás de vergüenza". Las tensiones venían de lejos por quejas por cambios, por posiciones, por el rol que se le asignaba; todo ello agravado por el temperamento irascible del brasileño encendido por intolerables gritos racistas y por más que justificadas burlas sobre un balón de playa. Vinicius comunicó su descontento al presidente, Florentino Pérez. El resultado fue que Alonso –un tipo cerebral como jugador y entrenador poco dado a los shows mediáticos– solo duró hasta enero. Una apuesta y una inversión que debería haber durado al menos dos temporadas terminaba de la peor manera posible, con el equipo descabezado en mitad del curso y entregado a los delirios narcisistas de un jugador extraordinario, pero teniendo en cuenta que se ha terminado una época de superfutbolistas de la talla de CR7, Messi, Kroos, Xavi y Xabi, Modric… En un reino de ciegos, Vinicius es como Yamal, Haaland, incluso Mbappé… tuertos.

Es un giro sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que el mismo Florentino Pérez, como presidente de ACS, jamás toleraría una rebelión así. En su empresa de construcción, donde manda el patrón, el orden es sagrado. Un empleado estrella que cuestiona públicamente a su jefe inmediato sería despedido o, como mínimo, severamente sancionado. ¿Por qué en el Real Madrid, el club más institucional del mundo, se aplica una vara distinta?

La decisión no solo es un error deportivo. Es una mala decisión psicológica que se explica perfectamente con las herramientas que nos dejaron Amos Tversky y Daniel Kahneman, los padres de la teoría de las perspectivas –prospect theory– y los estudios sobre heurísticos y sesgos cognitivos.

Kahneman y Tversky demostraron que las pérdidas duelen aproximadamente el doble que las ganancias equivalentes. Para Florentino Pérez, la "pérdida" inmediata de vender o marginar a Vinicius —su estrella mediática, su valor de marca, el ídolo de la afición— genera un dolor psicológico mucho mayor que la ganancia futura de mantener la jerarquía y la disciplina. Aunque racionalmente sepa que un equipo sin autoridad del entrenador está condenado al caos –como ya se vio en su anterior etapa como presidente cuando se echó a sí mismo ante un vestuario entregado al libertinaje y la indisciplina–, el cerebro del presidente pondera más la pérdida concreta y visible de Vini que la pérdida difusa y a largo plazo de orden institucional.

Según la misma línea de investigación de Kahneman y Tversky –les recomiendo el extraordinario libro de Michael Lewis sobre estos dos geniales psicólogos Deshaciendo errores: la amistad que nos enseñó cómo funciona la mentelas personas sobrevaloran aquello que ya poseen simplemente porque es suyo. Vinicius no es solo un jugador; es "su" creación, el chico que llegó de Brasil, que creció en Valdebebas y que casi se convirtió en Balón de Oro. Venderlo o ponerlo en su sitio equivale, en la mente de Florentino Pérez, a desprenderse de algo que ya siente como propio. El efecto de dotación hace que el valor percibido de Vini sea muy superior a su valor real de mercado o a su contribución neta al equipo una vez descontados los costes de indisciplina.

Aunque la falacia del coste hundido fue formalizada después, Tversky y Kahneman ya advertían de cómo las inversiones irreversibles –tiempo, dinero, prestigio– nos atan irracionalmente a decisiones pasadas. Florentino ha invertido años y cientos de millones en construir el proyecto Vinicius–Mbappé. Reconocer ahora que esa dupla genera más problemas que soluciones –Mbappé es mucho más extremo que delantero centro puro– implicaría admitir que parte de esa inversión fue un error. En lugar de cortar pérdidas, se escala el compromiso y se sacrifica al entrenador para no tener que replantear la plantilla.

El cerebro humano prefiere el statu quo aunque sea subóptimo. Florentino Pérez, con su historial de éxitos galácticos, cae en la trampa de la sobreconfianza: "Mi visión siempre ha funcionado". Olvida su propio fracaso en el proyecto "Zidanes y Pavones" y que el Real Madrid de Bernabéu funcionaba precisamente porque el patrón imponía orden, no porque permitiera caprichos. La consecuencia es clara, ya que se crea un precedente nefasto. Cualquier jugador con talento y ego sabrá que puede saltarse la cadena de mando si presiona lo suficiente. El entrenador se convierte en un empleado de segundo nivel. Y el club, que siempre se vendió como una institución por encima de las personas, empieza a parecerse a un vestuario de Instagram donde manda el que más followers tiene.

Vender a Vinicius por 150 millones de euros este verano –no lloremos por la leche derramada de que se lo debería haber despachado en Navidad– no sería un fracaso, sino una corrección inteligente. Con ese dinero se puede fichar a un delantero centro puro con proyección y hambre, pongamos Benjamin Sesko o Viktor Gyökeres, dos perfiles jóvenes, goleadores y con mentalidad de equipo. Se resuelve de un plumazo el problema posicional de Mbappé, que rinde mucho más como extremo izquierdo o segundo punta, y se devuelve al entrenador la autoridad que nunca debió perder. Por cierto, también el delantero francés o el centrocampista uruguayo aprenderían a obedecer sin rechistar. En el colmo de la racionalidad y la valentía crítica, Xabi Alonso debería volver para terminar de defender el proyecto que empezó.

Porque, como evidenciaba Bernabéu, donde manda patrón, un marinero no debe ni soñar con mandar. Y en el Real Madrid, el patrón sigue siendo el club y por delegación el técnico en el banquillo, no el jugador de moda, mucho menos en una época cuando la moda es más bien mediana. Florentino Pérez tiene la inteligencia y la experiencia para reconocerlo. Solo hace falta que, por una vez, su córtex sistémico –el de ACS– venza a la amígdala emocional –la del Real Madrid– los sesgos que todos arrastramos cuando la pérdida nos mira directamente a los ojos. Tversky y Kahneman ya nos advirtieron que las decisiones que más nos duelen suelen ser, precisamente, las que más necesitamos tomar.

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