Los premios literarios que se conceden en España, y en particular su trastienda, son motivo de inextinguible discusión. Aena, una empresa mayoritariamente pública, ha avivado el debate con el anuncio de un galardón de narrativa dotado con un millón de euros, lo que iguala al Planeta.
Para el catedrático Jordi Gracia, el efecto medio de los premios literarios españoles es favorable en términos generales. La escritora Carmen Domingo critica que la frontera entre literatura y mercado resulta cada vez más difusa.
Faltaba un premio de prestigio al libro del año
Jordi Gracia
Entre las innumerables extravagancias del ecosistema literario español figuraba hasta hace unas horas (como quien dice) la ausencia de un premio literario relevante a la mejor obra publicada en el año. El nuestro es el único sistema que decidió, desde la fundación del Nadal en 1944, que los sistemas de promoción comercial de un libro de autor desconocido o poco conocido iba a ser la convocatoria de un premio a obra inédita, con la consiguiente repercusión social y mediática, y así se reprodujeron desde entonces los mismos formatos. El Premio Aena ha copado las conversaciones no porque cambie el modelo —y opte por reconocer un libro y seleccionar a los finalistas cuando todo el mundo ha podido leerlos ya—, sino porque ofrece el mismo importe al ganador que el premio icónico y más popular de las letras españolas, el Planeta. Ese millón de euros no estoy seguro de que sea la mejor vía para asegurar la fluidez celestial de las virtudes literarias de los premiados —más los 30.000 euros de los finalistas—, y quizá su buena intención quede opacada por el formato y la pasta, que parece casi de forajidos para las cifras reales que suele manejar el gremio.
Nada de esto impide reconocer, sin embargo, que ni la corrupción en los premios literarios es tan sistemática como a los parlanchines les gusta repetir, ni que su efecto medio sea favorable en términos generales. O, dicho más claramente, buena parte de los premios literarios —y la mayoría de los de carácter nacional o estatal— destacan en un mercado saturado de libros valiosos, o de interés, o que apuntan a virtudes ya cuajadas o por desarrollar: no hacen mal pandémico; multiplican la visibilidad de autores que a menudo no figuran en las quinielas y facilitan el acceso del público lector de librería a autores que de otro modo seguirían en la más total ignorancia.
La lista de premiados del Herralde de Novela de Anagrama (como soy jurado del de Ensayo, me callo), o del Alfaguara o del Tusquets a primera novela, o del Biblioteca Breve, o el histórico de Barbastro, daría para una buena temporada de lectura básicamente feliz. ¿Todos? No, no todos, pero sí muchas de las convocatorias han puesto el foco de luz sobre novelistas apreciables, estimables y con ganas de hacer bien las cosas. Me resisto a citar nombres en un artículo tan corto, pero el repaso de títulos de la última década arrojaría una lista que puede satisfacer al lector que debería ser el destinatario de esa llamada de atención que es el premio.
Es más fashion decir lo contrario, lo sé, e “inundar el escenario de mierda”, tal como preconizó Steve Bannon hace muchos años, también en este terreno. Pero es mentir. En el caso de los nacionales o el Cervantes, en la mayoría de las ocasiones, las discrepancias son de apreciación: muchas veces la elección es discutible, por fortuna, sí, pero dentro de una franja de opcionalidad perfectamente razonable.
Para terminar con una nota un punto más melancólica: sí, todavía España no tiene hoy el premio de prestigio que identifique de forma pública y evidente el mejor o los mejores libros de un año, fuera de los protocolos que concurren en los de carácter oficial, organizados por el Ministerio de Cultura. La buena idea es empezar a roturar esa vía, sin descartar que entre sus posibles finalistas o ganadores acaben estando algunos de los títulos premiados por el circuito comercial o las preferencias de los medios en sus listas anuales. Al lector que entra en la tablet o en la librería en busca de un buen título, el sello de un premio puede funcionarle, y de hecho funciona, como anzuelo o aliciente de lectura. A veces el resultado es decepcionante —para el crítico profesional y para el lector de librería— y tantísimas otras veces sucede lo contrario. Lo que hoy falta todavía es seguramente una fuente de credibilidad incontestable —o que se le acerque— para que el lector de buena fe sepa que un determinado título será bueno sí o sí, o incluso el mejor del año.
Pero quien garantiza eso es casi indefectiblemente un procedimiento de selección —que es donde está la madre del cordero: lectores sistemáticos y fiables— y un jurado que desprenda la máxima confianza posible. No sé si estamos ya ahí.
Galardones y otras obscenidades
Carmen Domingo
Dice la RAE que obsceno es algo “impúdico, torpe, ofensivo al pudor”, y ofrece varios sinónimos: indecente, deshonesto, inmoral, sucio, descarado… Todos ellos se adaptan a la perfección a la sensación que tuve cuando Aena, la empresa de los aeropuertos, mayoritariamente pública, anunció la creación de un premio literario dotado con un millón de euros a la mejor obra de ficción publicada el año anterior.
Me puse entonces a buscar la dotación que reciben los premios literarios que dependen del Ministerio de Cultura —Aena depende de Transportes y Movilidad Sostenible—, y resulta que el premio Cervantes recibe 150.000 euros; los distintos nacionales del Libro, 30.000 euros —a obra publicada el año anterior—, y el Nacional de las Letras Españolas, 50.000. El premio de la empresa de los aeropuertos es 20 veces mayor que el Nacional de las Letras. Un escritor necesitaría ganar este último 20 años para igualar al ganador de los aeropuertos. Si lo defino como un agravio comparativo, creo que me quedo corta.
No es que esté yo en contra de los premios literarios, son legítimos, faltaría más, ni de que por fin los escritores ganen algo de dinero. Planeta también premia con un millón de euros y me parece estupendo. Una empresa gestiona su dinero como mejor considera. Los premios privados tienen como objetivo promocionar un libro y una editorial y recuperar lo invertido. De lo que estoy en contra es del uso de dinero público de forma tan… obscena.
Aena, empresa dedicada a la “gestión de servicios aeroportuarios”, según datos oficiales, tiene sus cuentas más que saneadas y unos enormes beneficios. Una, en su ingenuidad, creía que debía revertir esas ganancias en mantenimiento, funcionamiento y ampliación de aeropuertos o en el pago de la deuda que tiene acumulada y no en dar un premio de un millón de euros y 30.000 euros a cada uno de sus cuatro finalistas. Si Aena dedica todo su beneficio operativo bruto exclusivamente a pagar su deuda neta, tardaría tan solo 1,46 años en liquidarla, pero prefiere pagar intereses bancarios, o sea, que paguemos nosotros, porque es mayoritariamente pública.
Si el ministro Óscar Puente o un directivo de la compañía querían entrar, por llamarlo de alguna manera, en el Olimpo literario —no los hacía yo lectores infatigables—, quizás hubiera sido más acertado hacerlo llamando al ministro Ernest Urtasun, que imagino tiene un presupuesto muchísimo menor, y, por ejemplo, hacerle el ofrecimiento de patrocinio como Aena y así incrementar esas dotaciones de premios nacionales que he mencionado antes.
Porque, por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración.
¿En qué beneficia a los lectores que haya un premio de un millón de euros? ¿No podrían hacer bibliotecas en los 46 aeropuertos en España y más de 30 en América que gestiona Aena? ¿Abrir salas de lectura en todos ellos? ¿No sería esa mejor forma de promocionar la literatura en español? Y, si me apuras, en las distintas lenguas cooficiales. ¿Un buen sistema de becas? El importe daría para unas cuantas…
A lo que aspira Aena es a acabar siendo una referencia tan prestigiosa como el Goncourt. Claro que el prestigio del premio francés quizás se entienda mejor sabiendo que tiene una dotación simbólica de 10 euros y que nace como una rebelión contra las instituciones oficiales. Mientras, la presidenta del jurado de Aena asegura que “sin el reclamo de ese millón de euros, la prensa no hubiera recibido atención”. O sea, un millón para salir en los medios.
El drama real es que —sin olvidar lo nefasto del uso de dinero público— la frontera entre literatura y mercado es cada vez más difusa, que son muchas las suspicacias acerca de la presión de los grandes grupos editoriales, o la tendencia a premiar a autores ya consagrados, y lo que olvidan en el Premio Aena es que el prestigio no se paga con dinero, por no hablar de que la buena literatura no solo es ficción; existen también poesía, teatro, cómic y ensayo.

Hace 17 horas
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