Ezequiel Mosquera, que se siente el Legolas del ciclismo pero es un elfo contrabandista del alma, llama Tierra Media y su estado de ánimo a lo que todo el mundo llama A Raia, 1.234 kilómetros de tierra de nadie y de todos, de contrabandistas de mantones de Manila, café y tabaco, desde Alcoutim y Sanlúcar, barca donde se enamoran los hijos de los médicos de los dos lados y tirolina junto al Guadiana, tan al fondo de la península, y la Barcarrota de Alberto Contador, A Guarda, espejo de Caminha y Seixas pegados al Minho, hasta el Monte Trega, romerías felices, lamprea en escabeche, albariño y vinho verde y viacrucis doloroso, sobre el Miño que muere plácido en el Atlántico. Al otro lado, Portugal, y sobre las piedras desiguales del empinado caminito final Alessandro Pinarello bota, alegre como un hobbit, y sus mofletes.
Superviviente de todas las persecuciones, emboscadas y traiciones de la última etapa, Pinarello, véneto de 22 años, llega montado en una Scott desde Conegliano, colinas donde Marzio Bruseghin cría asnos, saltarines como ponis, y cosecha cartizze para hacer prosecco de burbujitas finitas. En la región se cultiva el culto al ciclismo y a la bici Pinarello, de la vecina Treviso, pero Alessandro no tiene ningún vínculo familiar con la saga iniciada por Giovanni Pinarello, que montó la fábrica comenzando con un tallercito equipado gracias al dinero que le dieron por ganar la maglia nera como último clasificado de un Giro de posguerra.
Hecho ciclista en la escuela Bardiani de los Reverberi y ya una revelación en la pasada Tirreno (octavo), Pinarello entra en el sendero de 200 metros del viacrucis por detrás de Adam Yates, soberbio de amarillo que ha atacado dos kilómetros antes; de Jorgen Nordhagen, el niño noruego sombra inseparable del inglés, e Iván Romeo, que no quiere perderse una fiesta con sus piernacas interminables. Son los cuatro mejores de la carrera. Sentado, el italiano se mueve mejor, más ágil, saltando de piedra en piedra sin dudar. Las curvas de los últimos 500 metros las toma siempre el primero. Insuperable. Corre en el NSN de Rubén Plaza (antiguo Israel), donde le mima y ampara el veterano campeón de Nueva Zelanda George Bennett, que ataca en la segunda ascensión al Valga, y deja a los rivales sin equipo. Ready para el cuchillo de Pinarello.
“A mí me gusta levantarme del sillín cuando trepo, y sobre las piedras no podía”, lamenta Yates, y se justifica por no poder adelantar al italiano. “Y, bueno, hay una carretera asfaltada en perfecto estado justo al lado de esta subida de adoquines, así que quizá el año que viene la pongan ahí y sea mucho mejor, pero creo que, en general, la carrera ha estado genial y espero poder volver en los próximos años”. Adam Yates, sonriente, accesible y amable como casi nunca, acaba de ganar su primera prueba por etapas desde el Tour de Omán en febrero de 2025. Bendice la carrera tan cariñosa que a todos los campeones que han pasado por ella enamora, y a Vingegaard al que más, pese a que el danés la ganó dos veces cuando se corría en invierno, lluvias y nevadas y frío. Y también se pregunta por qué solo es de categoría 2.1, y entrega tan pocos puntos a los ganadores que muchos equipos no quieren acudir porque hay carreras en China y más allá, más fáciles, más anónimas, sin amor, que dan más puntos. A su discurso de amor a O Gran Camiño, a sus hoteles, su organización, sus recorridos, se une Pinarello, exaltado tras conseguir su primera victoria como profesional. Después sus caminos se bifurcan como en los jardines y laberintos para volverse unir en Bulgaria a partir del 8 de mayo, cuando empieza el Giro de Italia, que Adam Yates quiere ganar un año después de su hermano Simon para ser el primer corredor que siga en el historial de las tres grandes a su gemelo. “Ya veremos, ya veremos. Primero tengo que volver a la altitud y hacer los últimos preparativos. Vamos a ir allí con un equipo fuerte y algunas opciones”, dice el inglés, de 33 años, que acudirá compartiendo el liderazgo del UAE con el portugués João Almeida. “La competencia [Jonas Vingegaard] será bastante dura, así que creo que es mejor que vayamos con unas cuantas opciones y luego ya veremos”.
Yates es un héroe al que solo le falta el saco a la espalda y la mirada atrás del contrabandista que se introduce al agua para que el pueblo le adore. Por algo, allí, en A Raia, tan profana, hace Ezequiel Mosquera, su inventor, que termine O Gran Camiño, el Tour de la Tierra Media, y no en Santiago, otra mística.

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