El 17-M llega un mes antes de tiempo –los comicios del 2022 tuvieron lugar a mediados de junio– y coge al PSOE con el paso cambiado, expectativas electorales poco optimistas y una candidata más preocupada de no hundirse que de reconquistar el palacio de San Telmo. Ninguna encuesta seria da opciones de triunfo o de mejora a las izquierdas, divididas en cuatro listas.
La batalla está pues en el pulso entre las dos derechas –PP y Vox– o, si recurrimos a términos dramáticos, a la lucha de Moreno Bonilla contra su propia estampa, que es el principal activo del presidente de la Junta para permanecer –solo o en compañía de otros– en el Quirinale.
Moreno adelanta las elecciones porque sus sondeos le sitúan cerca de revalidar la mayoría absoluta y apuntan a un frenazo en el crecimiento de Vox, que hace un año que supera en intención de voto a los socialistas en provincias como Huelva y Almería y tiene posibilidades de hacer lo mismo en otras circunscripciones. San Telmo necesita fijar su ventaja cuanto antes dada la extrema volatilidad de la opinión pública.
En Andalucía, las elecciones se ganan por el centro. Quien domina esta posición es Moreno, que administra el presupuesto autonómico –elemento clave en una autonomía de tradición clientelar–, apela al voto útil (para frenar a Vox y horadar al sanchismo) y, más que éxitos de gestión, puede presumir de una estabilidad que en Extremadura, Aragón y Castilla y León no se ha conseguido abriendo antes de hora las urnas.
Andalucía es la madre de todas las batallas electorales. Tanto por población –seis millones largos de votantes– como por el peso de los candidatos –Moreno, la alternativa suave del PP; Montero, la número dos de Sánchez, y Maíllo, última esperanza de las izquierdas (des)unidas–. Su diagnóstico señalará la temperatura del termómetro español. La traslación estatal de estos comicios es inevitable. Todas las narrativas de los partidos políticos convergen en la batalla por San Telmo.
Para el PP, la convocatoria tiene dos objetivos: demostrar que la lucha entre las derechas se resuelve a su favor y dejar claro que el fin de Sánchez –que se implicará a fondo en Andalucía– ya no tiene vuelta atrás. El PSOE medirá su margen de resistencia. Montero quiere movilizar a 583.794 electores –supuestamente progresistas– que, afirma, no acuden a las urnas.
Andalucía es la madre de todas las batallas electorales. Tanto por población como por el peso de los candidatos
¿De dónde sale esta cifra? De la diferencia entre los votos socialistas de las autonómicas del 2022 y los obtenidos en las generales de un año después. Dicha traslación, sin embargo, no es mecánica. La participación de los andaluces en las citas regionales es tradicionalmente baja –un 58% en las dos últimas convocatorias– en relación a las convocatorias estatales (65%). El contexto político, además, es diferente.
Hace tres años, la disyuntiva de las generales era entre los dos grandes bloques de derecha e izquierda. Ahora, el juego está en la lucha entre el PP y Vox, dada la atomización de las siniestras y la erosión del PSOE tras la tormentosa investidura, la amnistía, la financiación catalana o el deterioro de la red de ferrocarriles.
A Moreno, que concurre a sus cuartas elecciones, no le sirve ganar. Debe prevalecer. Si quedase a merced de Vox, su figura y su proyección política quedarían tocadas. Montero lo tiene aún más difícil: impedir que Andalucía sea el lago negro donde el cisne del sanchismo cante por última vez, justo antes de sumergirse en las aguas del Leteo.

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