La segunda presidencia de Trump y su nueva Estrategia de Seguridad Nacional plantean muchas preguntas inquietantes sobre el futuro papel de EE.UU. en el mundo. ¿Está renunciando EE.UU. a su papel de liderazgo en los asuntos mundiales? ¿Se retira al hemisferio occidental y crea con ello un mundo definido por esferas de influencia? ¿Les importan todavía sus aliados y el orden basado en normas a los responsables políticos estadounidenses? ¿Son hoy el transaccionalismo y la negociación el espíritu dominante en EE.UU.? Nadie sabrá las respuestas a estas preguntas hasta dentro de un tiempo, pero el simple hecho de que nos las planteemos pone de manifiesto la magnitud del cambio que se avecina.
En medio de semejante incertidumbre en relación con la política exterior estadounidense, lo que está claro es que se trata de un momento de reordenación en los asuntos internacionales, un momento de rápido movimiento de las placas tectónicas de la geopolítica. De una reedición de lo ocurrido a finales de la década de 1940, pero esta vez con un papel estadounidense muy indefinido. Uno de los principales motores del actual momento, más allá del cambio de papel de EE.UU., es el auge de China. ¿Acabará China sustituyendo a EE.UU. como líder mundial? ¿Están EE.UU. y China enzarzados en una nueva guerra fría? ¿Podrán Washington y Beijing encontrar la vía hacia una coexistencia estable?
Responder a estas preguntas resulta fundamental para comprender hacia dónde se dirige el mundo. Son pocas las regiones, cuestiones o instituciones que no se ven afectadas por la dinámica cambiante entre Washington y Beijing.

En tanto que estudioso de la política internacional y antiguo responsable de la formulación de políticas (asesoré al presidente Obama en materia de política asiática), sostengo sin temor a equivocarme que hemos vuelto a la antaño familiar época de la política de las grandes potencias.
Y la competencia entre EE.UU. y China es el rasgo central de este período en evolución. Esta época se caracterizará por una lucha constante por el poder y la influencia, una carrera por la ventaja estratégica y los intentos de sortear los peligros de la competencia entre dos potencias nucleares.
Ahora bien, a diferencia de lo ocurrido durante la primera guerra fría, la actual competencia tiene lugar entre las dos economías más grandes del mundo, que están profundamente integradas entre sí y con el resto de la economía global. Esta competencia entre grandes potencias es única porque llega después de tres décadas de intensa globalización económica, financiera y tecnológica. Semejante hecho cambia fundamentalmente la naturaleza de la competencia, lo que complica aun más nuestras proyecciones de cara al futuro.
EE.UU., China y todos los países se enfrentan a una realidad geopolítica que tiene pocos precedentes en las relaciones internacionales modernas: la necesidad de equilibrar la intensificación de la competencia estratégica y la compleja interdependencia (económica, tecnológica e incluso ecológica). Para acabar de complicar la situación, todo ocurre en un período en el que la rápida innovación tecnológica (la llegada de la inteligencia artificial y la computación cuántica) ofrece la posibilidad de cambiar drásticamente las capacidades económicas y militares de todos los países, pero sobre todo de EE.UU. y China. Se trata de una terra incognita en la política mundial.
La estrategia de China
La estrategia y las políticas de China son fundamentales para comprender la naturaleza y las consecuencias de esta nueva época. China no es una caja negra, como afirman algunos. En realidad, el presidente Xi Jinping posee una visión clara del futuro de China y una visión igualmente clara de las políticas para alcanzarlo.
Xi quiere que China se convierta en una potencia mundial, pero no de la forma en que creen muchos políticos y académicos occidentales. China quiere ser una superpotencia económica, tecnológica y militar mundial para que los demás la respeten y así poder actuar sin trabas en busca de sus intereses (tal como ella los defina). Su estrategia global se centra sobre todo en la libertad de acción y en la libertad frente a limitaciones y coacciones. China quiere un orden internacional que sea estable, que le permita prosperar e innovar, que no la limite ni la critique y que le permita resolver todas las cuestiones que afecten a la legitimidad del Partido Comunista Chino (PCCh).
China quiere un orden internacional que sea estable, que le permita prosperar e innovar, que no la limite ni la critique y que se le permita resolver las cuestiones que afectan a la legitimidad del PCCh
En la medida en que existen ideas más generales detrás de la diplomacia china, lo que Beijing busca es legitimar sus opciones de gobernanza interna y global. El país no está tan interesado en exportar el marxismo-leninismo como en garantizar que su sistema político autoritario y su economía de capitalismo de Estado se consideren tan legítimos y quizás más eficaces que las opciones de EE.UU. y Occidente (es decir, el capitalismo democrático). China busca materializar el papel del Estado en la gobernanza, centrándose en la estabilidad social y política; al hacerlo, Beijing busca mejorar la credibilidad de Xi y del PCCh gobernante en la dirección de la política exterior.
En lo que se refiere a la competencia con EE.UU., China no está aplicando exactamente el manual soviético. China quiere desplazar a EE.UU. como potencia mundial más que sustituirlo.
No quiere las obligaciones ni los costes asociados a la construcción y el funcionamiento de un orden internacional, como hizo EE.UU. tras la Segunda Guerra Mundial. No quiere estar sujeta a nada parecido a un orden basado en normas, considerado como un conjunto de cargas y limitaciones. No le interesa asumir compromisos para preservar la seguridad y la prosperidad ajenas. El suministro de bienes públicos nunca ha formado parte de su visión.

En cambio, quiere reducir el poder de EE.UU. de manera que el PCCh tenga plena libertad para alcanzar sus objetivos de riqueza, poder, seguridad y continuidad en el poder. Por lo tanto, el desplazamiento de EE.UU. como primera potencia trata ante todo de eliminar las limitaciones y las oportunidades de que otros presionen a China, al tiempo que se valida al PCCh en el plano internacional. A eso se refieren los funcionarios chinos cuando hablan de fomentar un orden mundial más “igualitario y justo”.
Desde luego, es posible que, a medida que China se vuelva más poderosa e influyente en el mundo, sus ambiciones se amplíen. Se trata de una pregunta muy antigua en relación con las potencias nacientes: ¿cambian sus ambiciones a medida que se amplían sus capacidades?
Nadie sabe la respuesta, quizás ni siquiera los dirigentes chinos. La dirección política que venga después de Xi Jinping tendrá una gran influencia en ese asunto. En la actualidad, lo que está claro es que, a medida que los intereses económicos globales de China se expandan geográficamente, eso generará más intereses políticos e incluso, quizás, de seguridad. Vale la pena estar atentos a ese tipo de tendencias.
Vínculos económicos y tecnologías de futuro
Xi ha adoptado dos políticas principales para alcanzar sus objetivos internacionales. La primera es fomentar los vínculos y las dependencias económicas. China se ha dedicado a ampliar sus vínculos comerciales y de inversión con países de todo el mundo con el fin de acceder a los insumos necesarios para el crecimiento y la innovación: energía, recursos, alimentos y tecnología. Al hacerlo, ha creado deliberadamente dependencias (reales y percibidas) que Beijing utiliza para influir en las decisiones de los países, como el hecho de no unirse a los bloques antichinos encabezados por EE.UU.
En la actualidad, China es el principal socio comercial de unos 150 países, y la lista sigue creciendo. China quiere ser la economía indispensable y usa esas dependencias como arma para convencer/coaccionar a los países y lograr que cedan ante ella.
Xi ha reformado la economía china para que dependa menos de otros países y aumente la dependencia de estos respecto a China. Busca maximizar las capacidades nacionales y minimizar sus vulnerabilidades
Una segunda política china ha consistido en realizar inversiones masivas en capacidad industrial para posicionarse como líder en tecnologías clave del futuro (por ejemplo, en energía limpia y vehículos eléctricos). Tras haber sido testigo del auge de EE.UU. en el siglo XX, Xi cree que el dominio tecnológico es fundamental para el poder y la influencia nacionales. Las inversiones nacionales también están diseñadas para que China sea lo más autosuficiente posible y no sea vulnerable a la presión exterior.
Xi está reestructurando eficazmente la economía china, de modo que dependa menos de otros países y aumente la dependencia de estos respecto a China. El objetivo esencial es maximizar las capacidades nacionales de China (y su fortaleza) y minimizar sus vulnerabilidades. Hasta ahora, está funcionando.
El país ha logrado grandes avances en todos esos objetivos. China es una superpotencia manufacturera y está a la vanguardia de la producción de vehículos eléctricos, baterías, energía limpia, biotecnología y muchos productos electrónicos de consumo.
El dominio de China sobre la industria mundial de las tierras raras le ha dado una gran ventaja en las negociaciones con EE.UU. y ha obligado al equipo de Trump a dar marcha atrás en su guerra comercial. China ha utilizado todas esas herramientas para impedir la formación de coaliciones mundiales de países que podrían contenerla económica y tecnológicamente.
Costes y riesgos
Hay otra cara de la moneda. Las decisiones políticas de China han conllevado costes y riesgos considerables. Para alcanzar los objetivos mencionados, Xi ha destinado durante los últimos cinco años una enorme cantidad de capital a proyectos industriales y tecnológicos. El precio ha sido que los consumidores y las compañías privadas chinas han tenido que soportar deflación, bajos beneficios y estancamiento salarial. Por ello, la economía no está creciendo de forma sustancial (se ha estancado en torno a un 65% del PIB estadounidense), por más que el país se haya convertido en una superpotencia mundial en la fabricación de alta tecnología.
Para mantener esa economía de dos velocidades, China necesita exportar cada vez más sus productos manufacturados, porque los consumidores chinos no los compran. Eso le ha supuesto un revés en los mercados de todo el mundo. Los responsables políticos europeos hablan ahora de un “shock chino” que afecta a sus economías. No está claro cuánto tiempo será sostenible semejante situación, tanto en el plano interno chino como en el internacional.

Por otra parte, la economía china también se enfrenta a una serie de retos estructurales a largo plazo. Las tendencias demográficas son peligrosas: la población total se reduce (por primera vez en la historia), y la población de edad avanzada sobrepasa con rapidez a la población en edad de trabajar (lo que crea un precipicio fiscal). Xi no tiene una solución clara para ello, salvo esperar que el crecimiento del PIB y la fabricación automatizada amortigüen el problema.
La deuda china es de aproximadamente un 300% del PIB y muchos gobiernos locales se encuentran en bancarrota. Los bancos chinos vuelven a estar repletos de deuda incobrable. Eso significa que China necesita mantener cerrada su cuenta de capitales y que el yuan no puede ser una moneda de libre flotación, con lo que cede al dólar estadounidense el liderazgo financiero mundial.
La política de EE.UU. y la lucha por el dominio
La política estadounidense constituye la otra parte de la ecuación e influirá de forma importante en el resultado de la disputa por el poder y la influencia entre Washington y Beijing. Resulta una obviedad señalar que el presidente Trump está cambiando el papel de EE.UU. en el mundo de una forma sustancial y es posible que duradera. No se está retirando del mundo, pero está cambiando las prioridades tradicionales de EE.UU. Eso está obligando a los países a cambiar sus puntos de vista en relación con Washington, lo que incluye depender menos del poder estadounidense.
Tal como se refleja en la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre del 2025, Trump se está distanciando de Europa y minimiza las amenazas a la seguridad planteadas por Rusia y China (y, en especial, los vínculos que mantienen con Corea del Norte e Irán). Trump ve a China sobre todo como un rival económico y tecnológico. Es indiferente en lo que respecta a la promoción de la democracia y la coordinación entre los países; es crítico con sus aliados y quiere que todos hagan más.
El cambio en las prioridades de EE.UU. da tiempo a Beijing para reducir vulnerabilidades, reformar la economía, ampliar las capacidades tecnológicas y modernizar el ejército
De modo similar, desdeña la mayoría de las organizaciones multilaterales y prefiere crear otras propias hechas a su medida. En conjunto, está sustituyendo la visión y los valores comúnmente asociados con un orden liberal basado en normas por una serie de transacciones destinadas a servir intereses estadounidenses puntuales. Todo ello supone una importante reconceptualización del papel de EE.UU. en el mundo, y el mundo ya ha empezado a reaccionar.
China percibe el actual momento como una oportunidad estratégica increíble. A Beijing, el cambio en las prioridades estadounidenses le proporciona tiempo para aumentar su autosuficiencia, reducir vulnerabilidades, reformar y transformar la economía, ampliar las capacidades tecnológicas y modernizar aun más el ejército. Beijing está convencido de encontrarse en una trayectoria que le permitirá mejorar la influencia sobre Washington, pero necesita más tiempo para reforzarse.
En segundo lugar, Beijing cree que Trump no solo está enajenando a sus aliados y socios tradicionales, sino que también se está distanciando de los países del Sur Global, que son un 85% de la población mundial y casi un 40% del PIB. China está utilizando las políticas de Trump para posicionarse como el faro de la globalización y el multilateralismo y presentarse así como una alternativa natural a un EE.UU. egoísta y transaccional. Y una de las cuestiones más importantes en los asuntos mundiales actuales es el modo y la medida en que Beijing aprovecha esta oportunidad.

Sin duda, las acciones de Trump en el último año hacen que sea fácil olvidar las fortalezas perdurables del sistema estadounidense. EE.UU. sigue poseyendo una de las economías más innovadoras y energéticamente independientes del mundo, un sólido sistema financiero basado en la moneda de reserva mundial, importantes ventajas tecnológicas, un sistema universitario de primera categoría y poder blando. Ahora bien, nada de eso es permanente y algunas cosas son bastante frágiles (por ejemplo, el poder blando). Trump está causando daños justo cuando China está obteniendo beneficios. Ahora es la primera potencia manufacturera del mundo y domina la fabricación avanzada en importantes sectores del futuro, como los vehículos eléctricos, la energía limpia y las baterías.
En cuestiones militares y de seguridad nacional, China ha construido un ejército grande y muy avanzado tecnológicamente que rivaliza con algunas capacidades de EE.UU. Por ejemplo, tiene la fuerza de misiles más grande y avanzada del mundo. Sin embargo, el país no ha estado en guerra desde 1979 (cuando Vietnam lo derrotó), y Xi acaba de purgar a varios de sus principales jefes militares. EE.UU., en cambio, ha estado en guerra de modo casi continuo en los últimos veinticinco años. En Asia, EE.UU. y China están inmersos en una carrera armamentística, tanto convencional como nuclear. Por lo tanto, a día de hoy, el equilibrio del poder y la influencia mundial siguen siendo decididamente inciertos, ya que ambas partes desarrollan sus capacidades internas y luchan por obtener influencia y ventajas internacionales.
El punto de fricción y el futuro
Lo que ocurre en Asia, ocurre en el mundo. La dinámica entre EE.UU. y China analizada en este ensayo se desarrollará, ante todo, en la región Asia-Pacífico. Los intereses y las estrategias de EE.UU. y China se cruzan en esa región más que en cualquier otra. Al hacerlo, la dinámica regional en Asia ofrece una perspectiva sobre las cuestiones más amplias que se plantean en este ensayo: ¿dominará China el futuro a expensas de EE.UU.?
La región de Asia-Pacífico es el punto de fricción de la competencia entre EE.UU. y China y, en particular, del esfuerzo de China por desplazar el poder estadounidense. China considera Asia como su patio trasero estratégico y la región en la que ha disfrutado históricamente de hegemonía. Beijing quiere recuperarla y está utilizando todas sus herramientas (la dependencia y la coacción) para crear meticulosamente las condiciones que le permitan dominar la región. China es ahora el principal socio comercial de todas las principales economías asiáticas; y su ejército, con tres portaaviones operativos, puede hoy proyectar y mantener su fuerza militar en toda Asia.
China está utilizando las políticas de Trump para posicionarse como el faro de la globalización y el multilateralismo y presentarse como una alternativa natural a un EE.UU. egoísta y transaccional
Sin embargo, el país se enfrenta a formidables obstáculos a su hegemonía. EE.UU. tiene cinco aliados con los que ha firmado tratados en Asia y ha sido el proveedor de seguridad preferido de muchos países durante más de setenta años. Es una potencia residente, para gran disgusto de China. El territorio estadounidense está lejos de Asia, lo que hace que su poder sea menos amenazante y más predecible (en cambio China está presente, es grande y está creciendo). Washington, a diferencia de China, ha sido un proveedor frecuente de bienes públicos, como la asistencia rápida en crisis humanitarias y desastres naturales. La salida de EE.UU. de Asia podría dar lugar a una remilitarización regional y una inestabilidad general entre muchos países.
Además, el mercado estadounidense sigue siendo un destino importante para la mayoría de los exportadores asiáticos, dado el gran tamaño de la economía estadounidense (y lo mismo ocurre con Europa). Hoy en día, EE.UU. es el principal inversor en la mayoría de los países asiáticos (en términos de volumen acumulado), pero China encabeza hoy en muchos el flujo de inversión anual. El dólar estadounidense (y los mercados financieros estadounidenses) siguen siendo puntos de referencia fundamentales para todos los responsables de la política económica y los bancos centrales asiáticos. China no puede suplir nada de todo eso a corto plazo.

Si la historia de Asia puede enseñarnos algo, es que la región tiene voz y voto en quién domina. El futuro de la región estará determinado tanto (si no más) por las reacciones regionales a la competencia entre EE.UU. y China como por las decisiones de Xi y Trump. Los académicos y los responsables políticos occidentales suelen describir la realidad geopolítica fundamental de Asia de la siguiente manera: ningún dirigente asiático quiere elegir entre EE.UU. y China. Se trata de una obviedad que se ha reflejado en su comportamiento en los últimos años. Sin embargo, esa afirmación tiene un corolario tácito que rara vez se menciona: nadie en Asia quiere que China domine. El poder chino es demasiado impredecible y coercitivo para dejarlo sin control. Por lo tanto, la realidad estratégica de Asia se situará entre esas dos posibilidades.
Lo mismo puede decirse de muchas otras partes del mundo y, sobre todo, del Sur Global. Nadie quiere elegir, pero tampoco quiere nadie que una sola potencia, Washington o Beijing, le dicte lo que debe hacer. La competencia entre EE.UU. y China ofrece una gran oportunidad a los países desarrollados y también a los países en desarrollo, al menos a los más astutos. La oportunidad consiste en beneficiarse de ambas partes: acceso a mercados e inversiones, provisión de bienes públicos, compromisos de seguridad (cuando sea necesario), participación en la elaboración de normas y margen para negociar el precio adecuado para todo ello.
Al tiempo que los países van averiguando el modo de posicionarse en este nuevo mundo, la actual política internacional se vuelve más fluida y dinámica que en cualquier otro período desde principios del siglo XX. Los países del Sur Global y las potencias medias tienen más capacidad y poder de acción que en cualquier otra época anterior de los asuntos globales, y están deseosos de utilizarlos. Por lo tanto, en relación con la pregunta de si China dominará el futuro, la respuesta más clara en estos tiempos de incertidumbre es que el futuro lo tiene más perdido EE.UU. que ganado China.
Evan S. Medeiros es titular de la cátedra Familia Penner y director de Estudios Asiáticos en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. Formó parte, como asesor principal sobre China y Asia, del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca bajo la presidencia de Obama entre el 2009 y el 2015
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