Qué semana más divertida. En este primaveral fin de semana, previo a Sant Jordi, no tenemos jornada de Liga. Pero hemos vivido unos días apasionantes de fútbol gracias a la Liga de Campeones. A veces, incluso en la adversidad, o quizá sobre todo en la adversidad, conviene recordar cómo somos de afortunados, los aficionados al fútbol, y en especial los barcelonistas, de poder disfrutar de ratos como los que hemos disfrutado esta semana. Después de un partido eléctrico de emoción, el martes en el Metropolitano, que empezó tempranera, con la jugada del primer gol de Lamine, que nos prometía una hora y media de sufrimiento jubiloso, ahora mismo me cuesta ver la cruel eliminación del Barça como un descalabro. Sin duda que lo es, como lo fue el año pasado en Milán. Pero en el orgullo que este equipo nos hace sentir, como culés, por el carácter, por la fe, por la desenvoltura y por la determinación que volvieron a demostrar, por la juventud y el talento que lucen, hay una chispa que anticipa mil y uno gloriosos incendios. Después, ver caer al Real Madrid en esta misma orgía de chiripas inexplicables y de sorprendentes infortunios, de aciertos y desaciertos milimétricos, en esta sucesión macabra de detallitos definitivos e irreversibles, confirmaba esta cualidad alocada de la competición.
El componente de ruleta de la fortuna que tiene la Champions se hace obvio en semanas como esta
Hace unos días, antes de estos dos encuentros, en una entrevista micro en mano para la televisión, Pep Guardiola ya anticipaba que “en la Champions League, el juego no decide si sigues o no. Hay emoción, los porteros tienen que detener las que les llegan, los delanteros meterlas y la influencia de los árbitros es muy grande. En las ligas, no. Las ligas dependen de cómo crece el equipo durante el año y solo te salva el juego. Si no juegas bien, no ganas la liga”. Este componente de ruleta de la fortuna que tiene la Liga de Campeones se hace muy obvio en semanas como la que acabamos de vivir. Barça y Madrid han quedado eliminados por detalles. Y no obstante, tengo la sensación que es precisamente por este predominio de los factores azarosos que la competición permanece tan atractiva y es el trofeo más deseado por jugadores y aficionados. Tanto es así que, aunque nadie rebate el argumento que las ligas son la medida real de la calidad de los equipos, “ esa copa tan linda” sigue siendo la niña de los ojos de todo el mundo. En toda actividad humana hay un desafío a la suerte que, en esencia, consiste en negar el absoluto de su poder. Pero me atrevería a decir que en el deporte, el desafío es mucho más atrevido. Hasta la tontería, de hecho, porque las condiciones de partida para el deporte, la pelota, las piernas, la raqueta, la canasta, el aliento, el agua, el césped, la nieve, no son mucho más fiables que el dado.

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