El periodista condenado a cuatro años por investigar el espionaje ruso: “Tratan de silenciarme, pero seguiré trabajando pase lo que pase”

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Sus amistades se rompieron al mismo tiempo que se extinguía la libertad en Rusia. Los periodistas Irina Borogán (51 años, Moscú) y Andréi Soldátov (50 años, Moscú), investigadores de los entresijos de los servicios de seguridad rusos desde hace tres décadas, reflejan en su último libro, Our Dear Friends in Moscow: The Inside Story of a Broken Generation, cómo una generación preparada, informada y cosmopolita abrazó el putinismo; y cómo demócratas y autoritarismo no pueden coexistir en una misma sociedad a largo plazo. Hoy esta pareja vive en el exilio mientras sus viejos amigos han llegado lejos dentro de la propaganda y del Gobierno ruso. Una vida más placentera, pero atada al futuro del régimen. Y el futuro pinta oscuro: “Los servicios de inteligencia rusos creen que están en una guerra eterna contra Occidente, una lucha que nunca terminará”, advierte Borogán junto a Soldátov en una entrevista por videoconferencia.

Una vez desatada la maquinaria represiva, esta nunca parará por sí sola. Este lunes, después de realizarse esta entrevista, la justicia rusa recurrió a su etiqueta de agentes extranjeros para condenar a Soldátov a cuatro años de prisión y prohibirle gestionar la web de su propia plataforma de investigación. “Esta sentencia es un claro intento de silenciarme para que deje de trabajar como periodista. Continuaré haciéndolo pase lo que pase”, respondió el experto a este periódico por teléfono.

Borogán y Soldátov conocen a fondo el pensamiento de los silovikí, la élite de las fuerzas de seguridad rusas. Fundadores del portal Agentura, revelaron en 2012 la videovigilancia masiva de Putin y, 10 años después, sus purgas parciales dentro del Servicio Federal de Seguridad (FSB) y otras agencias de espionaje por su fracaso en la planificación de la invasión de Ucrania.

Según la lógica de la inteligencia rusa, Moscú ganó a Occidente en su “guerra centenaria” en el periodo entre 1917 y 1945, después perdió la Guerra Fría al colapsar la URSS en 1991, y hoy libra otra batalla contra Europa que va más allá de Ucrania.

Ambos periodistas remarcan que el ejército y el FSB [heredero del KGB] cayeron en el abandono tras el colapso soviético y este trauma marca hoy a sus mandos. “Tienen una visión muy sombría del futuro y no creen que sea posible ningún tipo de escenario positivo para Rusia. Incluso siendo conscientes de lo terrible que es esta guerra, piensan que pararla o perderla será peor que en 1991 y Rusia se derrumbará”, afirma Soldátov durante la entrevista.

La gran obsesión del KGB y el FSB ha sido históricamente el espionaje británico, no el estadounidense. Cuando acabó la censura soviética, las novelas de espías de Graham Greene, Ian Fleming y John le Carré coparon las librerías rusas. Y estas obras, especialmente las de Le carré, se convirtieron en las favoritas de los jefes del espionaje ruso y en un arma propagandística del Servicio de Inteligencia Exterior [SVR], que ha filtrado documentos secretos de forma selectiva a cineastas y novelistas occidentales para construir su relato a medida.

“El KGB temía sufrir una depuración como la Stasi [alemana], así que se esforzaron en crear una narrativa completamente falsa de que todas las agencias de inteligencia del mundo hacían lo mismo”, apunta Soldátov.

“Y esto es falso porque las agencias de inteligencia soviéticas asesinaron, apresaron y se llevaron a campos de concentración a mucha gente. Las europeas, no”, enfatiza al explicar la diferencia fundamental entre el espionaje occidental y el ruso.

“La CIA no tiene como tarea principal proteger el régimen político estadounidense, hay otras labores prioritarias, sobre todo actividades de inteligencia. Para los servicios de inteligencia soviéticos y rusos la misión principal ha sido siempre proteger su régimen político. El resto, la recopilación de inteligencia, la guerra y las operaciones de sabotaje, son secundarias”, explica el experto. “Por eso son tan agresivos y crueles, creen que cualquier método es válido para protegerlo”.

Aun así, pase lo que pase con la guerra de Ucrania, Borogán y Soldátov creen que Putin no abandonará su obsesión por Europa y mantendrá sus operaciones híbridas contra Alemania, Francia, Polonia, el Reino Unido y, especialmente, los países bálticos. Y el FSB cuenta hoy con un arma que no tenía el KGB: internet.

“Antes, cuando se reclutaba a un agente, este sabía que trabajaba para un servicio de inteligencia y conocía los riesgos. Hoy se puede dividir el sabotaje en varias partes y nadie sabe que trabaja para espías. A uno se le paga por mirar la ubicación, a otro por transportar un paquete en el que hay un artefacto explosivo oculto, y a un tercero por apretar el botón”, afirma Soldátov.

“[El espionaje ruso] puede causar daños masivos, incendiar un almacén, sin entablar ningún contacto en persona. Lo organiza a través de cualquier servicio de mensajería segura, como Telegram, reclutando a gente que si es descubierta solo podrá decir que un desconocido les pagó por ello”, explica Borogán antes de recalcar el bajo coste de estas operaciones: “El KGB necesitaba a alguien en el terreno en los años ochenta, era carísimo y se podía rastrear; hoy cuesta 1.000 o 500 euros y no deja pistas. Es fantástico para las agencias de inteligencia”.

Precisamente Telegram se enfrenta hoy a una enorme presión judicial en varios países, desde Francia a Rusia. Las relaciones de su fundador, Pável Dúrov, con las autoridades son bastante opacas, “pero una cosa está clara -apunta Soldátov-, Telegram ha sido utilizado activamente por muchos servicios de inteligencia: rusos, ucranios, bielorrusos y europeos, y cada agencia de inteligencia intenta mejorar su posición allí, incluso ejerciendo presión personal sobre Dúrov”.

En Rusia operan varias agencias de inteligencia: el FSB, el SVR y la Dirección Principal del Alto Estado Mayor de las Fuerzas Armadas (GRU). Según Borogán, Putin tiene a todas bajo control.

“Es un hombre muy inteligente”, añade Andréi. Tras hacer carrera en el KGB, Putin conoció de cerca el bandidaje al trabajar en la alcaldía de San Petersburgo en los noventa. “Nunca en la historia un exalumno de la KGB había gobernado Rusia y o la Unión Soviética. Incluso [Yuri] Andrópov no era un oficial de carrera. Putin es la primera persona del sistema en dirigir el país”.

“Es él quien decide qué operaciones se llevan a cabo y cuáles son sus posiciones. No se da una situación como en los noventa, cuando una agencia de inteligencia podía usar material comprometedor para cambiar la postura del presidente”, apuntan.

Además, “la rivalidad entre agencias ha disminuido durante la guerra porque reciben muchos recursos. No es como en la época de Yeltsin, cuando este las enfrentaba para mantener el equilibrio. Ahora, todas las agencias de inteligencia se centran en el esfuerzo militar y mantener la estabilidad social mediante la represión”, señala Irina. “Tienen carta blanca y pueden usar mecanismos que antes no usaban”, afirma la periodista.

El Kremlin mantiene al ejército atado en corto, especialmente tras la detención de varios generales tras el motín del Grupo Wagner en 2023 y la sustitución del ministro de Defensa Serguéi Shoigú por un economista próximo a Putin, Andréi Beloúsov, en 2024. Esta purga se ha extendido con el arresto de varios miembros del clan Shoigú desde entonces, incluida su mano derecha, el exviceministro de Defensa Ruslán Tsalikov, a principios de marzo de este año.

“Beloúsov trabaja en estrecha colaboración con el Departamento de Contrainteligencia Militar del FSB”, explica Soldátov. “Incluso aquellos que apoyan la guerra, pero no están satisfechos con ciertas cosas en el frente, tienen mucho miedo de expresar sus opiniones. Ya no hay blogueros nacionalistas independientes”, añade el experto. “Todos se han dado cuenta de que es mejor no hablar”.

Rusia puede ser una democracia

Andréi e Irina desmienten el mito de que Rusia solo puede existir bajo un líder fuerte. “Parece que Estados Unidos, Francia o España pueden prosperar por sí solos; pero Rusia no, su pueblo es inútil y solo hay un líder, Putin, que parece una especie de encarnación de Dios en la tierra. Eso es mentira. Hemos visto una democracia frágil en Rusia, pero democracia al fin y al cabo. Estoy segura de que veremos más”, afirma Borogán.

Cuando ambos comenzaron su carrera en el periodismo a principio de los 2000, en las redacciones no había veteranos de los tiempo soviéticos: ellos no encontraron su sitio en la democracia. Borogán y Soldátov piensan que esta misma amenaza sobrevuela las redacciones de los medios del Kremlin hoy.

“El periodismo presupone la existencia de normas éticas —manifiesta Soldátov—. Mucha gente probablemente no encontrará su lugar en una Rusia democrática porque simplemente no entiende lo que es el periodismo. El periodismo no consiste en servir a las autoridades y decir palabras bonitas para el Kremlin".

La guerra ha metido a Rusia en una trampa que dificulta la reintegración de su aparato todavía más que tras la disolución de la URSS. “La élite está sancionada. Es posible que se enfrente a algún tipo de castigo [si hay grandes cambios]. Por eso cree que debe unirse en torno a Putin, no tienen futuro sin él”, remarca Borogán.

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