Una investigación en los márgenes: “La ibogaína elimina el síndrome de abstinencia”

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Ana llevaba 17 años en tratamiento con metadona. No es una cifra que deba llamarnos la atención dentro de los programas de sustitución con opiáceos, pero sí da una medida del punto en el que estaba. Como me explicó José Carlos Bouso, uno de los principales investigadores españoles en el estudio de sustancias psicodélicas y autor de Medicina psiquedélica: Manual para pacientes, clínicos, usuarios y curiosos (Kairos, 2025): “Hay personas que pueden dejar la metadona a pelo y hay otras que no pueden nunca, por las razones que sean”. Ana estaba en ese segundo grupo. Simplemente, no podía.

Cuando se conocieron, Bouso estaba preparando un ensayo clínico para estudiar la ibogaína, un alcaloide que está presente en una planta africana que se llama Tabernanthe iboga, como tratamiento en la adicción a los opiáceos, pero aún no contaba con la autorización necesaria. El procedimiento administrativo seguía su curso y, como él mismo señala, “todavía estaba con todos los papeleos burocráticos para poder resolver la autorización del estudio”. Pero Ana no quería esperar y se lo dijo claramente: “Ya no quiero esperar. Si no formo parte de tu estudio, lo voy a tomar por mi cuenta”.

La frase colocó a Bouso ante un dilema ético. La sustancia de la que hablaban no era inocua. Él mismo lo advierte cuando recuerda que “la ibogaína mata a gente, sobre todo si se combina con opioides”. Sin embargo, la opción de no intervenir tampoco era segura porque Ana estaba dispuesta a seguir adelante. Así que el investigador tomó su decisión: “Si lo vas a tomar por tu cuenta, vamos a tratar de que no te mueras”.

Lo que vino después fue un ejemplo de cautela y ejercicio del principio de precaución. “Montamos un pequeño hospital de campaña en mi casa, con un electrocardiograma”. Todo ocurrió antes de que el ensayo clínico estuviera autorizado, pero fue a partir de ese momento cuando la experiencia clínica empezó a convertirse en un caso descrito con estándares científicos que posteriormente se publicaría en una revista científica especializada.

José Carlos Bouso investiga desde una posición poco habitual en el sistema científico español. Doctor en Farmacología Clínica, ha sido durante 14 años el director científico de la Fundación ICEERS, una entidad independiente dedicada a la investigación y a la reducción de riesgos en el uso de plantas psicoactivas, y actualmente es director científico de la Clínica Synaptica, una de las primeras clínicas de medicina psicodélica en España. No trabaja desde una gran universidad ni desde un hospital público, y eso, explica, tiene sus consecuencias: “Ser investigador independiente es muy difícil”. Pero la dificultad no se limita a la financiación. “Si no perteneces a una gran institución, a un hospital o a una universidad, siempre te miran con cierta condescendencia”, señala. Esa condescendencia le obliga a demostrar el doble o el triple. Con el tiempo, admite, el desgaste se acumula, sobre todo cuando se comparan trayectorias y resultados. “Cuando comparas tus publicaciones con las de colegas que están en instituciones súper potentes y ves que, en lo que importa, en la realidad científica, no tenemos nada que envidiar”, explica.

Y es precisamente ese lugar —fuera del carril más institucionalizado de la investigación biomédica— desde donde Bouso ha estudiado durante años la ibogaína, una sustancia, por cierto, prácticamente ausente del debate clínico convencional. El interés terapéutico por la ibogaína no tiene que ver con la promesa de curación total, sino con un efecto muy concreto porque se ha demostrado que “la ibogaína elimina el síndrome de abstinencia a opioides”. Al mismo tiempo, introduce un matiz que considera esencial para no generar falsas expectativas: “Eliminar el síndrome de abstinencia no te cura una adicción, en el supuesto de que la adicción fuera una enfermedad, que también habría que dudarlo”. La sustancia actúa sobre un momento muy crítico del proceso —la retirada de la droga—, pero no resuelve por sí sola los patrones conductuales asociados al consumo. “Cuando una persona con síndrome de abstinencia intenso toma ibogaína y a la media hora desaparece todo el síndrome de abstinencia, es como magia. Son sustancias que producen estados alterados de conciencia muy potentes y, si no vas a tener respaldo terapéutico o comunitario, es complicado”, subraya dejando claro que hay que ser especialmente prudente.

En el caso de Ana, el diseño del procedimiento se alejó de las formas informales que habían circulado durante años en entornos no clínicos. “Fuimos muy conservadores, hicimos algo que tampoco se había hecho nunca, que es empezar con dosis muy bajitas”. En palabras del propio Bouso, el objetivo era distanciarse de una cierta “tendencia” extendida en torno a esta sustancia: “Dentro de la subcultura médica de la ibogaína se han romantizado las dosis altas, las flood doses, para que induzca la experiencia espiritual intensa”. Frente a esa lógica, la postura fue otra: “Dijimos: para el carro, como farmacólogo sabes que cualquier tratamiento médico tiene que empezar siempre con una dosis muy baja”.

La primera administración tuvo un efecto relevante. Apenas produjo efecto en el electrocardiograma, pero eliminó durante siete horas el síndrome de abstinencia. Ese intervalo permitió observar algo clave para el diseño posterior del protocolo. La intervención no buscaba sustituir la metadona por la ibogaína, sino desbloquear un proceso que llevaba años estancado. “La lógica era reducir la tolerancia y poder ir a una dosis más baja de metadona”, explica. Tras ese primer periodo empezaron a reducir la dosis: “Después de esas siete horas sin síndrome de abstinencia, cuando volvió, en vez de tomar 35 mg de metadona, tomó 15”. Y fue suficiente porque esos 15 calmaron de nuevo el síndrome de abstinencia.

El proceso no se resolvió en una sola intervención. “Pasaron unos días, volvimos a darle ibogaína y se prolongó mucho más la ausencia de síndrome de abstinencia”. La repetición permitió observar un efecto acumulativo, siempre bajo supervisión y con ajustes progresivos. El resultado no pudo ser más esperanzador: en cuatro sesiones se había eliminado completamente el síndrome de abstinencia. Bouso ya tenía todo lo necesario para diseñar el ensayo clínico que se desarrollaría posteriormente en el Hospital Sant Joan de Reus, en colaboración con el equipo de la doctora Tre Borràs, codirectora del estudio. Los resultados principales de ese ensayo se han enviado ya a una revista científica internacional del grupo Nature y se encuentran actualmente en proceso de revisión, un paso que sitúa esta línea de investigación en un marco clínico y colaborativo más amplio.

Más allá de este caso particular, la ciencia acumulada sobre esta sustancia en el tratamiento de trastornos por uso de sustancias nos sugiere que la ibogaína y su principal metabolito, la noribogaína, interactúan con múltiples regiones del cerebro relacionadas con la dependencia y el control de impulsos. A un nivel más amplio, un meta-análisis publicado en 2025 en la revista Healthcare (MDPI) evaluó la evidencia disponible sobre tratamientos psicodélicos para tratar las adicciones. Dentro de ese conjunto de intervenciones, los autores observaron que la ibogaína mostraba efectos considerables en la reducción del consumo y de los síntomas de abstinencia. Sin embargo, y esto es crucial, la revisión también subraya que la evidencia sigue siendo preliminar y que se requieren ensayos más controlados para poder establecer con precisión su eficacia y seguridad.

La trayectoria de la investigación de Bouso evidencia que el desarrollo científico no depende únicamente de los datos, sino también del contexto institucional que los acoge. Su comparecencia ante la Natural Medicine Advisory Board de Colorado, que contribuyó a la autorización del uso de la ibogaína en la dependencia a opioides en ese estado, contrasta con la situación en España, donde trabajos similares avanzan con mayores dificultades y un respaldo limitado. En el ámbito de las adicciones, esta diferencia es todavía mayor. Durante años, la atención y los recursos se han concentrado en modelos biomédicos finalmente decepcionantes, mientras otras líneas de investigación más prometedoras continúan peleándose para abrirse camino.

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