Los que pudieron verlo lo tomaron como una señal de buen augurio. A la caída de la tarde comenzó a chispear en el Centro Espacial Kennedy de la NASA, y un espectacular arcoíris apareció en el cielo mientras en el horizonte se levantaba imponente el cohete SLS, que debe despegar este miércoles con cuatro astronautas para llevarlos a la Luna. La cuenta atrás había comenzado poco antes, y todo parece listo para el encendido de motores, previsto para las 18:24 hora local.
Los cuatro astronautas de la Artemis 2 —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen— harán historia al ir al satélite por primera vez en más de medio siglo. Será un viaje de ida y vuelta sin paradas. Los tripulantes contemplarán durante varias horas la cara oculta de la Luna, y pueden ser los primeros humanos en observar algunas zonas del satélite. Koch será la primera mujer en viajar a este cuerpo, Glover el primer negro y Hansen el primer astronauta de fuera de Estados Unidos.
Es el primer paso en un nuevo programa espacial creado a medida del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien quiere ganarle como sea la carrera a China. Su objetivo es colonizar la Luna en apenas siete años.
“No tengo más información sobre China de la que pueda tener cualquier otra persona”, reconoce Randy Bresnik, astronauta de la NASA que aún recuerda su entrenamiento en las bases aéreas de Zaragoza y Morón como piloto del programa de los transbordadores espaciales. Vestido de mono azul y sentado en unas escaleras desde donde se puede ver perfectamente el cohete en su rampa de lanzamiento, Bresnik expresa el mismo temor que muchos ejecutivos de la NASA y el del propio Trump: “Nos cuentan lo que quieren. Si nos atenemos a sus palabras, han cumplido todos sus hitos [China quiere llegar a la Luna en 2030]. Pero es inevitable pensar que igual nos están engañando y van a adelantarse”.
Bresnik fue reclutado como astronauta en 2004. Su promoción era la primera que viajaría a la Luna, cuenta con algo de sorna. Obviamente, los retrasos nunca lo permitieron. Pero ahora es diferente, añade este dos veces veterano de los viajes espaciales. “Nunca hemos estado tan cerca de conseguirlo”, asegura.
Todos los expertos consultados estos días están menos preocupados por que la misión alcance todos sus objetivos, que por la seguridad de sus astronautas si sucede un fallo grave. Uno de los terrores es no repetir la tragedia del Apolo 1, primera misión del programa que conquistó la Luna hace más de medio siglo. Sus tres tripulantes murieron achicharrados dentro de la cápsula en tierra. Una de las novedades de esta misión son los nuevos trajes presurizados, hechos a medida, que serían capaces de proteger a los cuatro astronautas tanto del fuego como de los humos tóxicos si hubiese un incendio en la cabina antes del lanzamiento, explica Daniel Kolodziejczyk, uno de los responsables del desarrollo de las escafandras. “Por su diseño, el humo no entraría en los trajes, que además son resistentes al fuego”, detalla.
Un reloj marca la cuenta atrás para el lan zamiento de Artemis 2 desde el Centro Espacial Kennedy de la NASA, en Florida.N. D.Estos monos presurizados de color naranja chillón —el mejor para ser visto cuando estás a la deriva en el mar tras una emergencia— son como una nave espacial vestible. Llevan oxígeno, comida a base de batidos de proteínas, agua, calor e incluso bolsas desechables para la orina y los excrementos. Los astronautas podrían sobrevivir hasta seis días en ellos.
¿Por qué seis días, si la misión dura 10? Porque como máximo serían seis días lo que la tripulación tardase en regresar a la Tierra una vez alcancen el punto de no retorno: cuando ya es más rentable seguir hasta la Luna y dar la vuelta usando su gravedad que empleando los motores. Es lo que en NASA llaman una trayectoria de retorno libre.
En todos los casos hay capas sobre capas de seguridad y sistemas redundantes para que, si uno falla, por ejemplo el sistema de oxígeno principal, haya otro secundario que sí lo haga, explica la ingeniera Katie Oriti, responsable de la integración de los sistemas de la nave Orion con el Módulo Europeo de Servicio, que provee el aire, el agua y la propulsión a esta misión. “Los viajes al espacio son inherentemente peligrosos, pero todos los equipos hemos hecho todo lo posible para mitigarlos”, asegura.
Los cuatro de la Artemis 2 se meterán en la nave Orion unas horas antes del despegue. La torre de lanzamiento del cohete SLS, el más potente construido por la NASA, tiene unas jaulas con tirolinas para que los astronautas puedan escapar de la torre de lanzamiento si hay cualquier problema grave antes del despegue. La cápsula Orion también va equipada con unos cohetes que podrían propulsarles por encima del cohete si este explota, y les llevaría a un amerizaje en el océano Atlántico o el Pacífico.
Debbie Korth, una de las máximas responsables de la cápsula Orion, compara esta nave con una caravana vacacional: “Todo puede plegarse para ganar espacio”. Durante el Apolo 8, una misión orbital a la Luna lanzada en 1968, el comandante Frank Borman sufrió vómitos y diarrea, que llenó la nave de pelotitas de colores que flotaban en la ingravidez del espacio y a cuyo olor tuvo que acostumbrarse la tripulación. Además, el sistema para orinar succionaba con demasiada fuerza, para castigo de los astronautas. Esta será la primera misión tripulada a la Luna que tenga un baño con puerta, del tamaño similar al de los hogares sobre ruedas, detalla Korth.
En esta ocasión, la Orion va equipada con un banco de ejercicio —los astronautas deben hacer 30 minutos diarios—, y tiene una capacidad de almacenaje de media tonelada que va en la parte inferior. Esa zona se convierte en un refugio antirradiación si sucede una tormenta solar. “Esta nave es mucho más grande y puede alojar a cuatro astronautas durante 21 días, mientras las Apolo solo aceptaban tres durante unos 14 días”, detalla Korth.
Durante el primer vuelo de la Orion no tripulado, se observaron defectos en el escudo térmico que protege a la tripulación de las temperaturas de miles de grados que alcanza el exterior de la nave por le rozamiento del aire, un defecto que recuerda a lo que sucedió durante el desastre del Columbia en enero de 2003, en el que murieron siete astronautas.
Korth asegura que se han simulado esos defectos y se han corregido los errores, además de cambiar la inclinación de la nave en su llegada a la Tierra para minimizar el riesgo. “Tenemos toda la confianza de que el escudo térmico está listo para la misión”, asegura.
Incluso en los momentos más críticos habrá vías de escape previstas. Uno de ellos llegará 24 horas después del aterrizaje, cuando la tripulación de la Artemis 2 encienda los motores del módulo de servicio para acelerar hasta la Luna. En ese momento, ya se estarán yendo a otro mundo. Durante el primer día de esta trayectoria existe la posibilidad de dar media vuelta y volver a encender los propulsores para abortar la misión y regresar a la Tierra. Pasado ese tiempo, a no ser que haya una emergencia extraordinaria, lo mejor es continuar hasta la Luna, dar media vuelta usando su fuerza de gravedad y regresar cuanto antes a nuestro planeta.
La ingeniera Jeanette Silvas-Collins, nacida en Alcalá de Henares, es hija de un militar estadounidense destinado en la base de Torrejón y una española. Ahora es una de las especialistas en el desarrollo del Sistema de Lanzamiento Espacial SLS, el cohete más potente jamás construido por la NASA. El momento más crítico, explica, es el comienzo del llenado rápido del cohete con combustible, que comenzará en la mañana del miércoles. Hace más de un mes surgieron escapes que pusieron la misión en dique seco. El equipo del lanzador ha resuelto este problema y el de las fugas de hidrógeno en la etapa superior, asegura. “Confío en que todo irá bien porque hemos hecho muchísimas pruebas de esos sistemas. Una vez terminemos el llenado y los astronautas se suban a la nave, estaremos preparados para irnos”, expone.
En el Centro Espacial Kennedy, cada día que pasa hay más periodistas, más cámaras, más escenarios, carpas. Un enorme reloj digital en medio del césped cuenta las horas que quedan para el despegue. El ambiente es relajado, casi festivo, y el tiempo, bueno. Pero dentro de los despachos, la tensión va en aumento. Es la misión mas compleja y peligrosa que la NASA ha lanzado en más de medio siglo; hay miles de sistemas que deben funcionar, y muchos factores que pueden cancelar el lanzamiento.
Charlie Blackwell-Thompson, directora de lanzamiento, detalla que hay más de 500 requisitos técnicos definidos que deben cumplirse para poder dar el “Go” —adelante— al despegue. Y a esos se suma el tiempo. La mayor preocupación al respecto no son tanto los vientos como los cúmulos: nubes cargadas de electricidad que podrían descargar selectivamente sobre la descomunal masa metálica del cohete SLS y la nave Orion. “Las cosas pueden cambiar a lo largo de la ventana de lanzamiento, que dura dos horas”, explicó la ingeniera en rueda de prensa, “pero al ver una probabilidad de tiempo apto del 80% tengo la sensación de que tenemos muchas posibilidades de lanzar con éxito”, añadió .A parte de todo esto, la gran incógnita es si el presidente Trump vendrá a ver el histórico despegue.

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