"Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Ésta es probablemente la frase más famosa y celebrada de todos los documentos políticos que en el mundo han sido. Escrita por Thomas Jefferson, la Declaración de Independencia fue aprobada el 4 de julio de 1776, es decir, hace 250 añitos de nada.
Aunque principalmente era una lista de agravios concretos que el rey había cometido contra las trece colonias, la Declaración establecía los principios por los que se establecía la nueva nación. No hablaban de derechos históricos, ni de lo mucho que se diferenciaban del Reino Unido, ni en general ninguna de las sandeces con las que nos aburren nuestros nacionalistas. No, los Estados Unidos se fundaron bajo el principio de que los hombres son libres y que son ellos quienes tienen el derecho a formar gobiernos. Que la democracia, en suma, deriva de la libertad individual y sólo en ella encuentra justificación y fundamento. Pero que para salvaguardar esa libertad, la forma adecuada de gobierno era la república constitucional, un sistema que pone límites al poder del Estado para evitar la tiranía de las mayorías. Lo que conocemos como democracia liberal, que es la única forma de democracia que merece tal nombre.
Lo que hizo únicos a los Estados Unidos fue precisamente que se crearan como nación en nombre y en defensa de unos ideales y no como resultado del devenir geográfico e histórico, de la diferenciación étnica o de las alianzas matrimoniales monárquicas. Los norteamericanos eran británicos que hablaban inglés. No había ninguna excusa cultural, lingüística ni histórica para su independencia. Lo único que tenían como base para su secesión era el agravio de ser gobernados desde muy lejos sin su consentimiento. De que sus libertades individuales estaban siendo violadas en nombre del rey.
Y formaron una república donde su Constitución separaba los poderes y creaba contrapesos entre ellos y le añadieron una carta de derechos donde imponía límites a los poderes públicos para salvaguardar las libertades de los ciudadanos. Con sus imperfecciones y problemas, como fue el mantenimiento durante sus primeros noventa años de vida de la esclavitud, una daga en el corazón de la nación desde el primer día, porque atentaba contra el principio que le dio origen, y cuyo fin necesitó de una sangrienta Guerra Civil.
Hace un siglo, el presidente Calvin Coolidge, uno de los más grandes que ha tenido el país en mi opinión, habló el 4 de julio en Filadelfia, recordando que daba lo mismo lo mucho que hubiera avanzado el mundo, porque los principios de la Declaración de Independencia seguían vigentes y lo seguirían estando siempre.
Si todos los hombres son creados iguales, eso es definitivo. Si están dotados de derechos inalienables, eso es definitivo. Si los gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados, eso es definitivo. No se puede hacer ningún avance ni progreso más allá de estas proposiciones. Si alguien desea negar su verdad o su solidez, la única dirección en la que puede avanzar históricamente no es hacia adelante, sino hacia atrás, hacia la época en que no había igualdad, ni derechos del individuo, ni gobierno del pueblo. Aquellos que desean avanzar en esa dirección no pueden reclamar progreso. Son reaccionarios. Sus ideas no son más modernas, sino más antiguas, que las de los Padres de la Revolución.
Por todo ello, pese a los Obama, Trump y compañía, pese a la tóxica exportación de teorías totalitarias desde sus universidades a nuestros propios países, pese a los abusos que con frecuencia cometen sus gobernantes y burócratas contra sus propios ciudadanos, pese al abandono de buena parte de la población de los ideales de sus fundadores, muchos liberales seguimos mirando a los Estados Unidos con una mezcla de envidia y admiración. Y la alegría de saber que un país fundado bajo premisas liberales puede sobrevivir 250 años.

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