“En medio del camino de la vida…”, Dante Alighieri.
Fue una mañana de marzo de 1996 cuando recibí su llamada telefónica y sostuvimos la conversación que cambió mi vida. Entonces yo estaba justo en medio del camino de la vida que he recorrido hasta ahora. Era un todavía joven escritor de treinta y cinco años, con algunas penas y ninguna gloria que, poco antes, había hecho una apuesta arriesgada: había dejado mi trabajo como jefe de redacción de una revista cultural y me había convertido, legal y oficialmente, en el primer escritor independiente cubano. Cuando miro hacia ese momento, todavía me parece increíble que hubiera optado por tomar semejante decisión: estábamos viviendo en un país en profunda crisis económica como era la Cuba de ese tiempo (la crisis cubana interminable), apenas teníamos dinero para seguir subsistiendo malamente y, como escritor, ni la sombra de un editor en el horizonte. Pero yo solo quería escribir y me había lanzado al vacío.
Pero ahora creo que, como parece que dijo Marco Aurelio (según los hermanos Glass de las obras de Salinger) que “aquello estaba deseando ocurrir”. Y lo primero que ocurrió fue que, tres meses después de vencida la fecha estipulada, había recibido la noticia de que mi novela Máscaras había ganado el Premio Café Gijón de 1995, concedido en enero de 1996, trece días después de mi conversión en escritor independiente. Entonces algo cambiaba: de pronto tenía un premio internacional que ya no esperaba y hasta contaba con un dinero que me salvaba de la inopia, lo cual ya era mucho pedir. Pero nada más. Podría decir, como cubano de finales del siglo XX, que del tórrido infierno de la incertidumbre había pasado al purgatorio de una cierta convicción de que tal vez habría alguna salida… Y entonces sonó el teléfono que me abrió las puertas de lo que sería mi paraíso como escritor.
Ni en mis sueños más desbocados yo habría podido barruntar que algo así podría ocurrirme y esa mañana de marzo de 1996 me estaba sucediendo: al otro lado de la línea, Beatriz de Moura, la fundadora y directora de la editorial Tusquets, me decía que había leído mi novela ganadora del Café Gijón y que me proponía publicarla.
Creo que a cualquier escritor de la lengua una llamada así lo habría removido hasta las entrañas. Pero, para ese joven escritor cubano que era yo, sin otros medios de vida, sin trabajo y sin editor, aquella propuesta inesperada, llegada del sitio más codiciado —esa ya mítica editorial Tusquets, la de Milan Kundera, John Irving, Marguerite Duras, las novelas eróticas de la colección La Sonrisa Vertical—, superaba todo lo que hubiera podido soñar. Mi vida, en el plazo de unos cinco minutos de conversación telefónica, daba un salto mortal hacia lo que cualquier autor podía pretender y yo alcanzaba así, en un instante mágico y revelador y trascendente.
Tres meses después, llegado a España para recibir mi Premio Café Gijón —fue apenas un portentoso cheque, aunque sin ceremonia y ni siquiera un diploma para archivar—, mi esposa Lucía y yo nos trasladamos a Barcelona y entramos por primera vez en los dominios del reino maravilloso de Beatriz de Moura, las estrechas y atestadas oficinas de la calle Iradier. Allí, luego de una primera conversación con Antonio López Lamadrid, director comercial de la casa —un señor que sería también una de las personas más importantes de mi vida, quizás la que más confianza tuvo en lo que yo podría llegar a alcanzar con mi trabajo— pasé al pequeño recinto acristalado, ubicado en el patio o jardín de la propiedad, el sitio donde se decidía el carácter de una editorial referencial en el universo literario hispanoparlante, el pequeño gran trono desde el que Beatriz de Moura hacía sus milagros.
Fue tal la conmoción que me provocó aquel primer encuentro con esa mujer desenvuelta, fumadora, bien peinada y tan segura de sí misma que he olvidado lo que hablamos, aunque lo supongo: de mi libro y su publicación, que ocurriría en enero del año siguiente, 1997, en la magnífica colección Andanzas. Lo que nunca he podido olvidar es que, al salir del recinto de la calle Iradier, ya en la acera donde esperábamos el taxi que nos devolvería al hotel, mi esposa, Lucía, que había asistido conmigo a las conversaciones con Tony López y con Beatriz, me dijo otra de las grandes verdades de mi vida, en cierto sentido, creo, la más grande de todas las verdades relativas a lo que yo quería ser: “Bueno, ahora sí eres escritor”. Y de hecho empecé a serlo.
Mi relación con Tusquets Editores alcanza ya los treinta años y una veintena de títulos publicados. Me ha permitido tener ediciones en muy diversos idiomas, obtener premios, participar en eventos en muchos lugares. Y todo ha ocurrido gracias a que Beatriz de Moura encontró algo en mi literatura que ella pensó que valía la pena publicar y sostener. Y mi gratitud es quizás mayor que la del resto de los colegas hispanoamericanos que hemos tenido el privilegio literario de formar parte del catálogo editorial que Beatriz de Moura, año por año, fue creando y consolidando, confiriéndole visibilidad y lo que llegaría a ser el soporte de un prestigio: porque a diferencia de esos colegas (que seguramente sienten una enorme gratitud hacia Beatriz), mi trabajo como escritor ha tenido desde entonces y hasta hoy —en manos de los herederos de la escuela de Beatriz y Tony— el respaldo de una editorial más que de un país en el que, desde hace varios años, no se están publicando mis libros. Por eso digo que soy un escritor cubano, pero que, gracias a Beatriz de Moura, soy también un escritor de Tusquets.
Debo advertir, pues es justo, que el paraíso editorial al que me llevó la sensibilidad y la mirada aguda de Beatriz de Moura no siempre fue paradisíaco. Lidiar con esa editora que siempre pensaba como editora, tuvo algunos roces complicados, pues podía ser tan ríspida como afectuosa. Sin embargo, trabajar con ella y sus lecturas siempre fue un ejercicio aleccionador porque, por principio, Beatriz se proponía que cada libro de sus autores fuera el mejor que uno tuviera la capacidad de escribir. Y sus listones siempre estuvieron altos.
El legado de Beatriz de Moura fue tan potente que, desde que decidió alejarse del trabajo editorial, su espíritu ha seguido guiando el perfil de la criatura que engendró en pleno franquismo e hizo crecer a lo largo de sus años al frente de Tusquets, esa casa que se convirtió en la mía y que he tenido el enorme privilegio de habitarla, gracias a ella y lo que, al parecer, vio en mi trabajo. Pero —y aquí está la clave de todo—: no en el trabajo que había hecho, sino en el que podía hacer. Esa capacidad de anticipación que es el don de los grandes editores.
Y ahora Beatriz de Moura ha muerto. Y con ella se cierra una era. Con su partida se vacía un trono. Y, en su tránsito, confío en que pase por el lado de Virgilio y siga, siga, hasta encontrarse con su tocaya celestial que, con su luz divina, le va a iluminar el sendero del paraíso hacia el cielo donde debe estar como lo merece, como la gran editora que fue y será.
Gracias, Beatriz.

Hace 3 horas
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