Cuba, la interminable agonía del sueño revolucionario

Hace 2 días 4

Cae la noche en La Habana y en el cielo se dibujan unos pequeños copos blancos que, a lo lejos, simulan la nieve. A medida que se acercan y tocan el cuerpo, la idea de nieve desaparece. Son restos de cenizas, residuos de plástico y papel que escaparon la hoguera con la que cada noche se busca controlar la basura que se acumula sin cesar. Frente a la escasez de combustible, los camiones que habitualmente la recogían no pasan más y los vecinos, ante el temor de enfermedades y roedores, lo queman todo. Pero antes de eso, los menos favorecidos hurgan en la inmundicia salvando alguna zanahoria tal vez echada por error, alguna fruta no tan podrida, que les pueda aliviar el día. Cuba es fuerte.

La crisis que experimenta hoy la isla no empezó el 3 de enero con la captura de Nicolás Maduro y la posterior asfixia petrolera decretada por Donald Trump. Algunos sitúan el inicio en los años 90 , tras la caída de la URSS, que provocó la crisis económica conocida como el período especial. 

A la espera del turista 

En el imponente hotel Inglaterra los músicos cantan para ellos mismos

“Con Fidel sobrevivíamos mejor, pero, ojo, sobrevivíamos. ¿Sabe la diferencia entre vivir y sobrevivir?”, me lanza Carlitos, un estudiante de turismo que vive no muy lejos del malecón. La suya es una especie en extinción, en estos tiempos. El turismo que era la principal fuente de ingresos de la isla se encuentra en su nivel más bajo, debido a la falta de combustible. Golpe fortísimo también para la población pues en Cuba lo interesante no es tener un sueldo que no llega a los 20 dólares sino las propinas.

“Es el loco del frente el que nos tiene así”, me dice uno de los meseros antiguos de la Bodeguita del Medio, ese emblemático bar en la Habana Vieja donde Ernest Hemingway aseguraba que servían el mejor mojito de la isla. Los otros trabajadores conversan entre ellos, reunión de guayaberas, a la espera de que tal vez, con suerte, algún turista llegue. En el imponente hotel Inglaterra, el escenario es similar: los trabajadores deambulan con sus elegantes uniformes en una terraza vacía, los músicos cantan para ellos mismos, a la espera de que algo o alguien los saque de ese ciclo que se repite día a día.

Afuera, en la oscuridad de las calles del Centro Habana, el ambiente es otro. Acostumbrados desde el 2024 a una constante falta de luz de hasta 20 horas diarias, toda una vida se desarrolla en las sombras. Los niños chillan mientras se persiguen unos a otros, los mayores juegan dominó alumbrados por sus celulares, las mujeres lo observan todo sentadas desde las puertas de sus casas, los adolescentes ensayan pasos de baile al ritmo de Bad Bunny, Rosalía o cualquier artista de moda. 

En el otro lado de la ciudad, Carlitos, el estudiante de turismo, eleva la vista, desanimado, hacia su edificio: “Me toca irme al malecón a esperar que la luz regrese”. Como él, son decenas de cubanos los que eligen el larguísimo malecón habanero para protegerse de la oscuridad.

Sin embargo, la historia cambia cuando el apagón es por una falla del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) y la oscuridad es total. Van cuatro ya este año. Es cuando la prudencia y el silencio se imponen y nadie gasta baterías en vano pues reparar la avería puede tardar 24, 48 horas o incluso más. 

Son los mismos del gobierno quien venden combustible (en el mercado negro)

Es cuando el hartazgo crece: “Ver toda la sangre de la carne chorrear por el suelo, eso sí que duele, con lo que uno ha sufrido para comprarla”, dice Mariana, quien recuerda que, además, ni siquiera la famosa libreta de racionamiento sirve para paliar las necesidades. “Han anunciado ahora que solo se la darán a los niños y a las personas enfermas, igualmente ya no servía para nada, después de la pandemia, nos empezaron a dar menos, 'no, que es temporal', decían. Mentira, se quedó así. Uno tiene que vérselas”.

Y por “vérselas” Mariana quiere decir tener más de dos trabajos o hacer cosas ilegales, como su vecino que vende combustible en el mercado negro. Le pregunto a Tony, el vecino, cómo lo obtiene, si acaso viene de afuera. “Son los mismos del gobierno los que lo venden, dicen que no hay, pero siempre hay”.

El hartazgo también es grande porque las medidas anunciadas por el Gobierno de Miguel Diaz-Canel y con las que buscó acercarse a Washington, no satisficieron ni a Estados Unidos ni a los propios cubanos. “¿Quiénes van a poder invertir? — pregunta Tony—. Solamente los que ya tenían se van a hacer más ricos, el resto, tendrá menos”.

Tony se refiere a esta suerte de clase media que ha nacido en Cuba y que se vio favorecida con el deshielo económico durante el segundo mandato de Barack Obama, personas con familiares en Estados Unidos y que pudieron hacerse de Airbnbs y poner negocios. Son ellos también quienes, en estas épocas de apagones y oscuridad constante, pueden costearse paneles solares que los alumbren. Tony no tiene familiares afuera, no fue a la universidad, mantiene a su madre, a su pareja y a la hija de ella.

Los cubanos no tenemos dientes y aun así nos reímos

La Habana se mueve a dos velocidades. Por un lado parece estar sometida a una cámara lenta generalizada, como sumergida en una especie de letargo. Sin embargo, al mirar con precisión en las dinámicas de los cubanos, la vida vuelve a cobrar su ritmo, el sonido regresa, las risas resuenan... Un pasante que me intercepta para que le compre una bolsa de leche en polvo, me dice —después de haber citado a Pablo Neruda, a José Martí y haber evocado La lista de Schindler—: “Míreme, los cubanos no tenemos dientes y aun así nos reímos y hay tanta gente que teniendo dientes tan lindos no sonríe”.

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