
Ante las escuelas italianas, esta mañana, las caras de los chavales eran de puro desconcierto. Hay toda una generación que nunca ha visto a Italia en un Mundial. La gloria y las cuatro estrellas que brillan en la camiseta azzurra empiezan a ser arqueología: la selección no volverá a jugar un Mundial hasta 2030 y lleva 20 años sin alcanzar unos octavos de final. Luego derrotas, fiascos, polémicas y el pantano. “¿Por quién animamos este año?” es la pregunta penosa de un país ya acostumbrado a ver los Mundiales con interés y distancia, como si fuera la NBA.
Ha sido una noche terrible para el calcio: jugarse la dignidad deportiva en los penaltis, en un campo de 5.000 plazas de una pequeña ciudad de Bosnia, y perderla, ha sido la humillación definitiva para un sistema que ya no se sostiene.
A los pocos segundos del gol de un tal Esmir Bajraktarević, que decretó la tercera exclusión consecutiva de Italia de un Mundial, empezó el juicio público a la federación. Los partidos emitieron comunicados durísimos con peticiones de dimisión para el presidente de la FIGC, Gabriele Gravina, que aplazó cualquier decisión a la próxima semana y ratificó al seleccionador Gennaro Gattuso y al dirigente Gigi Buffon. De madrugada, el presidente del Senado, Ignazio La Russa, segunda autoridad del Estado según la Constitución, escribió de impulso en sus redes sociales, acusando a todos, incluso a Gattuso, culpable —según él— de haber errado el orden de los lanzadores al empezar con un veinteañero, Pio Esposito, interista (como el propio La Russa). El teatro está completo.
Cúpula deportiva Bajo asedio
La presión política se dispara y apunta a la cúpula de la federación
También la Rai, la televisión pública, quedó en el punto de mira, culpable a ojos de los aficionados de haber elogiado el espíritu del equipo de Gattuso y de atribuir la derrota al árbitro francés Turpin por varias decisiones controvertidas: un posible toque de mano de Edin Džeko en la jugada del empate bosnio y una expulsión no señalada en la prórroga.
El análisis de la derrota será largo y quizá inútil. También porque las contradicciones son evidentes. Las selecciones juveniles, empezando por la sub-21, funcionan bien y siguen generando talento que luego se pierde, para dejar paso a jugadores extranjeros, más hechos físicamente pero sin recorrido. En otros deportes, Italia vive una época dorada —y no solo por Jannik Sinner—: récord de medallas en los Juegos Olímpicos de invierno, la victoria sobre Inglaterra en rugby, triunfos en voleibol y atletismo.
La paradoja
El fútbol base y el deporte italiano están en auge, pero la Serie A se hunde
En cambio, la Serie A flota en una mediocridad absoluta: este año ningún equipo italiano ha superado los octavos de final de la Champions League y solo el Bolonia resiste en la Europa League. El único equipo que arranca aplausos, el Como de Cesc Fàbregas, ni siquiera tiene un italiano en el once titular. Y la lista de desastres podría seguir.
Ahora todos tienen una receta: invertir en las canteras, abrirse a la multiculturalidad como en otros deportes (y en otros países europeos), poner límites salariales, dar más espacio a la selección, hoy completamente descuidada por los verdaderos dueños del sistema, los propietarios —casi todos extranjeros— de los clubes.
Las caras de los chavales siguen perplejas: “¿Animamos a Lamine Yamal o a Erling Haaland?”.

Hace 9 horas
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