Un dos, tres, muchos Vietnam

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Soldados yemeníes en una imagen del pasado 11 de marzo

Soldados yemeníes en una imagen del pasado 11 de marzoYAHYA ARHAB / EFE

Tantos y tan frecuentes han sido los mensajes erráticos de Trump desde su retorno a la Casa Blanca que también en esta ocasión, con la guerra en Irán empantanada, parecería que el mundo asiste a las idas y venidas de un presidente convencido de que ejercer el poder sólo consiste en exhibirse ejerciéndolo. La realidad, sin embargo, podría ser distinta ahora, tanto en lo que se refiere a los motivos por los que anuncia negociaciones y al mismo tiempo el envío de tropas a Irán, como también a las previsibles consecuencias sobre la hegemonía mundial de Estados Unidos, hoy en peligro. La realidad podría ser distinta porque, si se analizan con detenimiento, una y otra decisión, la decisión de negociar y la de enviar tropas, parecerían dirigidas a contrarrestar presiones de signo opuesto, unas reclamando el fin de la guerra y otras su continuación, hasta alcanzar algún objetivo que la convierta retrospectivamente en necesaria.

A favor de terminar la guerra se están manifestando las grandes corporaciones perjudicadas por el deterioro de la economía mundial, algunas potencias del Golfo que rechazan verse arrastradas al conflicto, un número creciente de líderes internacionales que no adivinan la salida al empate asimétrico entre los contendientes y, aunque en sordina por el momento, también los congresistas republicanos que advierten el riesgo de no revalidar su mandato en las elecciones parciales de noviembre. A todos ellos Trump les asegura que se esfuerza en negociar el fin de unas hostilidades que él mismo propició al romper en su primer mandato el acuerdo con Irán alcanzado por Obama, lanzar un ataque contra sus instalaciones nucleares el pasado mes de junio y autorizar ahora una agresión a gran escala sin cobertura legal, ni interna ni internacional.

Prolongar la guerra no llevará a la victoria a EE.UU. y causará una recesión mundial

Quienes presionan a Trump para que ponga fin al conflicto saben tan bien como él que cualquier solución diplomática equivale en este punto a una derrota militar, pero a esta cruda evidencia anteponen una certeza no menos cruda: prolongarlo no llevará a la victoria de Estados Unidos, y provocará una incontrolable recesión mundial. Paradójicamente, estos mismos argumentos son los que emplean quienes presionan a Trump para que siga adelante, alegando que cuando nada bueno cabe esperar en una coyuntura, la única alternativa es perseverar y ganar tiempo, confiando en que cambie. Netanyahu y su gobierno dan incluso una vuelta interesada al argumento, puesto que, a efectos de su estrategia, colocar el foco de la presión internacional en Estados Unidos y su guerra contra Irán lo aleja de la agresión que Israel perpetra contra el Líbano, además de su responsabilidad por haber arrastrado a Trump a una aventura insensata. De no alcanzar el objetivo máximo de destruir el régimen de los ayatolás, Israel se cree en condiciones de restablecer en Líbano la franja de seguridad de la que Hizbolá le obligó a retirarse en 2000.

Son estas presiones para prolongar la guerra las que Trump está tratando de contrarrestar anunciando el envío de tropas, mientra que al tiempo, y para contrarrestar las presiones contrarias, se compromete a buscar una salida diplomática. En la mentalidad de Trump, es probable que la incoherencia no lo parezca porque, para él, negociar es el nombre que recibe la humillación de la parte más débil cuando es forzada a ceder ante la más fuerte: Irán, parece pensar Trump, cederá ante la amenaza del envío de tropas y negociará, y habré tenido razón al hacer dos anuncios contradictorios. La incoherencia, sin embargo, existe, y Trump no podrá convivir con ella por tiempo indefinido, intentando liberarse de las presiones de uno y otro signo mediante la abolición de cualquier lógica que implique que, si se hace una cosa, es porque no se hace la contraria. Y más si se toma en consideración que la amenaza de enviar diez mil soldados para ocupar un país que se dispone a reclutar un millón resultaría ridícula sin el precedente de Vietnam, luego reiterado en Irak y Afganistán. Kennedy y Johnson también creyeron, como Trump, que bastaría un pequeño esfuerzo militar adicional para romper el empate asimétrico entre la parte más fuerte y la más débil.

Cuando Washington quiso reaccionar, la única salida practicable era poner fin a una guerra que nunca debió haber empezado, asumiendo la derrota. La misma derrota que, si nada lo remedia, estaría acechando en las decisiones de Trump.

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