Un verano sin Mundial es como cuando te quedaban para septiembre y te dejaban en casa estudiando, viendo desde la ventana cómo tus amigos jugaban al fútbol sin ti. Dos veranos sin Mundial es como el segundo verano que te pasa eso, y te planteas la vida. Tres veranos sin Mundial es una dimensión desconocida en términos de pérdida de identidad para un italiano. Con sentido de culpa, porque intuyen que se lo merecen, como si fuera la enésima confirmación de una decadencia que en este país se vive con fatalismo, como un hecho consumado. Pero esta confirmación es incomparablemente más dolorosa que, por ejemplo, el dato inmisericorde de la deuda pública. “Nos hemos acostumbrado a la mediocridad”, escribe este miércoles un cronista de La Repubblica, Maurizio Crosetti. “Nos extinguimos como la foca monje”, sentencia amargamente.
Italia es un país que vive con el retrovisor, mirando al pasado, que por supuesto siempre fue mucho mejor, y en su caso cómo vas a discutirlo. La gente tiene nostalgia del cine, la novela, la música de los sesenta, hasta del Renacimiento, y cuando se llega a los penaltis casi uno espera ver todavía a Rossi, o Baggio, o Pirlo, o Totti, o Del Piero, pero aparece un tal Esposito, que tienes que andar preguntando dónde juega. El golpe a la autoestima ha sido muy duro, porque a veces a un italiano solo le queda el fútbol. Es como una más de las bellas artes y les resulta inconcebible que no se les dé bien, como todas las demás. Es un fracaso casi artístico, como una ópera desastrosa o una cúpula que se derrumba.
Este miércoles no se hablaba de otra cosa, como en una sesión de terapia colectiva. En el bar, en el frutero, en los colegios. El más insultado es Bastoni, del Inter, expulsado por una falta que podía haberse ahorrado, y al que ahora todo el mundo vuelve a reprochar que contra la Juve forzó una roja, simulando una falta que no era, y se puso a celebrarlo. Se concluye que no tenía que haber sido convocado, como castigo a su falta de deportividad, y ha llegado una especie de punición divina. Sí, se llega a lo sobrenatural. Ahora se buscan culpables en una autoflagelación sistémica, se exige una refundación del calcio, que dimita todo el mundo.
Es una cuestión nacional. Hasta el ultraderechista Roberto Vanacci ha echado la culpa a la inmigración, porque los clubes están llenos de extranjeros. En la derecha se ha resentido la fibra patriótica y un diputado de Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni, ha pedido la comparecencia del ministro de Deporte, Andrea Abodi, para que dé explicaciones del “fracaso del fútbol italiano”. “Han robado un sueño a nuestros jóvenes”, ha clamado, pensando que es imposible que los veranos ya no sean como los de su juventud. El clima apocalíptico recuerda la eliminación de 1966 en el Mundial de Inglaterra, en un partido nefasto contra Corea del Norte, en que Italia también se quedó con 10. Quedó en la memoria como una pesadilla que nunca más se volvería a repetir. Pero ahora ya saben que hay algo peor.
La verdad es que esto viene de lejos, desde hace 20 años. Tras la victoria en el Mundial de 2006, la final del cabezazo de Zidane, empezó la cuesta abajo: hubo dos eliminaciones ramplonas en primera ronda en 2010 (pasaron Paraguay y Eslovaquia) y en 2014 (siguieron Costa Rica y Uruguay), y ya comenzó ese tú a tú con equipos a los que hace un tiempo se debería golear. Luego, una ausencia que llega hasta hoy, mejor dicho, hasta 2030 si hay suerte. Eso supone una generación de niños que no ha visto en su vida a Italia en el Mundial, algo que se teme pueda causar una mutación genética, pues pocas cosas están tan ligadas a los genes de un italiano como sufrir y gozar con la nazionale. Y desde luego un Mundial sin Italia no es lo mismo, les resulta tan inverosímil como si faltara Brasil, pero ya empieza a ser una costumbre. En 2018 Italia cayó ante Suecia, en 2022 con Macedonia, y ahora esto. Ya cualquier selección es peligrosa.
Ha quedado tocado algo muy profundo, pues no puedes estar esperando el milagro ante Bosnia, si acaso ante Alemania. Como siempre, confiaban en la providencia, en la genialidad, en la transformación heroica ante la adversidad. El fútbol da una ilusión de redención sobre una realidad que casi siempre es decepcionante, y es cierto que en Italia los milagros existen y a veces lo más realista es esperarlos. Quizá tiene la culpa España 82, que ha quedado como el mito definitivo, el modelo italiano que nos ha quedado a todos en la cabeza: llegaron tras un escándalo de apuestas, enfrentados a la prensa, empataron todos los partidos de la primera fase, pasaron de milagro y cayeron en un grupo letal con Brasil y Argentina. Parecía el fin, pero ahí se obró el milagro. Ganaron a los dos y luego a Alemania en la final.
También en este lento declive de los últimos años a veces el milagro se ha producido. Porque, de repente, Eurocopa de 2020: ganaron por penaltis la semifinal contra España y de nuevo por la tanda de pena máxima la final contra Inglaterra. En el fondo, contra Bosnia bastaba un poco de fortuna para pasar el mal trago y luego sería otra historia, se podía volver a soñar. Pero las sensaciones en el patatal bosnio fueron fuertemente negativas desde el principio. Se vivió por la tele con un presentimiento trágico: no eran mejores de lo que creían, no apareció otra Italia. Sin magia ni milagro, era la que se veía.

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