El difícil equilibrio de María Corina Machado en el Washington de Trump

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Como en una de esas películas experimentales que en los años setenta abusaban de la técnica de la pantalla partida, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y la líder opositora y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, hablaron la semana pasada en Estados Unidos con unas pocas horas de diferencia. La primera lo hizo en Miami, en un foro de inversión auspiciado por el fondo soberano de Arabia Saudí. La segunda, en Houston, en una influyente conferencia mundial sobre la industria energética.

Rodríguez, sujeta aún a sanciones por el Tesoro de Estados Unidos, participó por videoconferencia. Una visita suya al país que capturó el pasado 3 de enero a su jefe, Nicolás Maduro, pareció a última hora improbable. Machado, que lleva unos meses haciendo lobby en Estados Unidos, acudió en persona a Texas y se dio un baño de masas ante centenares de personas, entre ellos muchos venezolanos en el exilio.

La coincidencia habló de hasta qué punto el futuro de Venezuela se decide más en Washington que en Caracas, y de cómo ese futuro se articula en torno a dos prioridades que no necesariamente coinciden: la estabilidad que busca la Casa Blanca y la transición democrática que reclama la oposición. Y en ese cruce de intereses se mueve María Corina Machado.

La líder con más respaldo popular del país catapultó su fama cuando salió de Venezuela de forma clandestina y cinematográfica para recoger su Nobel de la Paz en Noruega el pasado mes de diciembre. Después de un año y medio en la clandestinidad —tras las elecciones que, según las actas, ganó su candidato Edmundo González— y casi tres décadas aguardando un cambio, parecía que algo, por fin, iba a moverse. Así que cuando el 3 de enero, las tropas de élite estadounidenses entraron en el refugio de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, la opositora, de 58 años, pensó que había llegado su momento. Pero la idea de Donald Trump era otra.

​​Trump habla elogiosamente de Machado —valora que en su primer cara a cara esta le hiciera entrega de su Nobel de la Paz—, la ha recibido ya dos veces en el Despacho Oval y su secretario de Estado, Marco Rubio, se ha visto con ella este martes. Pero también ha legitimado a Rodríguez como presidenta y se deshace en halagos hacia ella, destacando lo “bien” que se trabaja con ella y con lo que queda del chavismo, súbitamente solícito con los intereses de Washington.

María Corina Machado lleva semanas moviéndose por Washington con una mezcla de urgencia y cálculo. En estos meses, la venezolana ha tenido varias reuniones con altos funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Estado, con 17 senadores, 27 miembros del Congreso y diplomáticos de 51 países. La agenda ha sido frenética, pero el resultado es más incierto. Su prioridad es volver a Venezuela cuanto antes —en febrero llegó a decir que retornaría en “pocas semanas”— y presionar para convocar unas nuevas elecciones en las que, según las encuestas, ella arrasaría. Pero Trump, en un desayuno que tuvieron el pasado 6 de marzo, le pidió paciencia y le aconsejó que no volviese por ahora, según reveló The New York Times.

A esa cautela en Washington se suma una advertencia desde Caracas. Delcy Rodríguez aseguró que si Machado vuelve, “tendrá que responder ante Venezuela” por haber —según la acusación el chavismo— alentado la intervención estadounidense que puso fin al Gobierno de Maduro.

“María Corina ha tenido un paso bastante exitoso por Washington, pero no ha conseguido pulsar el botón que necesitaba: que Trump le dé el permiso de volver a Venezuela”, advierte el ensayista Moisés Naim, uno de los venezolanos más influyentes de Washington. “La prioridad para el Gobierno de Estados Unidos en esta crisis es evitar el caos; impedir que un vacío de poder desemboque en una crisis de ingobernabilidad. Por eso son tan cautelosos con ese regreso”.

Según varios medios estadounidenses, sus constantes apariciones han generado cierta frustración en el entorno de Trump, donde algunos consideran que está anteponiendo su agenda a los objetivos del presidente de estabilizar el país y abrirlo a intereses estadounidenses. Según publicó The Wall Street Journal, en la Casa Blanca creen que Machado no se beneficia al insistir en la transición democrática o al atacar a Rodríguez en televisión.

Algunos gestos en Washington han descolocado a Machado y su entorno. Uno de los más recientes fue la decisión de Trump de invitar al opositor Enrique Márquez a su discurso sobre el Estado de la Unión. La aparición estuvo cargada de simbolismo, pues se interpretó como un apoyo del presidente a otros actores que podrían liderar la oposición al chavismo. Horas después del evento, Magalli Meda, una de las colaboradoras más cercanas a Machado, difundió una caricatura en la que la líder opositora aparecía relegada a un segundo plano mientras Trump sacaba de la chistera, como un mago, a Márquez.

Machado no es la protagonista, como ella esperaba, pero está muy presente. “Sería un error decir que está completamente aislada”, matiza Geoff Ramsey, experto en Venezuela e investigador senior no residente del Atlantic Council. “Machado conserva aliados en el Congreso, apoyos dentro del propio entorno de Trump y una red internacional activa”, afirma. Pero parte de ese desplazamiento tiene que ver con quién ejerce el poder real hoy en Venezuela. Y de las divisiones en la Casa Blanca.

“Algunos sectores desconfían de impulsar elecciones competitivas a corto plazo por el riesgo de desestabilización, mientras otros advierten del costo político enorme de normalizar relaciones sin exigir reformas”, explica Ramsey. Figuras como Marco Rubio, con fuerte base en Florida y buena relación con Machado, empujan en esa dirección. En paralelo, lobbies económicos —petrolero, minero y financiero, sobre todo— presionan por una normalización, aunque “prefieren entenderse con quienes realmente tienen poder”, es decir, los hermanos Rodríguez. A esos grupos de presión, indica una fuente de Washington, les conviene este impasse, siempre que el chavismo esté a las órdenes de la Casa Blanca.

Mientras tanto, el calendario corre. Machado sigue defendiendo la necesidad de fijar desde ya una fecha electoral y su entorno teme que, sin presión, esa promesa se diluya. Pero la Casa Blanca juega a otro ritmo, condicionada por sus propias prioridades. “Ahora Trump está luchando por su supervivencia política, no piensa en Venezuela, precisamente”, argumenta Naím.

Las elecciones, coinciden cualquier analista al que se le pregunte por Venezuela, llegarán. La cuestión es cuándo. Y qué papel tendrá en ellas María Corina Machado.

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