En España, como dejó dicho el difunto Alfredo Pérez Rubalcaba, el Fouché del PSOE del Antiguo Régimen, enterramos espléndidamente a aquellos que pasan –no siempre de forma voluntaria– a esa mejor vida que no es vida en absoluto. La política indígena es todo un prodigio en el arte, nunca suficientemente valorado, de las pompas fúnebres y los rituales del adiós.
Ni siquiera hace falta contratar a las célebres plañideras, esa lacrimosa institución social de la Roma primitiva, para que exageren el dolor (fenicio) causado por una pérdida. París –símbolo del poder– bien puede valer una misa, como decían los hugonotes, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que exige un buen funeral. Con coronas, desfiles y catafalcos.

Esto mismo –dejar atrás el pasado y asumir el inevitable porvenir– es lo que ha hecho Moreno Bonilla al aceptar ser investido como presidente de la Junta de Andalucía por tercera vez –en un agónico segundo acto– gracias a los quince diputados meridionales de Vox. El Gran Laurel, menguado tras perder su mayoría parlamentaria, ha aceptado todas las exigencias políticas de los ultramontanos, incluida la tesis de la prioridad nacional, que en este caso tendrá que ser inevitablemente regional, y la imposición del partido de Abascal de entrar (por supuesto, sin bajarse del caballo) en su gobierno. ¿Quién apeló al honor sagrado? ¿Quién habló alguna vez de líneas rojas?
La resistencia puesta en escena durante la campaña electoral y hasta el primer debate (fallido) de investidura, donde el líder del PP orilló –ahora ya sabemos el motivo– la espinosa cuestión de la inmigración y dijo que no cambiaría de principios, se ha evaporado sin dejar ni herencia ni recuerdo.

La aritmética siempre se impone al deseo. Procede aquí recordar la frase de Rato (Rodrigo): “Es el mercado (político), amigo”. Cincuenta y tres serán muchos diputados –eso ya lo sabemos todos, babies– pero también eran insuficientes para garantizar la tercera coronación del Reverendísimo.
En el bolsín andaluz surgido tras el 17M dos diputados de Vox cotizan más que un lingote de oro macizo. Moreno se rinde y acepta pagar el precio para disfrutar de su magistratura a Shylock, el prestamista shakespeariano, garantizando la segunda merced ultramontana con una libra de su carne.
Que la derecha meridional se haya resistido a aceptar que ya no tiene la hegemonía política en Andalucía, como lleva intentando hacer creer en vano desde la noche de los comicios, no era sino una mera distracción escénica.
Son los andaluces, a través de las urnas, quienes han situado a Moreno en las manos de Vox, sometiéndolo al resultado de una transacción a la que acompaña una escritura notarial llena de cláusulas y penalizaciones en caso de impago. Nada distinto a lo que sucede cuando se acepta una hipoteca.
Convendría, pues, que el presidente de la Junta, cuya simpatía últimamente parece más sombría, dejase de exagerar. Cambiar por exigencias del guion significaría un quebranto si realmente tuviera principios políticos firmes.
No es su caso. Moreno es una copa vacía que sirve igual para el vino que para el agua. En estas dos legislaturas ha estado más preocupado por huir del reformismo y practicar un quietismo amable para consolidarse en el poder, renunciando en el camino a sus promesas electorales previas a 2018, que en demostrar coherencia entre lo que dice y lo que después (no) hace.
Si actuó así en las horas maduras, los actuales momentos de debilidad no iban a ser una excepción. La vía andaluza, que es el nombre que el Quirinale cogió prestado –sin permiso– a los andalucistas para exportar su moderación, ha fenecido, aunque desde San Telmo se niegue la mayor, se celebre la estabilidad institucional y se quieran disimular las evidencias.
Desde que Génova asumiese que sin el concurso activo de Vox no existe forma humana de alcanzar la Moncloa, el político malagueño, que con este acuerdo deja ya de ser propietario del Quirinale para convertirse en su inquilino, expuesto a una subida de la renta, carecía de margen de acción.
El presidente quería que Vox le concediera un estatus especial y aceptase un acuerdo low cost, muy inferior a los vigentes en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Toda su obsesión era evitar que su imagen personal quedase contaminada –para siempre– por la segunda alianza ultramontana. No way.
El amor verdadero no tolera barreras profilácticas. Mucho menos el sexo, que es de natural avaricioso. Aunque la verdad es que el pacto entre las dos derechas del Sur no tiene nada que ver con el cariño. Es un matrimonio en régimen de gananciales cuya duración van a decidir los hechos, no las capitulaciones. Empieza ahora y puede terminar en cualquier instante.
A San Telmo, por tanto, no le ha servido de nada dilatar el trance, tratar a continuación de acelerarlo mediante la imposición de su calendario –con la amenaza explícita de una repetición electoral situada en el mes de octubre– para, al final, tragarse un menú de digestión pesada y bastante complicada.
El Quirinale sostenía que la prioridad nacional era “ilegal” –lo mismo dijo Sánchez de la célebre amnistía– y ha sido lo que primero ha asumido sin dolor. Llámenle arraigo, si quieren. También juró que los ultramontanos no entrarían en su gobierno y les ha concedido toda una vicepresidencia.
En la calle San Fernando, sede del partido en Sevilla, podrán decir lo que gusten. Sus heraldos escribirán lo que les manden (“negociar es la esencia de la política”), pero la mayoría solvente –el nuevo adjetivo favorito de San Telmo– les ha rentado menos que la insuficiente victoria del 2018.
El PP andaluz confía en que podrá disimular sus concesiones ante Vox subiendo el tono de la confrontación con el Gobierno central y recurriendo al infalible comodín catalán. El calendario les aprieta: las municipales serán en mayo y unas hipotéticas generales, probablemente, poco antes.
La música dominante en Andalucía, sin embargo, no engaña. En Radio San Telmo se emite en estos momentos una misa de réquiem. Los elefantes de Aníbal, el cartaginés, no solo están ya dentro de la habitación. Es que sus paquidermos, igual que los bárbaros de Kavafis ante las puertas de una catedral cristiana, se disponen a entrar (victoriosos) en la Nueva Roma.

Hace 3 días
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