Solo 24 personas han visto la cara oculta de la Luna con sus propios ojos en toda la historia de la humanidad. Todos ellos eran hombres, estadounidenses y blancos: los tripulantes de las nueve misiones Apolo que, entre 1968 y 1972, viajaron al entorno lunar. Solo cinco de ellos siguen vivos, y ya tienen más de 90 años. Ahora, cuatro astronautas más —entre ellos, una mujer, un hombre negro y un canadiense— podrán sumarse a ese selecto club si la misión Artemis 2 culmina con éxito su viaje espacial de casi 10 días. Su despegue está previsto para la tarde de este miércoles 1 de abril desde la costa de Florida (EE UU), pero podría aplazarse por cualquier pequeña anomalía detectada durante la cuenta atrás o si empeora la previsión meteorológica.
Los primeros astronautas que viajan a la Luna en más de medio siglo no van a aterrizar allí, ni siquiera asumirán el riesgo de acercarse para entrar en órbita, como los de las misiones Apolo. Solo van a rodearla, a más de 7.400 kilómetros de altitud. Sin embargo, la ventaja de mantenerse a esa distancia prudencial es que van a tener una vista privilegiada de la cara oculta: serán los primeros en poder verla completa, contemplando partes nunca vistas por ojos humanos.
El comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión, Christina Koch y Jeremy Hansen, llevan años entrenándose para observar todo tipo de cráteres, mares y otros detalles de la geología de la cara oculta lunar. Hasta que despeguen, no van a saber con exactitud qué van a poder ver en ese momento culminante de la misión, en el que además pueden batir un récord histórico: ser los humanos que más lejos han estado de la Tierra. Todo depende de la fecha y hora definitivas del lanzamiento. Ese instante marcará que, al llegar a la cara oculta de la Luna cinco días después, se la encontrarán con más o menos zonas iluminadas por el Sol; y las demás serán invisibles para ellos.
Las fechas posibles en abril dan una menor área iluminada en la cara oculta que en las oportunidades que hubo en marzo. Ese es uno de los motivos por los que la NASA quiso apurar los preparativos para poder lanzar la misión cuanto antes. Pero un fallo detectado en la etapa superior del cohete, tras un ensayo general, retrasó el lanzamiento.
Rodear la Luna con menos riesgos
En esta nueva era espacial, la NASA no está dispuesta a que los astronautas de la nave Orion —en su primer vuelo con humanos dentro— se arriesguen a lo que sí hizo en diciembre de 1968 la misión Apolo 8, el primer viaje tripulado a la Luna. Al llegar allí, los cowboys espaciales que viajaban en ella tuvieron que atreverse a frenar la nave —con un potente encendido de sus motores— para quedar insertados en la órbita lunar. Artemis 2, en cambio, se mantendrá en una trayectoria de retorno libre, llamada así porque la nave gira y vuelve sola, describiendo un camino en forma de 8. Se comporta como un boomerang, que aprovecha el baile de fuerzas que ejercen sobre ella la gravedad de la Tierra y la de la Luna.
Usar una trayectoria de retorno libre es la forma más sencilla y segura que tiene la humanidad de visitar otro mundo. Pero para que toda esa coreografía de trayectorias y atracciones gravitatorias funcione, hay que propulsar la nave hacia la Luna en el día y hora precisos. Eso limita mucho las ventanas de despegue, que en el caso de Artemis 2 solo puede tener lugar en cinco o seis días de cada ciclo lunar. Y durante el día que finalmente se elige, solo hay dos horas para intentarlo. Si el pronóstico del tiempo para esas horas es desfavorable, la NASA aplazará el lanzamiento. Esta será la fase más compleja y peligrosa de las seis de la misión.
La nave Orion es tan ancha como una furgoneta, aunque casi cuatro veces más alta, y pesa como dos autobuses. Para subir semejante mole al espacio y dejarla aparcada en una órbita inicial segura alrededor de la Tierra —ese es el primer paso imprescindible en cualquier viaje espacial—, se necesita un gigantesco cohete como el SLS. Su altura total, con la nave dentro, llega a los 98 metros: es como un edificio de 30 pisos, pero que va cargado con dos millones de litros del muy explosivo hidrógeno líquido.
Toda esa cantidad de combustible y energía es necesaria para que el vehículo pueda vencer la resistencia de la gravedad terrestre y suba hasta salir al espacio, a más de 100 kilómetros de altitud. Una vez allí, ha de seguir subiendo y acelerando hasta alcanzar una velocidad superior a los 27.000 kilómetros por hora, necesaria para entrar en órbita.
El SLS es el mayor y más potente cohete que ha logrado esa proeza en toda la historia de la carrera espacial. En solo ocho minutos es capaz de colocar en órbita la nave Orion, que a continuación tardará casi una hora y media en completar su primera vuelta alrededor de la Tierra.
Una vez que la Orion esté segura en el espacio, la NASA ha diseñado un apretado programa de pruebas que se prolongará durante la primera jornada de la misión Artemis 2. El objetivo es certificar que esa nave está lista para viajar con humanos a la Luna. Y, para ello, lo más práctico es subirla a una órbita terrestre alta —que en esta misión alcanzará una distancia de hasta 74.000 kilómetros— e internarla así en el espacio profundo.
Nadie ha estado tan lejos de la Tierra desde que, en 1972, concluyeron las misiones lunares Apolo. Además de probar los sistemas de soporte vital y propulsión de la nave, en esta segunda y alargada vuelta alrededor de la Tierra, la Orion se separa de la etapa superior del cohete y realiza unas maniobras de reaproximación a ella. Es una lenta y sofisticada danza espacial entre ambos componentes, que dura varias horas y requiere el control manual del piloto de la Artemis 2. Servirá de primer ensayo para lo que será, en 2027, el gran objetivo de la Artemis 3: probar el acoplamiento entre la nave y el módulo de descenso lunar —aún en fabricación—, imprescindible para que los astronautas puedan pisar la superficie de la Luna en las misiones 4 y 5 de este programa, actualmente previstas para 2028.
Completada la segunda vuelta alrededor de la Tierra, la nave Orion vuelve a estar a menos de 200 kilómetros de altitud. Ha transcurrido un día entero de pruebas y tiene que estar lista para emprender su verdadero viaje a la Luna. Es el momento decisivo, y el protagonismo recae sobre la parte diseñada por la Agencia Espacial Europea (ESA) y construida por Airbus. El Módulo de Servicio Europeo proporciona electricidad —con sus paneles solares desplegados—, agua y control de temperatura a la cápsula en la que viaja la tripulación. También sus motores propulsarán la nave durante el resto del viaje. Un día, una hora y 37 minutos después del despegue, sale disparada hacia la Luna gracias al fuerte impulso del motor principal.
Como es una trayectoria de retorno libre —y la nave no va a entrar en órbita lunar—, a partir de ese momento solo habrá unos pocos y mucho más suaves encendidos de los motores auxiliares del módulo de servicio. Servirán para corregir la trayectoria, evitando que la nave se desvíe. Se hará aproximadamente una corrección cada 24 horas, durante los cuatro días del viaje de ida a la Luna. Dentro de la cápsula de la tripulación —que los propios astronautas de esta misión han bautizado como Integridad— se van preparando para el sobrevuelo lunar.
Todas las misiones que viajan a la Luna tienen que rodearla, internándose en la cara oculta, una zona casi inexplorada por el ojo humano. Solo así se puede contemplar ese hemisferio lunar, al que llamamos oculto porque siempre está apuntando hacia la dirección opuesta a la Tierra.
En la misión Artemis 2, durante ese sobrevuelo, los astronautas pueden llegar a estar más lejos de la Tierra que ningún otro antes —si la misión despega el 1 de abril, lo harán seguro—, batiendo el récord de la Apolo 13. Entonces, la cara oculta de la Luna se verá tan grande como si fuera un balón de baloncesto que estamos sujetando con el brazo extendido. Aunque no parezca mucho, ya es más de 50 veces más grande que como la vemos desde la Tierra o desde la Estación Espacial Internacional. En nuestro cielo, nunca vemos la Luna más grande que un guisante.
Los tripulantes de la Artemis 2 van a dedicar esas horas centrales de la misión a fotografiar y estudiar los detalles, los colores y hasta las sombras de la cara oculta, mientras la sobrevuelan; y, especialmente, aprovechando el llamado “silencio de radio”: los astronautas perderán la comunicación con la Tierra durante al menos media hora cuando estén al otro lado.
Es algo inevitable —la Luna se interpone y es una barrera que no pueden franquear las ondas de telecomunicaciones—, un silencio que afecta a todas las misiones lunares. Concluirá cuando la Tierra reaparezca a su vista, momento en el que los tripulantes de la Artemis 2 intentarán recrear la fotografía Earthrise, todo un icono de la ciencia captado en 1968 por la misión Apolo 8.
Terminada la fase de observación de la cara oculta, los astronautas pueden relajarse. Al ser una trayectoria de retorno libre, la vuelta es automática: no hay ni una sola maniobra para iniciar el regreso. Solamente, de nuevo, ligeras correcciones de la trayectoria una vez durante cada uno de los cuatro días que dura el viaje de vuelta.
El primero de esos días lo tendrán libre, casi entero. Y a partir de entonces, también realizarán experimentos científicos, nuevas pruebas de resistencia y pilotaje de la nave y, además, comparecencias públicas mediante videollamadas con la Tierra. Es el tramo final de 10 jornadas en una cápsula de nueva generación, mucho más cómoda y mejor equipada que las de las misiones Apolo. Aun así, son cuatro personas en el espacio del interior de una furgoneta amplia, pero con multitud de aparatos en el medio, y compartiendo espacio durante las 24 horas de cada día de la misión.
A punto de culminar el regreso, a 120 kilómetros de altitud sobre la superficie terrestre, la cápsula se habrá desprendido del resto de componentes de la nave Orion. Entonces, se orienta con sus propios motores, en busca de la inclinación adecuada para precipitarse en la atmósfera. Se trata de minimizar los riesgos que tiene esta última etapa del viaje, que es tan crítica como el despegue.
Serán 16 minutos de vertiginoso descenso, desde que la cápsula de la tripulación entra en la atmósfera a una velocidad de más de 40.000 kilómetros por hora y se va frenando, primero por el roce de la propia atmósfera —que calienta su cubierta hasta más de 2.700 °C— y, luego, gracias a la ayuda de varias tandas de paracaídas que se van abriendo.
Finalmente, si todo sale bien, la velocidad se reducirá a la misma de un paseo en bicicleta: a unos 30 kilómetros por hora, la cápsula se posará suavemente sobre el océano Pacífico, frente a las costas de San Diego (California, EE UU).
Durante el fugaz y peligroso descenso, la nave también pierde por unos momentos la comunicación con la base de control. Ese breve suspense, previo al amerizaje con el que concluirá la misión, dará paso a un compás de espera de hasta dos horas. Es el tiempo necesario para que llegue el barco de recuperación y se realicen multitud de comprobaciones antes de subir a bordo a los viajeros lunares.
Pasarán a la historia como los cuatro astronautas que retomaron la conquista del satélite terrestre, tras medio siglo de parón. Y pese a no poder haberla pisado, en sus retinas quedarán grabados los paisajes lunares. Unas vistas de cráteres y mares de la cara oculta de la Luna que ningún humano había podido contemplar y que, gracias a su meticuloso trabajo científico, ya no se perderán en el tiempo.

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