La columna de la Victoria es uno de los pocos monumentos al viejo poderío alemán que quedaron en pie tras la II Guerra Mundial. Desde lo alto, el ángel dorado que Wim Wenders filmó en El cielo sobre Berlín domina la ciudad. Abajo, las estatuas de los severos mariscales prusianos Roon y Moltke, y la del canciller Otto von Bismarck, siguen ahí, como un símbolo permanente de Alemania, o un anacronismo.
Podría parecer un monumento de otro tiempo, de cuando este país era una potencia que asustaba al mundo. Pero eso fue antes de la derrota de 1945 y el año cero. Antes de la Guerra Fría. Antes de 1990 y la reunificación, la refundación de la República Federal como potencia europea de paz, gigante económico, y enano político y militar.
Alemania vive hoy otra refundación. La invasión de Ucrania por Rusia en 2022 y el regreso hace un año de Donald Trump a la Casa Blanca lo han cambiado todo. El canciller democristiano Friedrich Merz, al frente de una coalición con los socialdemócratas, se ha propuesto convertir a la Bundeswehr, el ejército federal, en las fuerzas armadas convencionales (es decir, sin arma nuclear) más fuertes de Europa. Es la hora del rearme, y como siempre que este país se ha militarizado, surgen interrogantes. ¿Vuelven los fantasmas del pasado? ¿O es una bendición que este país se tome por fin en serio la defensa?
La respuesta oscila entre quienes, de un lado, celebran que la primera economía europea asuma sus responsabilidades ante la amenaza rusa y la hostilidad estadounidense, una ganancia para toda la UE. Y del otro, quienes se inquietan por si disparar el gasto en defensa provoca un desequilibrio entre los Veintisiete y, a la larga, tensiones. Y aún hay otro escenario, más hipotético y para muchos, preocupante: que la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) llegue al poder y caiga en sus manos este fabuloso arsenal.
“Lo que domina en este momento en Europa, entre nuestros socios, es la esperanza de que Alemania cumpla con su deber”, tranquiliza Nils Schmid, viceministro de Defensa y diputado socialdemócrata. Y cita una frase que el actual ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sikorski, pronunció en 2011, durante la crisis financiera: “Temo menos el poder alemán que la inacción alemana”. “Sigue siendo verdad”, declara Schmid a EL PAÍS. “Como las tropas alemanas están completamente integradas en el mando común de la OTAN y los soldados alemanes completamente destinados a tareas de la Alianza”, garantiza, “no hay ningún riesgo de que Alemania vaya por libre”.
“El rearme alemán es necesario para Europa”, dice por teléfono la historiadora Liana Fix, adscrita al laboratorio de ideas estadounidense Consejo de Relaciones Exteriores. “La cuestión más difícil es cómo gastar el dinero, ahora que está disponible, y cómo mitigar el desequilibrio de poder que puede crear el gasto alemán en defensa con otros países que no pueden igualarlo”.
Fix ha abierto la discusión en foros políticos y académicos al publicar en la revista Foreign Affairs un artículo titulado El próximo ‘hegemón’ de Europa. Los peligros del poder alemán. Allí cita, entre otros antecedentes, el de la reunificación. Entonces, la primera ministra británica, Margaret Thatcher, se oponía, pues consideraba que una Alemania reunificada sería un peligro para la seguridad europea. También el presidente francés François Mitterrand recelaba. La respuesta del canciller alemán Helmut Kohl fue renunciar al marco alemán en favor de la moneda única, el futuro euro. Una posible respuesta ahora podría ser un endeudamiento común para gastar en defensa, que Berlín rechaza, o, más ambicioso y por ahora improbable, la creación de un ejército europeo, que promueve España.
Las dimensiones del rearme alemán, tal como las enumera Fix en su artículo, imponen. En 2025 Alemania gastó más en defensa que cualquier otro país, en términos absolutos. Su presupuesto militar es el cuarto del mundo. En 2029 superará los 150.000 millones de euros anuales, el triple que en 2002. Ahora prepara la reintroducción del servicio militar, voluntario en un primer momento. “Si el país sigue por esta senda”, concluye la experta, “será de nuevo una gran potencia militar antes de 2030”.
Es verdad que estas cifras existen en un contexto, y el contexto no es óptimo. Con la economía estancada desde hace años, una galopante crisis industrial por la competencia de China, y el espectro del fin de la prosperidad, es difícil imaginar a Alemania convertida en un verdadero hegemón. Pero la transformación está en marcha.
La industria automovilística, en crisis, recicla factorías. En un barrio industrial en el norte de Berlín, cerca del lugar donde pasaba el Muro, una antigua planta de componentes de automóviles se prepara para fabricar componentes para munición de artillería. “Fuera Rheinmetall”, se lee en una pintada en el exterior, en alusión a la empresa propietaria, auténtico hegemón industrial.
El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius (izquierda), y el ministro de Industria de Defensa australiano, Pat Conroy (derecha), posan en un vehículo de reconocimiento y combate durante una visita la planta de Rheinmetall Defence Australia, en Ipswich, el 27 de marzo.DARREN ENGLAND (EFE)Al eliminar, hace un año, el freno constitucional a la deuda, Berlín se autoconcedió un margen del que ningún otro socio europeo dispone para invertir en armamento. Es un giro en una Europa en la que Francia era la potencia militar y Alemania la económica. El equilibrio queda trastocado, aunque París mantiene una carta todopoderosa: la bomba atómica. Es el único en la UE que la tiene.
Paul Maurice, responsable de las relaciones franco-alemanas en el Instituto Francés de Relaciones Internacionales, explica que “en términos de reclutamiento de personal, [Alemania] está muy lejos de tener el primer ejército de Europa”. Pero añade: “Financieramente, sí: los medios dedicados a la defensa permitirán comprar material como ningún otro país europeo podrá. Lo que inquieta un poco es que se convierta en esta gran potencia mientras que otros, sobre todo Francia, no lo logran, por sus problemas financieros”. Y se pregunta: “¿Para qué servirán los 152.000 millones de euros [de Alemania]? ¿Para la industria de defensa alemana? ¿En parte para la industria de defensa de Estados Unidos?“.
Sentimientos enfrentados en Polonia
En Polonia, el socio europeo que proporcionalmente más gasta en defensa, ya cerca del 5% del PIB, los europeístas creen que el rearme alemán es una buena noticia para la Europa amenazada por Rusia. La derecha nacionalista, en cambio, agita los miedos históricos al militarismo alemán.
“Es esquizofrénico”, observa el historiador Pawel Machcewicz, “porque acusan a Alemania de ser prorrusa y, al mismo tiempo, cuando Alemania crea un ejército fuerte, dicen que es un intento alemán de dominar Europa”. “Mi preocupación”, añade, “como historiador y como polaco, es AfD. Si AfD toma el poder, o entra en una coalición de gobierno, ¿qué significaría para la orientación de Alemania? ¿Y para el ejército alemán?”.
“Como en otros países europeos, aquí existe el riesgo de la extrema derecha”, admite Schmid, el viceministro de Defensa, “pero no será muy convincente reducir el gasto militar en Alemania porque podría haber un Gobierno dirigido por la extrema derecha. Equivaldría a decirles a los alemanes: ”No hagáis nada...”.
Pero los alemanes hacen, y esto obliga al resto a recalibrar la relación. “Pienso que, para nuestros socios europeos, es el momento de verificar si los viejos demonios de la Historia definen su visión de Alemania”, apunta Schmid. “O bien si lo que la define es la experiencia de las últimas décadas, que han demostrado que Alemania es una democracia estable y un país que mira a Europa”.

Hace 18 horas
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