Dos años antes de que Lorca estrenara Bodas de sangre, una mujer ya había narrado aquella historia inspirada en el crimen de Níjar. Era Carmen de Burgos con Puñal de claveles, de 1931. Cada cual eligió su estilo y su desenlace, pero la materia prima era la misma. Hubo otra diferencia: cómo les trató la posteridad. El poeta granadino quedó inscrito en el canon. A ella le esperó el ostracismo.
Carmen de Burgos fue la primera mujer periodista en España con contrato en una redacción. Firmó reportajes sociales con su propio nombre o con seudónimos como Colombine. Viajó a Melilla en 1909 para informar sobre la guerra. Defendió la educación, la emancipación y la independencia de las mujeres en una sociedad que apenas les reconocía derechos. Incluso montó su tertulia con amigas en el salón de su casa mientras en los cafés eran los hombres quienes tejían greguerías.
Y, sin embargo, durante décadas apenas ocupó una línea en los manuales. Feminista, republicana y anticlerical, De Burgos encarnaba todo aquello que el régimen franquista se propuso extirpar del relato cultural español. Tras la Guerra Civil, aunque llevaba ya años muerta (falleció en 1932), fue incluida en la lista de autores prohibidos.
Entendía el periodismo como una herramienta de transformación social y la literatura como una “confesión a voces”. Sus experiencias alimentaban su obra. En La malcasada volcó la herida de un matrimonio fallido. A pesar de aquel tormento, mantuvo después una intensa relación con Ramón Gómez de la Serna, en una unión tan admirada como criticada. Fue protagonista de su tiempo, pero también rehén de los prejuicios de esa época: campañas de desprestigio, rumores, ataques personales.
Durante décadas, su rastro quedó reducido a una placa discreta en el portal de su última casa en la capital. España cabalgó por la Transición sin revisar a quién había dejado atrás. Hasta que una colega tropezó con sus artículos. Victoria Gallardo investigaba los oficios desaparecidos de las mujeres madrileñas cuando descubrió que, un siglo antes, De Burgos había dedicado una serie de reportajes en el Heraldo de Madrid al mismo asunto.
“Noté una especie de conexión”, explica. De aquel flechazo surgió Todos los nombres de Carmen, un volumen que no solo reconstruye una biografía, sino que interpela una desmemoria. Gallardo evita la hagiografía. No presenta a Carmen como una heroína, sino como alguien con grietas de vulnerabilidad. Capaz de soltar frases impagables —“No eres hija mía si lloras delante de los alemanes”, le dijo a su hija al ser acusada de espía en un tren durante la Primera Guerra Mundial— y de momentos de duda. La recuperación de su figura no es un gesto aislado. “Comienza a renacer gracias, por ejemplo, a la exposición que le dedicó el pasado año la Biblioteca Nacional de España y al empeño de biógrafos y documentalistas”, señala Gallardo, que no pretende ajustar cuentas, sino ensanchar el legado: “Carmen peleó por un Madrid más justo, conquistando espacios que les habían sido vetados y derechos que les habían sido negados. Ellas abrieron el camino por el que hoy nosotras transitamos”.
Recordar a Carmen de Burgos es “lo mínimo”, sostiene. Aunque no resulte un ejercicio de nostalgia, sino de lanzar interrogantes: ¿cuántas más quedaron fuera? ¿Quién decide qué permanece? La propia corresponsal anotó que “el olvido tiene la melancolía de las cosas que mueren”. Y tal vez el suyo no se debía a un deceso natural, sino a un coma inducido. Pero hay quien intenta corregir esta laguna histórica. Como Victoria Gallardo, que restituye, en parte, esa genealogía mutilada.

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